Mario Tassías
“La ‘juventud’ no es más que una palabra” decía el filósofo francés Pierre Bourdieu. Atribuía a ese vocablo nada más que su peso lingüístico. Lo cierto es que la percepción y sus alcances, nos imposibilitaría entender que el concepto de juventud presenta varios aspectos para un análisis cultural y sociológico.
Ocho de los muchos sinónimos de la palabra, tienen que ver con la adolescencia, la pubertad, la mocedad, la energía, la frescura, la lozanía, el vigor y la pujanza.
En el no tan lejano 1985, la Asamblea General de las Naciones Unidas definió juventud como “la cohorte de edades entre los 15 y los 24 años”. A pesar de esta tesis, admite que la definición sufre importantes variaciones en los diferentes países, e incluso dentro del propio sistema de las Naciones Unidas, por lo que no existe una definición universal. Y si no existe definición que abarque el mundo, realmente ¿Quiénes son los jóvenes?
Rossana Reguillo (2010) en el libro que coordinó Los jóvenes en México (págs. 183-224). México: CONECULTA, asevera que estructuralmente existen dos juventudes: una, mayoritaria, precarizada, desconectada no solo de los que se denomina la sociedad red o sociedad de la información, sino desconectada o desafiliada de las instituciones y sistemas de seguridad (educación, salud, trabajo, seguridad), sobreviviendo apenas con los mínimos y otra, minoritaria conectada, incorporada a los circuitos en instituciones de seguridad, y en condiciones de elegir.
En las representaciones de valores, creencias y concepciones de las dos juventudes, hay temas fundamentales de participación como educación, trabajo, salud, sexualidad y procreación, construcción de la familia, creencias, satisfacción y retos para el futuro, visión de país y sociedad, accesos y consumo de información, participación política, percepción de seguridad, medio ambiente y tiempo libre que muestran un panorama muy amplio sobre los intereses de los jóvenes. Mirar lo que sucede con los jóvenes permite entender que en la sociedad hay otros modos de conjunto de la sociedad.
Es más, cuando se habla de disidencias culturales entre los jóvenes, habrá que admitir que la sociedad insiste en darles una posición pero como ciudadano de segunda o tercera categoría, muy responsables aunque sistemáticamente se le violan sus derechos elementales.
No es tarde para analizar las interrelaciones reales, ocultas y virtuales. Algunos adultos se llenan la boca, proclaman que los jóvenes son el futuro, mientras la energía, la frescura, la lozanía, el vigor y la pujanza se pregunta cómo sobrevivir el presente donde el trabajo, es apenas la vereda para ganarse un sustento y tener la oportunidad de obtener bienes y servicios, incorporarse a una vida social, para un proyecto más a futuro.
Lo cierto y es lamentable la coincidencia, pero en nuestro continente es todavía precaria la visibilización de los jóvenes en la formulación de políticas públicas sobre salud, sexualidad y derechos como lo confirma el informe contenido en “La salud en voz de los jóvenes: medios de comunicación, salud y sexualidad”, Collignon-Goribar, María Marta (2013).
De discursos está lleno el pantano y los adultos y uno que otro imberbe cubierto por la franquicia de la impunidad y la corrupción, debieran entender que el desencanto de los jóvenes en política, tiene una raíz más profunda que no encaja en el proceso de producción para solucionar los problemas fundamentales para una existencia digna.
Otros jóvenes, caminan rumbo a una sociedad en construcción para emprender con participación democrática real. Ellos saben que el futuro es presente y no se erige con palabras. Han comprendido que la dádiva de los políticos forma imagen, como si la vida fuera un fotomontaje.
