Punto de Vista

Mario Tassías

PRIMERA DE DOS PARTES

Las semillas campesinas resumen dignidad, cultura y vida. Cualidades y comportamientos que piden respeto, provocan resistencia y afrontan amenazas industrializadas, como aquella que intenta controlar los alimentos de la humanidad.
La ingeniería genética, de las tecnologías híbridas y de los productos agroquímicos, se han adueñado de semillas campesinas para multiplicar ganancias y obligar a consumir sus productos transgénicos, en claro ejercicio monopólico.

Del otro lado, campesinos y campesinas, que conservan y reproducen semillas a través de sistemas vivos de semillas locales, campesinas e indígenas, semillas que son patrimonio de sus pueblos, custodiadas y reproducidas por mujeres y hombres del campo a través de los siglos.

La industria ha inventado maneras de saquear las semillas para manipularlas, con el fin de marcarlas con sus títulos de propiedad industrial, y obligar, a los pueblos campesinos del mundo, a comprar cada año semillas privatizadas.

Los métodos industrializados, incluyen semillas híbridas, los transgénicos y la propiedad industrial sobre las semillas, patentes o certificados de obtención vegetal, impuestos a través de tratados internacionales y leyes nacionales. Las semillas de la industria son el producto de la adjudicación de miles de años de selección y cruces realizados por los pueblos originales. Gracias a lo cual la humanidad ha contado con la diversidad de cultivos que, junto con la crianza y la domesticación de animales, hoy alimentan al mundo.

En su afán por crear monopolios, las corporaciones y los gobiernos afines, ponen en riesgo la agricultura. Unas cuantas variedades uniformes reemplazan a miles de variedades locales, erosionando la diversidad genética que sustenta la alimentación. Frente al cambio climático, la diversidad es fortaleza, la uniformidad es debilidad. Apegados a la realidad, hay quienes afirman que la agricultura tradicional, con sus semillas campesinas, contribuye a enfriar el planeta.

Y es que las semillas híbridas y las semillas transgénicas requieren grandes cantidades de productos agrotóxicos, fertilizantes químicos y agua, lo cual eleva los costos de producción y daña el medio ambiente. Esas semillas, son más susceptibles a las sequías, las enfermedades y las plagas, generando centenares de miles de casos de cosechas destruidas y economías familiares echadas a perder. La industria ha “mejorado” las semillas para que no puedan ser cultivadas sin productos químicos, para ser cosechadas con maquinaria pesada y que soporten preservación artificial durante las largas distancias de transporte. Pero ha dejado de lado características importantes para la salud. El resultado son semillas que han perdido su valor nutricional y están saturadas de venenos químicos. Estas semillas son la raíz de numerosas enfermedades crónicas y alergias generalizadas, de la contaminación de la tierra, el agua y el aire que respiramos.

Los sistemas campesinos de rescate, revalorización, conservación, adaptación local, selección, reproducción así como los intercambios de semillas entre campesinos, mantienen y aumentan la biodiversidad genética del sistema alimentario mundial, y confieren la capacidad y flexibilidad para afrontar ecosistemas diversificados, climas cambiantes y en resumen, alimentan al mundo.

Las semillas campesinas están más adaptadas a las condiciones de siembra locales, producen alimentos de mejor calidad nutritiva, y funcionan con alta productividad en sistemas agroecológicos, sin agrotóxicos ni otros insumos costosos.

Estamos frente a una guerra por las semillas, argumentan los de la Vía campesina, del resultado depende el futuro de la humanidad. Es a través de esta óptica que se tiene que analizar el Tratado Internacional para Recursos Fitogenéticos para la Agricultura y la Alimentación (TIRFAA), para entender qué está en juego y qué posiciones se deben fijar…

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