Calderón en G-5/G-8

Eugenio Anguiano

El presidente Felipe Calderón efectúa esta semana su segunda gira en Europa desde que asumió el cargo el pasado mes de diciembre, la cual incluye su debut en el encuentro que desde 2005 ha venido realizándose anualmente entre cinco de los países en desarrollo de mayor peso relativo en el escenario mundial, y el grupo de las siete economías más avanzadas del mundo más Rusia. Para apreciar la importancia de la participación de nuestro jefe de Estado en este encuentro cumbre, que hoy comienza en lo que la prensa británica califica de “sereno” balneario de Heiligendamm, construido en el siglo XVIII en la costa alemana del mar Báltico, es preciso recordar algunos antecedentes básicos.
El más lejano de estos cónclaves de países poderosos se remonta a 1974, cuando, a iniciativa del gobierno estadounidense, en Washington, DC, se reunieron representantes de las “mayores democracias industrializadas”, a fin de discutir los efectos del denominado “primer choque” petrolero ocurrido un año antes, mismo que se tradujo en una profunda revalorización de un bien no renovable y estratégico para la geopolítica y economía globales.

Al encuentro informal del llamado “grupo biblioteca” concurrieron funcionarios de finanzas de Alemania Federal, Reino Unido y Japón. Al año siguiente, 1975, se agregaron Italia y Francia, cuyo presidente, Valery Giscard d´Estaing, actuó como anfitrión de un foro cumbre que se convino se realizaría cada año a partir de entonces en sedes rotativas de los países integrantes del mismo, los cuales aumentaron a siete, con la invitación a Canadá para que se incorporara, en 1976, al selecto club.

Hasta hoy, el G-7 ha tenido 33 reuniones cumbre, precedida cada una de ellas por un encuentro de ministros y otros altos funcionarios, y tiene ya programadas reuniones y sedes para los próximos siete años. En 1994, los dirigentes rusos comenzaron a entablar conversaciones bilaterales con los siete países del grupo, pero fue a iniciativa del entonces presidente estadounidense, Bill Clinton, que la nación más extensa de la Tierra se sumó a partir de 1997 a las reuniones del peculiar conjunto de países, al que empezó a llamársele G-7 más Rusia, y luego simplemente G-8.

La más reciente innovación en cuanto a participantes se produjo en 2005, cuando los líderes del grupo decidieron convocar a los países en desarrollo más poblados y grandes a unirse al debate sobre cambio climático -tema central de los trabajos del G-8 de ese año y del actual- una vez terminados los dos días de sesiones de dichos líderes. Así surgió el G-5, compuesto por China, la India, Brasil, Sudáfrica y México.

La agenda de este año del G-8 cubre, al igual que las anteriores, temas económicos tales como inversiones, innovaciones y crecimiento sustentable, además de asuntos sociopolíticos como los de buen gobierno, paz y estabilidad en África, dimensiones sociales de la globalización y el conflictivo asunto del escudo nuclear que EU quiere poner cerca de Rusia. No obstante, el punto que acapara el interés de los políticos es el cambio climático y respecto a éste la necesidad de tomar medidas urgentes para contener el rápido crecimiento de las emisiones de gases invernadero, a fin de evitar que el pronosticado aumento futuro de la temperatura promedio de nuestro planeta exceda los dos grados centígrados.

Los gobernantes de la Unión Europea en conjunto, en particular el británico Tony Blair y la alemana Angela Merkel, se inclinan por la adopción de medidas drásticas, tales como multar a quienes emitan los mayores volúmenes de gases, ello para reducir sustancialmente en 2050 las emisiones globales. La oposición de EU a este tipo de acciones es ampliamente conocida, así como su rechazo al protocolo de Kioto, pero días antes el presidente Bush anunció su intención de reducir gases invernadero en su país, lo cual muchos perciben como un gesto demagógico, ante los recientes hallazgos de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense de que las emisiones mundiales de esos gases aumentaron a una tasa media anual de 3% en el periodo 2000-2004, mientras que en la década de los 90 lo habían hecho a 1.1%.

La semana pasada, el presidente Calderón lanzó su plan contra el cambio climático, que además de tardío no parece ser una propuesta sólida en cuanto a posibilidades de implementación. Lo importante sin embargo es que él se presenta al encuentro entre el G-8 y el G-5 con una carta propia. Ojalá el señor Calderón tenga la sensibilidad política de tomar la experiencia de Heiligendamm en serio y no como lo hizo Fox, una mera actividad protocolaria, y que de ella se desprenda un acercamiento a sus colegas del G-5 en materia de cambio climático y otras tareas, ya que con esos países nos unen más cosas que con los del G-8, cuyos intereses a menudo se contraponen a los nuestros.

Profesor investigador de El Colegio de México

¡Comparte la nota!