Marco Tulio Carrascosa.
Hay ciudades que crecen porque tienen recursos.
Y hay ciudades que crecen porque tienen visión.
Tuxtla Gutiérrez, lamentablemente, tiene lo primero… pero ha carecido brutalmente de lo segundo.
Porque si algo define a nuestra capital no es la falta de potencial. Es la escandalosa ausencia de imaginación gubernamental para convertir ese potencial en desarrollo, competitividad y prosperidad.
Tuxtla no debería ser una ciudad resignada al estancamiento.
Debería ser una capital vibrante, moderna, dinámica, atractiva para la inversión y estratégicamente agresiva en materia económica.
Pero no lo es.
Y no porque no pueda.
Sino porque quienes han gobernado —y quienes hoy gobiernan— simplemente no han entendido lo que significa pensar una ciudad en grande.
Mientras otras capitales del país diseñan proyectos de largo plazo, atraen inversión privada, construyen polos de desarrollo, generan turismo de experiencia y compiten por posicionamiento regional, Tuxtla sigue atrapada en la lógica mediocre de administrar lo urgente.
Tapar baches.
Resolver fugas.
Recoger basura.
Apagar incendios políticos.
Administrar crisis.
Eso no es gobernar una capital.
Eso es administrar el fracaso.
Porque hagamos una pregunta elemental:
¿Qué está haciendo hoy Tuxtla para convertirse en un destino económico competitivo?
La respuesta es brutal:
Muy poco.
Una ciudad estratégicamente privilegiada… desperdiciada
Tuxtla tiene algo que muchas ciudades quisieran.
Ubicación estratégica.
Es la puerta natural de entrada al sureste mexicano. Es conexión con Centroamérica. Es el centro político y administrativo de Chiapas. Tiene cercanía inmediata con joyas turísticas como San Cristóbal de Las Casas, Chiapa de Corzo, el Cañón del Sumidero, Comitán, Lagos de Montebello, Palenque y toda la riqueza cultural y natural del estado.
Y aun así, Tuxtla no ha sabido convertirse en un verdadero hub económico ni turístico.
¿Por qué?
Porque no existe visión.
Tuxtla sigue funcionando como ciudad de paso cuando debería ser ciudad de estancia.
Y esa diferencia cuesta millones.
Miles de millones.
¿Dónde están los grandes proyectos?
Una capital con ambición ya habría detonado proyectos emblemáticos.
¿Dónde está el gran parque acuático regional que atraiga turismo familiar del sureste mexicano y Centroamérica?
¿Dónde está el distrito de entretenimiento moderno?
¿Dónde está el gran centro de convenciones competitivo para congresos nacionales e internacionales?
¿Dónde están los complejos empresariales y de usos mixtos que transformen la imagen urbana y generen empleos?
¿Dónde está el impulso a desarrollos hoteleros premium?
¿Dónde están los proyectos de inversión privada de gran escala promovidos desde el gobierno municipal?
La respuesta es incómoda:
No existen porque seguimos atrapados en gobiernos que piensan en pequeño.
Tuxtla tiene mercado.
Tiene ubicación.
Tiene población.
Tiene conectividad terrestre.
Tiene potencial inmobiliario.
Pero no tiene liderazgo con visión económica.
Y ese es el verdadero drama.
El aeropuerto: otra oportunidad desperdiciada
Hablemos del aeropuerto.
¿Cuántas ciudades medianas entienden que la conectividad aérea es una herramienta de desarrollo?
Las inteligentes, todas.
Entonces, ¿por qué Tuxtla no está peleando agresivamente por convertirse en una plataforma aérea regional?
¿Por qué no se gestiona con fuerza una ruta internacional hacia Houston?
¿Miami?
¿Panamá?
¿Guatemala?
¿San José?
¿Por qué no atraer aerolíneas internacionales de bajo costo?
¿Por qué no convertir el aeropuerto Ángel Albino Corzo en un verdadero motor económico?
Porque seguimos atrapados en administraciones sin visión estratégica.
Y en economía, quien no conecta, se aísla.
Eventos internacionales que nunca llegan
Las ciudades modernas compiten por atención.
Y la atención genera economía.
¿Por qué Tuxtla no alberga una cumbre económica del sur-sureste?
¿Por qué no un foro empresarial México-Centroamérica?
¿Por qué no un summit de innovación?
¿Por qué no festivales internacionales de música, gastronomía o cultura?
¿Por qué no eventos deportivos regionales o continentales?
¿Por qué no construir una marca ciudad poderosa?
¿Por qué no vender Tuxtla al mundo?
Porque aquí seguimos administrando inercias en lugar de construir futuro.
El turismo que nadie quiso entender
El turismo moderno ya no vive únicamente de playas.
Hoy el turismo es experiencia.
Es gastronomía.
Es entretenimiento.
Es negocios.
Es deporte.
Es congresos.
Es salud.
Es cultura.
Es ecoturismo.
Es inversión.
Tuxtla podría posicionarse en múltiples segmentos:
Turismo médico.
Turismo de negocios.
Turismo gastronómico.
Turismo ecológico.
Turismo deportivo.
Turismo religioso.
Turismo corporativo.
Pero para eso se requiere infraestructura, promoción internacional, incentivos y visión de largo plazo.
Nada de eso aparece con claridad.
La mediocridad de conformarse con lo básico
Y aquí está el problema de fondo.
Nuestros gobiernos han confundido gobernar con administrar servicios mínimos.
Creen que recoger basura ya es desarrollo.
Que reparar luminarias es transformación.
Que tapar baches es progreso.
No.
Eso es obligación básica.
Una capital se gobierna con visión económica.
Con estrategia.
Con planeación.
Con narrativa de crecimiento.
Con ambición.
Y Tuxtla lleva años sin ambición.
La gestión actual: más de lo mismo
Lo más preocupante es que el presente no parece distinto.
Hoy seguimos viendo una administración enfocada en lo inmediato, en lo operativo y en lo políticamente rentable.
Pero no en construir una ciudad competitiva.
No existe una narrativa clara de atracción de inversión.
No se observa una estrategia agresiva de turismo.
No hay anuncios de proyectos transformadores.
No se percibe una visión de capital internacionalizable.
Y eso es gravísimo.
Porque el siglo XXI no espera ciudades lentas.
El verdadero fracaso
El fracaso de Tuxtla no es financiero.
No es geográfico.
No es social.
El verdadero fracaso es mental.
Es la pobreza de visión de quienes han gobernado creyendo que administrar una capital es simplemente sobrevivir políticamente.
Porque Tuxtla no necesita administradores.
Necesita constructores de futuro.
Necesita liderazgo económico.
Necesita ambición.
Necesita visión.
Porque mientras otras ciudades compiten por inversiones, congresos, turismo, desarrollo inmobiliario y conectividad global…
Tuxtla sigue discutiendo cómo resolver lo básico.
Y esa es, quizá, la tragedia más grande de todas.
No que Tuxtla no pueda crecer.
Sino que quienes gobiernan parecen no imaginarla creciendo.
Hasta la próxima… ✒️
