Mario Tassías
Al término cultura política se le ha referido como personalidad, temperamento, costumbre, carácter nacional o conciencia colectiva, entre otros que abarcan las dimensiones personales de los fenómenos sociales, políticos, incluso económicos.
Jacqueline Peschard, (2001) en su libro La cultura política democrática, explica que es “el conjunto de elementos que configuran la percepción subjetiva que tiene una población respecto del poder”. Este conjunto de elementos se derivan en relaciones de dominación y de sujeción, “relaciones de poder y de autoridad que son los ejes alrededor de los cuales se estructura la vida política”. Es el imaginario colectivo construido en torno a los asuntos del poder, la influencia, la autoridad y su contraparte, la sujeción, el sometimiento, la obediencia y, por supuesto, la resistencia y la rebeldía.
Por su parte, en el libro La cultura cívica. Estudio sobre la participación política democrática en cinco naciones de Gabriel A. Almond y Sidney Verba publicado en 1963, considerado el primer estudio sistemático sobre cultura política realizado en Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia y México, se afirma que este último tiene el nivel más bajo, en cuanto a la frecuencia con que se atribuye importancia y significado al Gobierno y en las expectativas de sus ciudadanos respecto a un trato igualitario.
El estudio distingue tres tipos de cultura política: 1. Cultura política parroquial, 2. Cultura política súbdita o subordinada, 3. Cultura política participativa. La primera integrada por individuos vagamente conscientes de la existencia del gobierno. No se consideran capacitados para incidir en el desarrollo de la vida política; la segunda la integran ciudadanos conscientes del sistema político nacional, pero subordinados del gobierno y la tercera formada por ciudadanos que tienen conciencia del sistema político nacional y están interesados en la forma como opera. Las clasificaciones intermedias, suman menos.
Hasta ahora, la cultura política de los mexicanos, no ha dado para tener mejores hombres y mujeres gobernando y nos ha ido tan mal que los errores han costado vidas y recursos de toda índole.
La política parroquial y de súbditos predomina hasta nuestros días y a la distancia no parece que esa forma de ver la política pueda cambiar, al menos en el futuro inmediato. La mayoría seguirá como cliente de quienes con dinero y dádivas compran votos y resultados a su favor avalados por el organismo juez, desgraciadamente integrado por corruptos.
Tener conciencia de cómo funciona el sistema político nacional e interesarse y actuar en consecuencia, puede ser el primer paso para no ceder ante el canto de “los guapos”, “los jóvenes”, y aquellos que venden baratijas como acciones políticas de trascendencia. Esos que subidos al poder, secuestran a las instituciones del país y las desvalijan. Que aportan florituras como único perfil de desempeño administrativo, en lugar de capacidades en beneficio de la convivencia humana.
Transitar de la cultura política parroquial, de la política súbdita o subordinada a la cultura política participativa, tiene un largo tramo que empieza por interesarse por lo que sucede en el entorno. El ideal político democrático empieza por el respeto a la dignidad de la persona. Divinizar a quienes suben al dominio administrativo, es resultado de la ignorancia. Pero que ellos pretendan que se les exalte por ser representantes de un poder político, es todavía más grave para el desarrollo de la democracia.
