Alfonso Carbonell
¡2 de octubre, no se olvida!
Aunque esta consigna se sigue escuchando desde la represión gestada contra el movimiento estudiantil del 68 y que, precisamente, tuvo su día emblemático el 2 de octubre, día de la Matanza de Tlatelolco. Bien también, habría que señalar que es únicamente en esa fecha en específico, cuando los muertos y desaparecidos rondan la conciencia colectiva. Ni antes ni después de esa fecha se les recuerdan. La siempre desmemoria colectiva por eso no aprendemos. No cambiamos.
De anécdota (recuerdos)
Ciertamente era yo muy joven cuando este evento tuvo lugar en la Ciudad de México, pero no tanto como para no darme cuenta de lo que se trataba. Es más, muchos adolecentes de mi edad incluso algunos compañeros míos de estudios, perdieron la vida ese fatídico día. Por eso y más; “2 de octubre no se olvida”. Me queda claro.
Como decía, a mi edad que rondaba por los trece años, difícil era percatarme a ciencia cierta de qué o por qué, desde meses atrás de ese aciago 1968, la inconformidad generalizada principalmente de parte de los jóvenes estudiantes universitarios, los más, eran quienes abanderaron la causa aunque, recuerdo, el inicio del conflicto como tal tuvo lugar en la pugna entre estudiantes de una vocacional y una preparatoria (IPN y UNAM) en la que intervinieron los “granaderos”, decía, empezaron a manifestarse tomando las calles. Inconformidad incluso, a la que diversos grupos de población llámense sindicatos, organizaciones sociales e incluso padres de familia y amas de casa, se sumaron. El principio del fin.
La voz de los padres
Pero no, no fue mi edad un obstáculo para permitirme, finalmente, entender la génesis de dicha movilización y descontento. Le explico; mi hermano mayor Mario Enrique, quien cursaba la preparatoria y de tendencia de izquierda (bueno quien a su edad no lo es digo viniendo de una familia numerosa y de la cultura del esfuerzo), y quien desde entonces, ya era un lector empedernido de libros tanto de escritores latinoamericanos como universales (Fuentes, Márquez, Vargas Llosa, Maquiavelo por citar algunos), pero igualmente, de diarios nacionales y revistas de avanzada; diario El Nacional -hoy desaparecido creo- y la revista Siempre!, de Don José Pagés Llergo.
Su congruencia entre lo que pensaba, decía y actuaba, pese también a su corta edad, era claramente manifiesta. Participó como estudiante de la Prepa 6 (Coyoacán, d.f.) en varios mítines y marchas. Sin embargo y para bien de mi propio hermano y familia (nuestra permanente lucha ¡ya está harta de muertitos!), ese infausto día mi padre, Don Alfonso Carbonell Javier (q.e.p.d.), le prohibió ¡t a j a n t e m e n t e!, a mi hermano saliera de casa. Lo peor es que yo ya me había apuntado. No nos tocaba.
En ese entonces, mi padre era un funcionario menor -pero finalmente funcionario con información privilegiada- de una institución bancaria enclavada en el corazón de la ciudad, por lo que ya había escuchado versiones sobre la posibilidad de una represión brutal por parte de las policías y el ejército. La historia hoy, simplemente lo confirma.
A modo de reflexión
Pero y bueno, no es de mi experiencia personal ni familiar lo que me lleva a comentar el tema, no. Sino de tratar de situar en el contexto de ese entonces, las condiciones en las que se debatía el país, las que, coincidirán ¡estaban dadas para un estallido social! La represión de los movimientos sociales y civiles, la falta de democracia, la existencia de sindicatos “charros” o al servicio del estado, la alta corrupción, una obesa burocracia, el clientelismo electoral y corporativo, un creciente desempleo, marginación rural y urbana, de pauperización del campo, entre más. ¿les recuerda algo del presente?
Por ello mismo y sin caer en catastrofismos ni en profecías “Nostradámicas” (Nostradamus cuyo verdadero nombre es Michel de Nôtre-Dame o Miquèl de Nostradama, fue un médico y consultor astrológico provenzal de origen judío, considerado uno de los más renombrados autores de profecías y eventos futuros y quien predijo todas las catástrofes del mundo, desde su época hasta el futuro año 3797, fecha en que supuso que acontecerá el fin del mundo); bien valdría la pena entonces, reflexionar sobre nuestro propio entorno presente, para así, insisto, hacer conciencia sobre de lo que pudiera acontecer en pleno umbral del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, habida cuenta, también coincidirán, que las condiciones por las que hoy atraviesa el país, son excelente caldo de cultivo para un estallido social y cito:
Desempleo creciente, inseguridad en vertiginoso aumento, ajuste de cuentas entre carteles de la droga, guerra declarada del ejército mexicano y fuerzas federales contra del narcotráfico, crisis económica de impactos devastadores en la economía nacional y de las familias, virus mortales, desastres naturales, crisis alimentaria, altos precios de materias primas y alimentos, etc., etc. Ah, y ni que decir de un paquete hacendario para el 2010 en que se quiere gravar con un ¡2 por ciento más!, alimentos y medicinas.
Así pues; ¡2 de octubre no se olvida! (Ahí que lo miren)
Ya de salida
A modo de homenaje a los caídos y refresco de memoria, aquí un pasaje del movimiento del 68: “La tarde del 2 de octubre de 1968, un día después de la salida del ejército de los campus de la UNAM y del IPN, miles de personas se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Mientras tanto, el ejército vigilaba, como en todas las manifestaciones anteriores, que no hubiera disturbios, principalmente porque el gobierno tenía temor de que fuera asaltada la Torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Por su parte, miembros del Batallón Olimpia (cuyos integrantes iban vestidos de civiles con un pañuelo o guante blanco en la mano izquierda) se infiltraban en la manifestación hasta llegar al edificio “Chihuahua” donde se encontraban los oradores del movimiento y varios periodistas.
Cerca de las seis de la tarde, casi finalizado el evento, un helicóptero sobrevoló la plaza del cual se dispararon bengalas, presumiblemente, como señal para que los francotiradores del Batallón Olimpia apostados en el edificio “Chihuahua” abrieran fuego en contra de los manifestantes y militares que resguardaban el lugar, para hacerles creer a estos últimos, que los estudiantes eran los agresores. Los militares en su intento de defenderse, repelieron “la agresión de los estudiantes”, pero ante la confusión, los disparos no fueron dirigidos contra sus agresores, sino hacia la multitud de manifestantes que se encontraban en la plaza de Tlatelolco.
Muchos manifestantes que lograron escapar del tiroteo se escondieron en algunos departamentos de los edificios aledaños, pero esto no detuvo al ejército, que sin orden judicial, irrumpieron a cada uno de los departamentos de todos los edificios de lo que conforma la Unidad Tlatelolco, para capturar a los manifestantes. Aún se desconoce la cifra exacta de los muertos y heridos. El gobierno mexicano manifestó en 1968 que fueron sólo 20 muertos, tres años más tarde, la escritora Elena Poniatowska, en su libro La noche de Tlatelolco publicó la entrevista de una madre que buscó entre los cadáveres a su hijo y reveló que por lo menos había contado 65 cadáveres en un solo lugar”.
