Ramón Cota Meza
Conforme los problemas de crédito se extien-den más allá del incumplimiento de hipotecas hasta los préstamos basados en acciones inmobiliarias, préstamos para automóviles y tarjetas de crédito, y los bancos comerciales y corporaciones reducen sus expectativas de ingresos, mientras los bancos centrales de Estados Unidos y Europa aumentan la tasa de interés e inyectan liquidez al mercado para contener la desbandada de los acreedores, va quedando en claro la crisis que atraviesa el sistema financiero global.
Esto no significa que estemos al borde de una recesión mundial, pues los bancos centrales tienen reservas monetarias para sostener a sus respectivas monedas, en particular al dólar, de cuya estabilidad depende la expansión comercial global. Mientras los bancos centrales de los países asiáticos sigan comprando bonos del tesoro de EU para sostener su propio ritmo exportador, el desempleo en este último país permanecerá en límites manejables.
No obstante, la crisis misma y la intervención de los bancos centrales refutan de manera contundente la idea de que los mercados financieros tienden a estabilizarse por sí mismos, y reivindican la hipótesis de que el crecimiento económico engendra las semillas de la inestabilidad financiera. Esta es la hipótesis esbozada por John Maynard Keynes y J.A. Schumpeter, desarrollada por Hyman P. Minsky y documentada con decenas de casos por Charles P. Kindleberger.
La única causa de las crisis es el crecimiento económico mismo, dijo Schumpeter. La economía no crece lineal ni indefinidamente, sino en la forma de una corriente circular o por oleadas. El impulso del crecimiento puede provenir de innovaciones tecnológicas, nuevas formas de organización de la producción y los servicios, apertura de nuevos mercados o combinaciones de todo eso, pero en algún momento terminará, generalmente en forma catastrófica.
La crisis puede ser disparada por diversos factores, pero generalmente involucra el fenómeno conocido como sobrevaluación de activos, consecuencia del endeudamiento creciente de los inversionistas y sus expectativas de rendimiento, las cuales, paradójicamente, tienden a decrecer por saturación de los mercados o por alguna otra contingencia vinculada a la expansión del crédito, problemas políticos, errores de cálculo, etcétera, factores que se magnifican bajo condiciones de intensa competencia.
Llegado este momento, los activos sobrevaluados se derrumban sobre el valor fundamental de las inversiones, lo cual suele ocurrir repentinamente en una empresa, conjunto de empresas o sector. Y como el crédito así derrumbado está vinculado a otras inversiones en función de las expectativas de los acreedores, la crisis se transmite rápidamente al resto, pues acreedores y accionistas no pueden distinguir el crédito bueno del crédito malo y tienden a huir del mercado en busca de cielo seguro.
La crisis global en curso originada en el mercado inmobiliario de EU se gestó en la abundancia de crédito barato, abundancia creada por la compra masiva de bonos del tesoro por los bancos centrales e inversionistas de los países exportadores a EU, lo que permitió tener bajas tasas de interés y, en consecuencia, liquidez abundante. Fue este exceso de liquidez lo que permitió a los inversionistas canalizar crédito a deudores que de otra manera no habrían calificado como tales.
La fragilidad de estos préstamos pudo ser disfrazada mediante instrumentos financieros que no hacían otra cosa que desplazar las expectativas de rendimiento hacia otras inversiones, aumentando en el proceso la sobrevaluación de activos fundamentalmente endebles. Al aumentar la tasa de interés para detener el repunte de la inflación, los créditos originales se derrumbaron, provocando olas de choque hacia los créditos relacionados o “apalancados”.
México está relativamente aislado de esta crisis porque su crecimiento depende cada vez menos de la inversión extranjera y cada vez más de recursos propios públicos y privados. Pero esta expansión está sembrando las semillas de una crisis futura por derecho propio. Estamos a tiempo de preparar nuestras coordenadas mentales, no para conjurar la crisis, sino para evitar lamentaciones o buscar chivos expiatorios luego.
blascota@prodigy.net.mx
Analista político
