A ESTRIBOR /Juan Carlos Cal y Mayor /La espada en Los Inválidos

Afuera llovía con parsimonia, como si París supiera que asistía a una ceremonia que no era del todo suya, pero cuya solemnidad merecía respeto. En el corazón del complejo de Los Inválidos —donde reposa Napoleón bajo su cúpula dorada—, un hombre que había cruzado océanos y siglos en su propia historia personal, recibía el gesto que sellaba su consagración como figura militar universal: la entrega de una espada.

Porfirio Díaz, viejo ya, con la espalda ligeramente vencida por los años, pero aún erguido por la dignidad del militar que peleó en Puebla, que resistió invasiones extranjeras y que gobernó una nación por más de tres décadas, asistía en silencio. Había llegado al exilio no como un derrotado, sino como quien se retira a los cuarteles de la memoria. Pero París, y en especial Francia, no había olvidado la sangre compartida ni las glorias militares.

El acto fue discreto, diplomático, casi íntimo. La espada —réplica de las que portaban los mariscales de Francia— fue entregada por el gobierno francés como reconocimiento a sus méritos castrenses, en especial por su papel en la defensa del territorio mexicano frente a la intervención extranjera. Irónicamente, de aquella Francia imperial de Napoleón III —que en su momento invadió México— quedaba ya solo el eco y el mármol. Pero los símbolos, como los hombres, sobreviven a los regímenes.

EL MESTIZO ANTE LOS FANTASMAS DEL IMPERIO

El general Díaz, que había resistido la intervención francesa y combatido a los imperialistas de Maximiliano, recibía ahora honores en suelo galo. La historia no carece de ironías. Con manos serenas, tomó la empuñadura con el mismo respeto con el que alguna vez empuñó el sable de la república. Tal vez recordó aquel 5 de mayo, o el cerco de Puebla, o los días inciertos de la Reforma.

Allí, entre los muros donde dormía el sueño de mármol el emperador de Europa, otro hombre de acero, latinoamericano y mestizo, era reconocido como igual. No era un gesto menor. Era el testimonio de una vida marcada por la guerra, la disciplina, la modernidad y la tragedia del poder.

Nadie habló de política. Nadie habló del México convulso que dejaba atrás, ni del desdén con el que algunos compatriotas verían ese acto desde la distancia. París le daba la despedida que su tierra le negaba: una espada por sus batallas, un techo de oro por su historia.

Y así, el viejo general salió del recinto, bajo la lluvia parisina, con la misma sobriedad con la que entró. No había marcha triunfal, pero sí una última ceremonia de honor. En el exilio, la espada no es para el combate, sino para la memoria.

MORIR CON DIGNIDAD

No todos los imperios terminan en la hoguera. Algunos se extinguen con la dignidad de quien, habiendo domado la tormenta, prefiere retirarse antes que desatarla de nuevo. Porfirio Díaz no cayó derrotado en el campo de batalla ni fue arrastrado por el furor de las masas. Se fue cuando aún podía quedarse. Y en ese gesto —de aparente debilidad para los ambiciosos, pero de hondura para los estadistas— reside quizá la mayor de sus victorias.

Pacificar a México no fue una metáfora ni un eslogan. Fue una hazaña. Gobernó un país quebrado por guerras intestinas, por intervenciones extranjeras, por caudillos sedientos de poder. Un país en ruinas, sin caminos, sin instituciones, sin moneda fuerte, sin crédito ni confianza. Su régimen, férreo sí, pero eficaz, logró lo que parecía imposible: someter al desorden, establecer reglas, traer inversiones, tender líneas férreas donde antes había sólo caminos de polvo y machetes.

El desencanto de una generación que no había elegido al viejo general sino heredado su autoridad, eran el combustible de una revolución inevitable. Y entonces, cuando el destino ofrecía la tentación del aplastamiento, del contraataque, del caudillismo eterno, Díaz eligió otra ruta: renunciar.

LA DIGNIDAD DEL SILENCIO FRENTE AL ESTRUENDO

Pudo resistir. Pudo convocar a su ejército leal, pudo hacer correr la sangre como otros lo hicieron antes y después. Pero eligió la salida menos gloriosa y más difícil: entregar el poder. Tomó el tren a Veracruz como quien baja del escenario sabiendo que la función ha terminado. No hubo estruendo. Hubo silencio. Y en ese silencio, quedó escrito el epitafio de un ciclo.

LA ÚLTIMA LECCIÓN DEL GENERAL

No se exilian los tiranos que aman el poder. Se exilian los hombres que alguna vez entendieron que el poder, si no se vuelve legado, se vuelve ruina. La renuncia de Porfirio Díaz, tantas veces juzgada con ligereza, evitó una guerra fratricida en su momento más tenso. Fue su último servicio a la patria. El acto final del centauro que, habiendo cabalgado sobre tormentas, supo bajarse del caballo antes de que lo desmontaran a la fuerza.

¿Mito o realidad? Lo cierto es que los franceses acogieron en su suelo al general mexicano que los derrotó en la batalla del 5 de Mayo y retomó la ciudad de México para que Juárez entrara triunfal olvidándose de sus méritos.

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