A ESTRIBOR /Juan Carlos Cal y Mayor /Del bistec al frijol

En silencio —como ocurren las crisis verdaderas— México acaba de cruzar una línea peligrosa. En los primeros dos meses de 2026, el país importó cerca de 3.9 millones de toneladas de maíz desde Estados Unidos, la cifra más alta registrada para un inicio de año. Así lo reportó La Jornada. No es un dato aislado. Es la confirmación de un modelo que ha dejado de producir lo esencial. Durante años se habló de autosuficiencia alimentaria. Pero los números cuentan otra historia: México es hoy el principal comprador de maíz estadounidense en el mundo y depende casi totalmente de ese país para abastecer su déficit. Eso ya no es comercio. Es dependencia estructural.

EL CAMPO QUE SE QUEDÓ ATRÁS

El problema no comenzó hoy. Se incubó durante décadas de abandono, pero en los últimos años se agravó por una combinación de malas decisiones. La producción nacional no crece al ritmo de la demanda, mientras el campo sigue operando con baja tecnificación, limitado acceso a financiamiento y sin una política de largo plazo que lo integre a cadenas productivas modernas.
Se privilegió el subsidio sobre la productividad. Se repartieron apoyos, pero no se construyó capacidad. El resultado es un campo que sobrevive, pero no compite.

A esto se suman decisiones contradictorias, como la restricción al maíz transgénico, que en la práctica no eliminó su consumo, sino que lo trasladó a las importaciones. México sigue dependiendo de ese maíz —sobre todo amarillo, destinado a la industria— pero renunció a producirlo con eficiencia.

NO SOLO MAÍZ: LA DIETA IMPORTADA

El problema no termina en el maíz. Se está extendiendo a toda la canasta básica. México ha incrementado de manera sostenida la importación de carne, particularmente de Brasil, que ha ganado terreno por su menor costo de producción y economías de escala. Mientras tanto, los productores nacionales enfrentan altos costos, inseguridad y falta de apoyos estratégicos, lo que los deja en desventaja frente a la competencia externa.

Algo similar ocurre con el sector lechero. La entrada de leche en polvo importada, especialmente de Asia —incluida China—, ha comenzado a desplazar la producción nacional. No porque sea mejor, sino porque es más barata en el corto plazo, aunque su impacto a largo plazo sea devastador para los pequeños y medianos productores mexicanos. Así, sin decirlo abiertamente, México está sustituyendo su producción interna por alimentos importados.

LA ILUSIÓN DE LA SOBERANÍA

Se puede importar por eficiencia. Eso no es el problema. El problema es depender de manera creciente en productos estratégicos.

Cuando un país no produce lo que come, pierde margen de maniobra. Su estabilidad queda sujeta a factores externos: precios internacionales, tensiones comerciales, decisiones políticas de otros gobiernos o interrupciones logísticas.

La soberanía alimentaria no es un discurso. Es capacidad productiva.
Hoy México importa maíz, carne, leche en polvo, trigo y arroz. Lo que antes era complemento, ahora es base. Y lo que antes era campo, hoy es mercado.

UN MODELO QUE FAVORECE A OTROS

Mientras México importa, otros producen y ganan.
Estados Unidos abastece nuestro maíz. Brasil coloca su carne. Asia exporta leche en polvo. Son economías que invierten en productividad, tecnología, infraestructura y financiamiento. No subsidian la ineficiencia: la corrigen.

Aquí, en cambio, el campo sigue atrapado entre la retórica política y la falta de visión económica.
Se habla de justicia social, pero se abandona al productor. Se presume soberanía, pero se compra en el exterior. Se promete5 autosuficiencia, pero se consolida la dependencia.

DEL BISTEC AL FRIJOL

No es casualidad. Es narrativa.
Cuando un gobierno comienza a decirle a su población qué debe comer —y no en función de salud, sino de escasez— estamos ante algo más profundo que una recomendación nutricional. Estamos frente a una pedagogía política.

El frijol no es el problema. Es parte de nuestra identidad, de nuestra historia y de nuestra dieta. El problema es el contexto en el que se promueve: un país que importa maíz, carne, leche y granos básicos mientras normaliza una dieta más austera como virtud moral.
No se trata de rescatar tradiciones. Se trata de administrar carencias.
Porque mientras el discurso exalta el frijol como “alimento bendito”, la realidad es que el productor no encuentra precio, el campo no encuentra rumbo y el consumidor no encuentra alternativas accesibles de proteína.

Ahí está la contradicción: se invita a consumir lo que el propio modelo económico no logra sostener dignamente. No es política alimentaria. Es resignación administrada. Y en el fondo, lo que se está construyendo no es autosuficiencia, sino adaptación a la escasez.
México no puede aspirar a ser una potencia si no puede alimentar a su propia población con lo que produce. Porque el problema no es que falte maíz. El problema es que dejamos de sembrar el país.

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