Cristina Aguayo-Mazzucato
La evidencia sigue creciendo. La contaminación atmosférica daña la salud, afecta el desarrollo de los niños y aumenta la muerte de los habitantes que están expuestos a ella.
La última evidencia proviene de un grupo mexicano del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), que en un artículo en la revista American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine describe que más de 3 mil niños que asisten a escuelas dentro del Distrito Federal tienen un crecimiento alterado de los pulmones. Esta disminución está en relación a los niveles de contaminantes atmosféricos a los que están expuestos.
Los expertos indican que un niño de la ciudad de México y de la zona metropolitana debería respirar de dos y medio a tres litros de aire cada día pero sólo inhala medio litro. Esto se debe a una disminución en la capacidad pulmonar de los niños y al envejecimiento prematuro de los pulmones, lo cual los predispone a desarrollar enfermedades crónicas, como enfisema o bronquitis, más rápidamente.
De hecho, los científicos del INSP señalan que el daño pulmonar consecuencia de la contaminación es similar al causado por el tabaquismo pasivo. En otras palabras, queramos o no, todos los capitalinos somos fumadores, y a quienes encuentran placer en la nicotina inhalan una doble canti-dad de tóxicos.
Este estudio pone de manifiesto la disociación e incongruencia en la que vivimos cuando la teoría dice una cosa pero la práctica es completamente distinta. Para la Organización Mundial de la Salud el aire limpio es un requisito básico de la salud y el bienestar humanos. Todos los que crecimos en la ciudad de México ante esta afirmación no podemos más que esbozar una sonrisa si nuestro ánimo es melancólico o soltar una carcajada si estamos un poco más desinhibidos.
Y es que la porquería flotante es parte de nuestra cotidianidad y el supuesto derecho que tenemos a respirar un aire limpio parecemos haberlo olvidado o simplemente nos hemos resignado a que por alguna extraña razón, nosotros, los citadinos, hemos perdido ese derecho.
Ante ello, ¿qué hacer? Es evidente que la ciencia tiene sus límites y que cualquier solución ya no vendrá solamente del conocimiento y la razón, sino de las decisiones tomadas por los gobernantes que, a su vez, actuarán de acuerdo con las presiones que reciban de quienes se benefician y se perjudican con la contaminación.
Es decir, en un lado están las empresas que armaron sus procesos productivos sin preocuparse demasiado por el medio ambiente. Para ellos, el aire limpio significa una pérdida en dinero y harán todo lo posible por evitarla. Pero en el otro están los ciudadanos afectados, a quienes corresponde la tarea de allegarse la información de los científicos y utilizarla para difundirla e impulsar una acción ciudadana que presione a los gobernantes.
Como el problema es mundial tenemos que buscar en esa dimensión más información y ejemplos de movilizaciones exitosas. Existen lineamientos mundiales que declaran la importancia de mantener el oxígeno, el nitrógeno, el dióxido de carbono y algunos otros gases que componen la atmósfera lo más puros posible.
Sin embargo, el aire que muchas personas alrededor del mundo respiran está contaminado con partículas, ozono, dióxido de nitrógeno y azufre, que son los contaminantes más comunes resultados de coches, medios de transporte y un sinfín de industrias que los vierten al ambiente.
Se estima que cada año 2 millones de personas mueren prematuramente como resultado de la contaminación ambiental, y la mayoría de estas muertes ocurren en países en vías de desarrollo. La contaminación aumenta el riesgo y la severidad de enfermedades respiratorias, enfermedades cardiacas y cáncer de pulmón.
Ante ello, algunos ciudadanos japoneses hace 10 años demandaron al gobierno y a las principales compañías automovilísticas, culpándolos de que la contaminación ambiental había causado que desarrollaran asma. Hace unos días ganaron la demanda en la que tanto el gobierno como Toyota, Honda y Nissan pagarán millones de dólares que serán utilizados para financiar un seguro médico y programas de salud para todos los afectados.
Se trata de una solución extrema pero que ejemplifica que los ciudadanos tienen la capacidad de defender su derecho a respirar aire limpio.
En todo caso, la ciencia produce la evidencia que demuestra los males de la contaminación. Corresponde a los gobernantes, a las empresas y a los ciudadanos encontrar soluciones inspiradas en el bien común.
Médico cirujano
