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Alfonso Carbonell
alcar56@hotmail.com

Tregua forzada (realidad ignorada)

Aprovechando esta “tregua forzada” que nos dan los políticos en campaña,
permítanme tocar un aspecto, uno sólo de la vida cotidiana, para verter
algunas reflexiones que espero comparta, mismo que por la vorágine
informativa electorera, pareciera no existir pero que sin embargo allí está
en el paisaje, duro y cruel paisaje que estando frente a nosotros ahí mero
frente a nuestras narices, no logramos oler menos ver volviéndose como el
agua, inodora, incolora e insípida, ¡invisibles pue’!, ante la mirada ciega
de la ciudadanía: Los niños y niñas de la calle; los ancianos.
Partiré por señalar, que no se soslaya el hecho que durante la actual
administración municipal de Tuxtla Gutiérrez, capital del estado, el número
de indigentes mendigos y niños de la calle, ha disminuido considerablemente
pero, por más que se quiera ignorar, siguen siendo decenas de ellos y ellas
quienes nos asaltan cual si fueran almas en pena, una esquina sí y la otra
también. La persistencia en los cruceros más importantes de la ciudad
capital de niños, niñas y jóvenes cuyos rostros reflejan, a más de hambre
claro, un profundo vacío, desesperanza y hasta rencor acumulado. De alguna u
otra manera nos odian, pero a la vez, nos desprecian.

Ahí están esperando a que el semáforo marque el alto para lanzarse a limpiar
el parabrisas, a vender la bolsa de nanches, el jocote; ¡El alma misma! Con
tal de llegar a sus casas (si donde viven -otra contradicción- se les puede
llamar casa) con algo para adquirir lo mínimo para alimentarse (resic; cómo
llamarle alimentación a lo que apenas tragan estas gentes) Que ironía. (y no
es cerveza)

Duele, pero debería más condolernos a todos, la situación tan precaria por
la que atraviesan éstos y éstas adultos mayores, quienes andan mendingando
en las calles un mendrugo de pan (no de PAN porque ni credencial de elector
tienen), y ahí extendiendo la mano que apunta más al corazón que al
bolsillo, de cien, 99 les depositan desprecio y hasta asco. Dura y cruel
realidad.

Si bien es cierto que este fenómeno social no es exclusivo de nuestra ciudad
capital sino que es algo que se repite a lo largo y ancho del país sobre
todo en las grandes urbes, no lo es menos, que este síntoma social nos
afecta a todos por igual; a ellos y ellas, niños y niñas, jóvenes y ancianos
en indigencia, en carne propia. Su degradación algunos por consumo de
alcohol y una gran mayoría por consumo de drogas los acaba y denigra; pero
al resto de la sociedad también nos toca, porque somos incapaces de
conmovernos ante tan descarnada realidad lo que nos convierte, aún más, en
seres míseros y egoístas. Nos hemos vuelto inmunes al dolor. La
corresponsabilidad humana no está en nuestras agendas de vida.

Pero si nosotros pudiésemos recriminarnos por nuestra sordera y ceguera
humana, qué decir de las autoridades locales o estatales a quienes debiera
corresponderles por mandato, implementar programas asistenciales para ir
atacando este inaceptable “modus vivendi” de miles de gentes que arrastran
las cadenas de su desgracia colectiva por las calles de nuestras más
importantes ciudades. Bueno, hasta en los pueblos más pobres suele uno
encontrarse este mismo escenario, que no por ser menos en número, es menos
doloroso.

La viejita que se aposta en el crucero que conforman la salida del
fraccionamiento Los Laureles y Boulevard Belisario Domínguez en el poniente
de la ciudad, quien fácil debe de contar con unos sus 85 años de edad, con
el peligro que ello representa, se cruza entre los vehículos para mendigar
cuando esa señora, juzgue usted, en donde debería estar en una casa de
asistencia. Cuestión de lesa humanidad. O que decir de aquellos niños de
entre 8 y 10 años que se estacionan, precisamente, donde las combis de la
ruta uno a la altura del cruce que va a Plan de Ayala, que andan con su
bolsa inhalando cemento. ¡Carajo! Que no hay nadie que pueda hacer algo al
respecto. Incluso, y eso hace ya tiempo, al percatarme de ello, ah, porque
con estos niños andaba un cabrón chamaco ya huevoncito, que todo indicaba
era quien les daba la droga, decía, hablé de mi celular al 066 ó 060, no
recuerdo, para reportar dicho caso. La verdad, por lo que me volví a
percatar, lo mío y supongo de otros más, fue sólo un grito en el desierto.

Como estos dos casos anteriores, podría citar no menos de un centenar de
gentes que deambulan por los mercados públicos y calles del primer cuadro de
Tuxtla, sumados, claro, a las y los que se apuestan en los cruceros viales
más importantes, bueno, de menos en los de mayor afluencia automovilística.
Usted, al igual que yo, los conoce. Los ha visto y quizá, sólo quizás,
también los ha ignorado.

Ya de salida

Por eso les decía que hoy, al menos hoy, quería dedicar este espacio a un
asunto que, me queda claro, para la mayoría de los capitalinos (de todas
latitudes) resulta un asunto menor. Sin la menor importancia. Pero, que al
persistir esta denigrante situación de niños y niñas en situación de calle,
misma que se agrava social y moralmente con la preeminencia de ancianos en
igual situación y de jóvenes bajo influjo de enervantes, ninguna ciudad ni
la sociedad que en ella habita podrá, al menos no concientemente, en
llamarse realmente libre. Ninguna sociedad lo puede estar mientras cientos,
miles y en el mundo millones, no lo sean. La mendicidad, es decir, la
pobreza, es la peor de las cárceles.

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