Carlos Hiram Culebro
En apenas dos décadas, las redes sociales pasaron de ser una novedad tecnológica a convertirse en un espacio cotidiano en donde millones de personas construyen identidad, relaciones y sentido de pertenencia. Sin embargo, bajo esa aparente conexión permanente, crece un fenómeno menos visible pero cada vez más preocupante, como es el deterioro de la salud mental. Ansiedad, depresión, insatisfacción corporal y una constante sensación de insuficiencia, parecen ser el costo silencioso de esta nueva vida digital.
Las redes sociales no son neutrales. Están diseñadas para captar y retener la atención a toda costa. Cada “me gusta”, comentario o notificación, activa circuitos cerebrales asociados al placer; particularmente la liberación de dopamina, el neurotransmisor vinculado con la recompensa. Este mecanismo, similar al que interviene en conductas adictivas, genera una necesidad constante de validación externa.
Pero el problema no se limita al diseño de las plataformas. La lógica misma de las redes impulsa la comparación social permanente. Las personas no observan la vida cotidiana de otros, sino versiones editadas, filtradas y cuidadosamente seleccionadas. Se comparan momentos ordinarios propios con momentos extraordinarios ajenos. El resultado es una percepción distorsionada de la realidad y una sensación persistente de no estar “a la altura”.
La vida, convertida en escaparate, deja de ser vivida para ser evaluada.
Si bien nadie está exento, adolescentes y jóvenes constituyen la población más vulnerable. En etapas donde la identidad aún se encuentra en construcción, la exposición constante a estándares irreales puede tener efectos profundos. La autoestima, en lugar de construirse desde la experiencia interna, se vuelve dependiente del reconocimiento digital.
Algunos estudios han señalado una relación entre el uso intensivo de las redes sociales y el aumento de síntomas de ansiedad, depresión e incluso ideación suicida en la población joven.
No se trata únicamente del tiempo de uso, sino del tipo de interacción, es decir, pasividad y búsqueda constante de aprobación, que son factores sumamente nocivos.
En contextos como el mexicano —y especialmente en estados con limitaciones en servicios de salud mental, como en Chiapas— este fenómeno adquiere aún mayor gravedad. Mientras las pantallas avanzan sin regulación efectiva, la atención psicológica sigue siendo insuficiente, tardía o inexistente. El resultado es una generación hiperconectada, pero emocionalmente desprotegida.
Paradójicamente, en el mismo espacio donde se amplifican los malestares emocionales, también prolifera un discurso obsesivo sobre el “bienestar”. Rutinas de autocuidado, frases motivacionales, estilos de vida saludables y consejos psicológicos circulan en grandes cantidades. A primera vista, esto parecería positivo. Pero no todo lo que se presenta como bienestar realmente lo es.
Han emergido prácticas que no buscan el equilibrio emocional, sino la apariencia de tenerlo. Se medita para la foto, se hace ejercicio para el video, se habla de salud mental sin necesariamente atenderla. El bienestar se convierte en contenido, en marca personal, en mercancía.
Este fenómeno introduce una nueva presión, en donde no solo hay que estar bien, sino además parecerlo. Y si no se logra, la culpa recae en el individuo, no en las condiciones estructurales o en los entornos digitales que fomentan dicha exigencia. La salud mental, en lugar de comprenderse como un proceso complejo, se simplifica en fórmulas rápidas y soluciones superficiales.
No se trata de satanizar las redes sociales. Estas herramientas han permitido visibilizar problemáticas, generar comunidades de apoyo, e incluso acercar información valiosa sobre salud mental.
El problema surge cuando su uso se vuelve indiscriminado, acrítico y, sobre todo, cuando sustituye espacios reales de interacción y contención emocional.
La discusión no puede centrarse únicamente en el individuo. Es necesario cuestionar los modelos de negocio de las plataformas, la ausencia de regulación efectiva y la falta de políticas públicas que atiendan la salud mental de manera preventiva. También es urgente incorporar educación digital crítica desde edades tempranas; es decir, enseñar no solo a usar la tecnología, sino a entender sus efectos.
Porque mientras no se establezcan límites claros, las redes sociales seguirán operando como una fábrica silenciosa de ansiedad al producir comparaciones, distribuir insatisfacción y vender al mismo tiempo la ilusión de bienestar.
Y en ese circuito, millones de personas seguirán preguntándose por qué, a pesar de estar siempre conectados, nunca se han sentido tan solos como ahora.
*Fundador de la Asociación Chiapaneca de Profesiones para la Salud Mental, A.C.
