Siguiendo las prescripciones de la “ética” en turno, debemos recetarnos tiempo y espacio /Dr. Oswaldo Chacón Rojas

Tradicionalmente este es el tiempo del encuentro y la cercanía con los afectos. Pero en esta oportunidad, parafraseando al gran Jaime Sabines, siguiendo las prescripciones de la “ética” en turno, debemos recetarnos tiempo y espacio; la situación recomienda distancia social, uso de cubrebocas, reuniones poco numerosas y en espacios ventilados, con estrictos protocolos para la cena y los saludos que obligan a replantear las celebraciones familiares. Pero si bien la realidad nos devuelve un escenario que parece incompatible con el clima de fiesta, no debemos olvidar también que la Navidad es, por sobre todo, un estado del alma. Una capacidad de apertura hacia aquello que nos supera y nos hermana y que vive mucho más en nuestro interior que en el convulsionado afuera que suele plantearnos esta temporada. Mi deseo es que aproveches esta coyuntura y logres retirarte en ti mismo, como diría el gran emperador Marco Aurelio, pues en ninguna parte un hombre o una mujer se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma. Concedamonos, pues, sin pausa, este retiro y recuperémomos.

La navidad en el contexto de la pandemia también es una oportunidad para la reflexión y la conexión con la importancia de “aquellas pequeñas cosas” -diría Serrat- que no siempre valoramos. Basta pensar en los abrazos que tanto extrañaremos en esta Nochebuena o en el recuerdo de aquellas navidades de la infancia.

En “Ya sentarás cabeza”, Ignacio Peyró invoca una de las principales expectativas que depositamos sobre estas fechas decembrinas: que nos transmitan una sensación de continuidad. Que nos hagan sentir por unos días que la vida es cíclica en vez de lineal; de manera que, suceda lo que suceda, siempre habrá una mesa navideña a la que volver. Pero la navidad de este 2020 parece diseñada para alimentar uno de nuestros mayores miedos: la ruptura de esa continuidad. La expulsión de ese ciclo anual, de esa rutina acogedora en la que caben incluso los malos humores o las imperfecciones de los demás. Por aquellas familias que no podrán estar juntas, o aun peor, por aquellas a quienes la pandemia les ha arrebatado a alguno de los suyos; para quienes ya ninguna Nochebuena será como las de antes.
Pocos textos capturan esta experiencia como “Un recuerdo navideño”, el cuento de Truman Capote. El narrador rememora una Navidad típica de su infancia, que pasó ayudando a su prima mayor a hacer galletas para todo el pueblo. Pese al parentesco entre el niño y la señora, el narrador aclara que lo importante es que «cada uno es el mejor amigo del otro». Tras cerrar aquel recuerdo navideño se produce un golpe narrativo: «esta es nuestra última Navidad juntos. La vida nos separa». El protagonista pasa por otras casas, por internados. Se cartea con su amiga y en sus misivas va detectando el deterioro, la enfermedad. Cuando al final recibe la noticia de su fallecimiento, siente que aquello le separa «de una parte irremplazable de mí mismo, dejándola suelta como un cometa a la que se le hubiera roto la cuerda». Por eso, en las mañanas de finales de diciembre, «no dejo de mirar hacia arriba. Como si esperase ver un par de cometas perdidos dirigiéndose hacia el cielo». Así nuestra Nochebuena en tiempos de pandemia: miles de cometas perdidas, dirigiéndose hacia un cielo nocturno y sin estrellas.

Pero sin grandes mesas y lamentando ausencias, a la hora del brindis, debemos tratar de ver los vasos medio llenos. Que no falte lo esencial en ningún hogar, que en todos reine la paz y que una cuota de alegría nos permita sonreír en momentos como los que atravesamos. Que no nos falte fe y esperanza. Se suele dar por hecho que el fin de cada año supone el final de una etapa y la llegada de otra realidad. Nunca como este año en todo el mundo ese supuesto es tan anhelado. La esperanza generalizada es dejar atrás los días de pandemia, encierro y dolor. La esperanza es más obligatoria que nunca como arma contra la realidad.

Que en esta temporada decembrina logremos fortalecer nuestro espíritu estoico, y ello pasa por entender, por dificil que sea, que adversidades siempre habrán, mayores o menores, pero ello no es sinónimo de desgracia, antes bien nunca olvidar que el sufrirlas con grandeza de ánimo es una dicha.
Este es mi deseo en esta Noche Buena.
Oswaldo Chacón Rojas

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