Alejandro Gertz Manero
La tan esperada democracia, que ahora está a punto de naufragar entre la prepotencia, la impunidad y los intereses creados, no nos trajo la prosperidad y el bienestar que cada uno esperábamos, como lo pueden atestiguar los millones de compatriotas que han tenido que migrar al submundo de la ilegalidad y la descalificación, junto con más de 15 millones de connacionales que se debaten en la esclavitud laboral de la informalidad y el ambulantaje.
Tampoco nos dio seguridad ni justicia, y sí en cambio se ha multiplicado el horror cotidiano que nos está llevando a una verdadera guerra interior entre los dueños del delito, sus encubridores y sus sicarios, mientras la población se debate en la indefensión frente a la creciente impunidad; y por lo que toca a los frutos educativos de la novel democracia, las estadísticas aniquilantes de la OCDE señalan la incapacidad de mejorar aunque sea mínimamente los niveles educativos fundamentales, lo cual es una realidad que ni los más optimistas pueden eludir.
En lo referente al desarrollo económico y a la justicia social, esta nueva democracia no solamente fracasó en esas tareas, sino que ha impulsado la polaridad hasta extremos de riqueza nunca vistos en unos cuantos, dentro de un país que no ha podido crecer en promedio por encima de sus niveles demográficos, mientras el patrimonio petrolero se dilapidó entre la incompetencia y la inmoralidad, para dejarnos más pobres y endeudados que nunca.
En otros aspectos de la vida comunitaria tampoco hemos visto avances en ecología ni en valores culturales, mientras las expectativas de salud y protección social para todos se diluyen ante la quiebra financiera de las instituciones nacionales, que van abandonando sus obligaciones tradicionales para que se imponga el pago de un seguro frágil y mínimo para los más desamparados, que antes tenían la expectativa de recibir un servicio de salud gratuito y general que ya parece perdido.
A cambio de todas estas frustraciones, la llegada de esta frágil democracia nos trajo, como su mejor legado, la desnudez de una verdad cruel y despiadada que antes estaba oculta, ya que la información masiva y el escándalo permanentes han exhibido la injusticia y el crimen que antes se tapaban bajo el manto sagrado del poder omnímodo que a nadie le daba cuentas de nada, mientras que ahora todos los mexicanos nos enteramos a diario de los niveles de cinismo y desvergüenza que habían sido un secreto de Estado impenetrable e inaccesible.
También hoy podemos identificar con claridad a los socios, cómplices y protegidos del poder, quienes se han ido convirtiendo en los dueños de lo que antes era un patrimonio de todos los mexicanos y que ahora dejó de ser saqueado por los pandilleros que ancestralmente lo dilapidaron, para “transformarse mágicamente” en la propiedad privada de un puñado de favoritos que se apropiaron alevosamente de lo que era de todos y que ahora pretenden que esa privatización continúe en su beneficio.
En esa dinámica de desnudez y de destape, en que lo oculto y escondido es hoy público y notorio, debemos agradecerle al fotógrafo Spencer Tunick la oportunidad que les dio a varios miles de mexicanos y mexicanas para que en esta nueva etapa de transparencia pudieran mostrar sus cuerpos totalmente desnudos sin que la censura los sancionara, como antes lo hubiera hecho, demostrando así que la capacidad de exhibirse no está únicamente en los políticos y en sus incondicionales, sino en todo aquel frágil y desamparado que así lo desee en esta democracia, en la cual los payasos y los delincuentes son sus más grandes protagonistas.
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Doctor en Derecho
