Manuel Camacho Solís
Chile es el país más exitoso de América Latina. Ha podido crecer durante quince años continuos. Ha duplicado su ingreso per cápita. Ha disminuido su pobreza. Ha resuelto los principales retos a su estabilidad con instituciones sólidas, así como con una clase política y unos partidos responsables. Con todos sus éxitos, no es aún, como España, un país desarrollado. Está en un punto donde puede consolidar su avance o mantenerse como país en vías de desarrollo.
Más allá de las estadísticas —que son engañosas— en Chile se puede apreciar el progreso económico. Hay una inversión en infraestructura que no se observa por igual en otras de nuestras naciones. Hay un sistema fiscal más sólido, al punto de que, hasta los taxistas y las misceláneas en los pueblos expiden su recibo fiscal. Sus cuentas hoy son sanas, ante la eventualidad de una retracción en el crecimiento. Hay muchas nuevas empresas. En el campo hay inversión.
Sin embargo, cuando se recorren las ciudades y el campo, se nota que ganar el sustento diario es muy difícil. La competencia es fuerte. Aunque no existen los mismos niveles de pobreza que padecen las mayorías en nuestros países, muchos chilenos viven como esas mayorías latinoamericanas. Todavía les falta un tramo grande en reducción de pobreza. Las desigualdades sociales no han disminuido, como tampoco lo están haciendo en los países hoy desarrollados.
Chile se ha beneficiado de la continuidad de la Concertación. La alianza de los socialistas y la democracia cristiana ha permitido contar con una mayoría amplia por más de 15 años. Ha tenido tres presidentes (Alwynn, Frei y Lagos) que han terminado dignamente sus administraciones, sin escándalos de corrupción. Cuentan con un sistema judicial y de seguridad pública respetado, no penetrado por las organizaciones criminales.
A pesar de todos sus éxitos, empezando por haber podido desmontar la dictadura de Pinochet, sin llevar a su sociedad a un nuevo enfrentamiento, en Chile se nota cierto cansancio que podría derivar en frustración o en nuevos problemas.
Se perciben nuevos retos que requerirán de creciente atención. Uno es el problema del crecimiento. Cada vez es más difícil crecer bajo el modelo anterior y es muy difícil cambiar el modelo. La gran oportunidad para el crecimiento alto será avanzar, como las economías asiáticas, en la economía del conocimiento. El número muy bajo de nuevas patentes da testimonio de la dificultad de acelerar ese proceso.
Un segundo problema es el de la desigualdad. Los chilenos tienen una gran confianza en que podrán mejorar su sistema de seguridad social. Esa fue la bandera de la presidenta Michelle Bachelet. Sin embargo, el tema, como en todos lados, es más de costos financieros que de resultados sociales y políticos.
El tercer problema es el político. Hasta el mejor gobierno, con el tiempo se desgasta. Los problemas cotidianos terminan por infringir costos, como ha ocurrido con el programa de reordenamiento del transporte de Santiago. Y quien está en la oposición, así sea con una minoría parlamentaria, se beneficia con la polarización. En algún momento, sobre todo en la eventualidad de una división en la concertación, la derecha podría ganar la presidencia.
Un cuarto problema es el del enojo y radicalización de algunos sectores sociales excluidos que podrían agotar su paciencia y elevar los niveles de confrontación social.
Finalmente está el entorno internacional. Como a todos, a Chile le afectará cualquier reducción en el crecimiento de la economía mundial. Mientras que, en términos geopolíticos, no se puede pasar por alto que es un país aislado, en un continente turbulento.
Aún con los nuevos retos, lo que el país ha logrado con la Concertación, constituye un capital de ahorros, institucionalidad y prestigio que lo protege. Sus líderes políticos están concientes de las nuevas dificultades. Están en posibilidad de preservar su país y continuar con una mejoría gradual. Falta ver si les alcanzará el tiempo (¿quince años más de resultados?), los recursos y las circunstancias internacionales, para convertirse en una nueva excepción (se pueden contar con los dedos de la mano) de país en desarrollo que logró desarrollarse. Buena fortuna.
Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista
