Agenda del debate

Contra votantes y audiencias

José Carreño Carlón

Políticos y medios, concentrados en su litigio

Un pulso entre autoritarios y conspiradores

Si no hay una tregua en los próximos días, la nueva escaramuza en la ya larga guerra de desgaste entre el sistema político y el sistema mediático apunta a convertir el previsible abstencionismo electoral de este año en un amplio rechazo de los votantes a los partidos y a la autoridad electoral en las urnas del próximo 5 de julio.

Pero la escaramuza también podría conducir al rechazo de importantes audiencias de una radio y una televisión que esas audiencias percibirán congestionadas por millones de malos spots publicitarios de los partidos y por una cobertura esterilizada del proceso electoral.
El problema es que una disminución en la capacidad de los medios para atraer al público, es decir, una merma de la principal fuente de información, gratificación y entretenimiento de la mayoría de la población, podría a su vez agregar nuevos elementos de frustración a los que ya están generando los efectos de la crisis económica.

En un movimiento pendular de regreso del terreno perdido ante el sistema mediático en el gobierno de Vicente Fox, el sistema político se embarcó desde 2007 en el proyecto inverso: el de retomar el control no sólo de los procesos electorales a través de un nuevo Instituto Federal Electoral dominado por los partidos, sino también los procesos y los recursos de la comunicación política, a costa incluso de imponer nuevos límites tanto a la expresión de los particulares a través de los medios, como al acceso de esos mismos particulares a la oferta mediática.

Los malos y los peores

Ello ha generado ya efectos que han sido previsiblemente explotados por los medios y que agravian los derechos y los sentimientos de los potenciales votantes. Las empresas de comunicación se han encargado de remitir a los excesos del Instituto Federal Electoral, del Congreso y de los partidos las disposiciones que, de acuerdo a la interpretación de los medios, los llevaron a interrumpir el fin de semana espectáculos de gran audiencia con ataques masivos de saturación de propaganda partidista.

La mala factura de estas piezas publicitarias se vio potenciada con su presentación en paquetes de varios spots por viaje, lo que agigantó también la sensación de hartazgo de las audiencias y de enojo ante la intrusión en el curso de los espectáculos interrumpidos.

Y los efectos de comunicación corrieron y siguen corriendo, independientemente de la polarización del debate que volvió a repartir culpas como si se tratara de un enfrentamiento entre buenos y malos: los políticos o los medios, según el bando de cada opinante, e independientemente también del arreglo o la falta de arreglo que se dé entre ellos en los próximos días.

Lo que ha quedado claro para unos es la desproporción de un sistema político que autoritariamente se dispone este semestre a invadir las pantallas de televisión y las bocinas de radio con cerca de 24 millones de spots de pésima propaganda partidista, difundidos con cargo a los contribuyentes, por órdenes de una autoridad electoral controlada por los partidos, que es capaz de irrumpir en los programas más gratificantes para el público.

Un debate elusivo

Y lo que queda confirmado para otros es la existencia de una conspiración más de los grandes medios, esta vez para descalificar a los políticos y a su reforma democrática que se propuso acabar con la influencia del sistema mediático en las decisiones del sistema político.

Un debate sin solución posible sobre una legislación sin el consenso de quienes deben cumplirla y hacerla cumplir y sin acuerdos básicos sobre cómo debe cumplirse. Un debate que mantiene a políticos y a medios concentrados en su propio litigio, tendiente a ajustar cuentas, mitos, prejuicios e intereses entre el sistema político y el sistema mediático.

Un debate, en fin, que por horas y por días ha desplazado de la agenda de los políticos y de la agenda de los medios los temas sustantivos: lo mismo la peligrosa volatilidad del peso que el nuevo desafío del crimen organizado con el asesinato de otro general en la península de Yucatán.

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