A ESTRIBOR /Juan Carlos Cal y Mayor /Alerta en Palacio?

La narrativa oficial insiste en negar lo evidente. Recurre a encuestas a modo, a discursos repetidos y a una maquinaria de comunicación que intenta sostener una percepción que ya no corresponde con la realidad. Sin embargo, los datos —incluso aquellos que alguna vez fueron utilizados como bandera— empiezan a contar otra historia: Morena, como partido, muestra signos de desgaste y en diversos sondeos no logra rebasar el umbral del 35 al 40 por ciento. No es un desplome, pero tampoco es fortaleza. Es, en todo caso, una señal de alerta.

No es casual que se haya buscado impulsar figuras como la revocación de mandato bajo una lógica política bien conocida: en México, la figura presidencial suele gozar de mayor aprobación que su propio partido. Apostar a esa transferencia de legitimidad parecía una jugada lógica. Pero incluso ahí empiezan a encenderse focos amarillos. Mediciones recientes —de esas que antes se presumían con entusiasmo— reflejan una caída en la popularidad presidencial que ronda el 46 por ciento. No es un dato menor. Es un síntoma.

DESGASTE Y NEGACIÓN

Lo preocupante no es solo la tendencia, sino la incapacidad de reconocerla. Porque cuando un gobierno deja de escuchar, comienza a equivocarse con mayor frecuencia. Persistir en políticas económicas erráticas, en discursos polarizantes o en decisiones que minan la confianza termina por cobrar factura. La credibilidad, una vez erosionada, es difícil de recuperar.

En materia de seguridad, el discurso también enfrenta su propia contradicción. Las cifras pueden maquillarse, pero la percepción social es más difícil de manipular. Se presume una reducción en homicidios mientras crecen las cifras de personas desaparecidas. Cambia la categoría, no la tragedia. La violencia, lejos de desaparecer, se transforma. Y el Estado sigue sin asumir con claridad el problema de fondo: la ausencia de un verdadero Estado de Derecho.

Porque más allá de operativos o capturas mediáticas, el problema estructural permanece intacto. La criminalidad en México no es un fenómeno aislado, sino una red compleja donde las complicidades —políticas, económicas y territoriales— juegan un papel determinante. Romper ese entramado implica costos. Y hasta ahora, todo indica que no existe voluntad para asumirlos.

DEPENDENCIA Y NEGOCIACIÓN

En el terreno económico, el país enfrenta otra realidad ineludible: su dependencia de los Estados Unidos. La revisión del tratado comercial no será un ejercicio de negociación entre iguales, sino un ajuste condicionado por las prioridades del vecino del norte. México cederá, como lo ha hecho antes, porque no tiene margen real de maniobra.

Se podrá vender como un logro. Se podrá anunciar como un triunfo diplomático. Pero en el fondo, se tratará de una adecuación necesaria para evitar un daño mayor. La economía mexicana —sostenida en buena medida por su integración con Estados Unidos— no puede darse el lujo de una ruptura. Millones de empleos dependen de ello. Y esa es, quizás, la mayor vulnerabilidad del modelo actual.

OPOSICIÓN: EL OTRO PROBLEMA

Frente a este escenario, cabría esperar una oposición articulada, estratégica y con capacidad de capitalizar el desgaste del oficialismo. Pero ocurre exactamente lo contrario. La fragmentación, la falta de acuerdos y la ausencia de visión común la mantienen en una posición irrelevante.

Si algo debería unirla es, al menos, la defensa del proceso electoral. La vigilancia de las casillas, la presencia territorial y la transparencia en la difusión de resultados no son detalles menores: son condiciones básicas para garantizar elecciones creíbles. Sin coordinación, ese objetivo se diluye.

Porque mientras unos se dividen, otros operan. Y lo hacen con todos los recursos a su alcance: programas sociales, estructuras territoriales y una maquinaria política que ha demostrado eficacia. Pensar que bastará con “buenos candidatos” es, en el mejor de los casos, ingenuo.

RUMBO A LO QUE VIENE

La próxima elección no será definitiva, pero sí reveladora. Funcionará como un ensayo de lo que podría ocurrir en 2030. Ahí se pondrán a prueba no solo las fortalezas del oficialismo, sino también la capacidad de reacción de la oposición.

Puede haber sorpresas. O puede no haberlas. Pero lo verdaderamente relevante será la lectura que se haga de esos resultados.

Porque si ni siquiera entonces se corrigen errores, el desenlace estará prácticamente escrito.

Y hay un dato que no debe pasarse por alto: la renovación expedita en la dirigencia nacional no es casualidad, es consecuencia directa de todo lo anterior. Es el reconocimiento implícito —aunque no se diga— de que algo no está funcionando como se esperaba.

Porque en política, los movimientos apresurados rara vez responden a la tranquilidad. Más bien delatan preocupación.

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