En México fingimos sorpresa cada vez que se reforma el sistema electoral. Como si las reglas no se hubieran negociado siempre en las cúpulas. Como si la política fuera una asamblea de buenas intenciones y no una disputa permanente por el poder. No lo es.
La reforma que impulsa el oficialismo encabezado por Claudia Sheinbaum no nace de la ingenuidad ni del villanismo. Nace del cálculo. Y el cálculo es la sustancia de la política.
El punto no es si hay acuerdos entre dirigencias. Siempre los ha habido. La diferencia no está en la negociación, sino en las consecuencias.
Reducir plurinominales debilita la representación proporcional. Eso fortalece a quien ya domina el territorio.
Reducir financiamiento favorece a quien ya tiene estructura. Modificar la integración del Congreso altera la relación entre mayoría simple y mayoría calificada, y con ello la capacidad futura de reformar la Constitución. Eso sí transforma el tablero.
La política no es pureza. Es diseño. Y todo diseño premia a alguien y limita a alguien. Un sistema electoral no se diseña para el momento cómodo. Se diseña para el momento de crisis. Para cuando el gobernante no guste. Para cuando la mayoría cambie de manos.
Las mayorías responsables reforman pensando en el día en que no lo sean. La democracia no se mide cuando gana quien gobierna, sino cuando pierde y acepta las reglas que ayudó a construir.
Reformar no es el problema. El problema es olvidar que toda regla que hoy beneficia puede mañana volverse contra quien la celebró. Porque en política, la emoción moviliza, pero la estructura decide. Y la estructura, una vez modificada, no vuelve atrás por simple voluntad.
Que el cálculo no olvide el límite.
