México, tan cerca (y tan lejos) de Obama
José Carreño Carlón
De la emoción al aldeanismo ante el cambio histórico
La difícil ecuación: sociedad, democracia y mercado
Más que repetir el viejo lamento por la lejanía mexicana de Dios y su cercanía con Estados Unidos, hay que observar hoy a un México tan cerca emocionalmente de Obama y tan lejos de las claves de su mensaje y su comportamiento político.
Buena parte de la población mexicana y mundial se emocionó vivamente el martes al asistir, a través de los medios, al ascenso final de Obama: no sólo a la cumbre del poder político de su país, sino también al más alto liderazgo global desde que se puso en boga el concepto de globalidad.
Pero desde visiones aldeanas, hay quienes celebran aquí el éxito de Obama sólo como oportunidad de colocar a los adversarios locales en el basurero de la historia global. Y buena parte de nuestros definidores de la agenda pública se han visto incapaces para descifrar las claves de un mensaje de Obama bastante más sobrio y conciliador que el que pretenden encontrar sus seguidores o sus críticos de nuestra periferia.
Le reprochan, por un lado, una supuesta falta de agresividad con los contrarios, sin advertir que el mensaje del ya presidente Obama está en busca del centro y de las bases de gobernabilidad, desde el epicentro del terremoto financiero mundial. Y, por otro lado, pretenden encontrar en la supuesta agresividad del mensaje la causa del desplome planetario de los mercados el martes.
Es cierto que ni la asunción de Obama ni su llamado fueron suficientes para detener ese día el deterioro de los mercados. Y que éstos prosiguieron su pronunciada caída, empezando por los de Estados Unidos, que enfrentaron uno de los desplomes más graves de una jornada de toma de posesión en más de 100 años.
Nuevas lecciones
Pero es que ni en las sociedades más avanzadas la democracia carece de adjetivos. Y se pierde de vista que estas primeras 48 horas de ejercicio del poder de Obama se producen en la llamada “sociedad democrática de mercado”. Y en ella, el último componente de esa ecuación —el mercado— se resiste a integrarse al proyecto del nuevo líder, junto a los otros componentes. Y es el caso que los tres, sociedad, democracia y mercado, resultan indisociables para la gobernabilidad en la moderna y compleja organización política contemporánea.
De allí que, aparte de las lecciones que dejó su revolución en los campos de la comunicación política y la organización electoral, este liderazgo fuera de serie les está enviando al mundo y a México nuevas lecciones desde las primeras horas de ejercicio del poder.
Obama ha pasado en unas semanas de la generación caudalosa de expectativas en la campaña, a la contención cautelosa de esas mismas expectativas en el gobierno. Y quien construyó su prodigioso liderazgo con el dominio del poder de las palabras y de sus efectos favorables en los procesos de la democracia política, en el ejercicio del poder se dispone ahora a dominar y conducir sus palabras a la vista de sus efectos (o de su falta de ellos) en los mercados.
Liderazgo global
En un planeta infinitamente más comunicado que el de la Segunda Guerra Mundial, sin la división en bloques que le siguió durante la guerra fría y dejando de lado por ahora la variable de la trascendencia histórica, el liderazgo de Obama resulta más universalmente asumido en el mundo de hoy que el reconocido en sus respectivas épocas a los líderes del llamado “mundo libre”: de Franklin D. Roosevelt a John F. Kennedy; de Winston Churchill a Charles de Gaulle o Konrad Adenauer.
También, por la inclusión explícita de la más amplia diversidad racial, nacional, cultural y espiritual que, con su familia, simboliza el nuevo presidente de Estados Unidos, su liderazgo mundial aparece de entrada como más ecuménico incluso que el progresista liderazgo de Juan XXIII y que el conservador de Juan Pablo II.
Pero habrá que ver: a Obama todavía le falta pasar la prueba del ejercicio del poder ante la que se perfila como la crisis económica mundial más profunda y duradera de la historia.
