Punto de Vista

Mario Tassías

De pie en la entrada del atrio de la capilla, de espaldas a la puerta principal, se ve la soledad de quien espera. Vale advertir que es una soledad acompañada. Esa soledad que incumbe al que sufre o se siente a gusto con su soledad. A su alrededor algunos familiares sorprendidos, nerviosos miran el reloj. Hay toda variedad de comentarios. Desde el que presagia un serio contratiempo. A otro que con bondad hablaba de la paciente espera. ¿Qué novio a unos minutos de ingresar al templo puede estar sosegado en espera de la novia?

En los últimos quince minutos el ha estado de pie. Si pudiera sentarse lo habría hecho desde que llegó, acicateado por la responsabilidad de estar a la hora indicada de la boda. Aquello que los romanos entendían como una promesa, un gozo. Alegría, Fiesta.

El atrio es un espacio amplio, cabe mucha gente cuando hay fiestas, bodas o bautizos. Es una edificación techada con tejas transparentes que hacen de tragaluces. Un cuadrángulo con pasillos laterales, columnas adosadas con arcos y pilastras que delimitan la entrada a diversos departamentos. Desde cualquier ángulo se ve la cúpula. Es ahí donde la tarde se oscurece gradualmente y llega la noche. Con la oscuridad la soledad es más conmovedora. De frente, a unos cien pasos se distingue el altar. Antecede una gran cruz. Es el ícono que recuerda el nombre de la capilla. El arco de entrada luce modestos adornos florales. Un eco enclaustrado repite la voz de un sacerdote. Ya casi finaliza una misa matrimonial. El oficiante está por impartir la bendición final. Paulatinamente la capilla se queda vacía. Propicio el espacio para la próxima celebración. Los invitados que salen, se cruzan con los que van a entrar.

Tres calles circundan la ermita. Dos con mucho movimiento. Son vías rápidas de entrada y salida de la colonia. Contigua una arteria que sirve de contenedor o de desfogue y que usan los que tienen prisa por salir o entrar. A un costado del santuario gente que camina o se recrea en el parque vecino, es una fecha como muchas otras. No para el que asume el compromiso para casarse. Ahí está para cumplir.

Vestido con un traje negro de tres piezas, corbata de nudo, camisa blanca, el novio mira por enésima vez su reloj. Su nerviosismo es evidente. Se reanima. Faltan algunos minutos para la hora. Los sobrinos y el papá de la novia en franca comitiva, colocan presurosos en cualquier banca de la entrada un ramo de azahares. El vuelve una vez más el rostro a la puerta de entrada.

El tío abuelo con su esposa se ha adelantado. Sentados hacen tiempo. Contagiado de nerviosismo, se le nota en la palidez de su rostro. “La unión sacramentada de una pareja, es el momento más importante en la formación de un hogar cristiano. Es aquí donde se sella el amor para toda la vida”, dice paternal. Su experiencia habla por sí. Han permanecido unidos durante más de 3 décadas. Se casaron muy jóvenes, cuando el apenas alcanzaba los 18 años.

Otros invitados parecen más relajados. Ella sonríe con ese gesto de mujer madura. Plena, segura de sí. Al lado su esposo. Saludan al novio. A partir de hoy también será parte de su familia. Pregunta cualquier cosa y descubre que los progenitores de él están sentados en la última fila de bancas de la iglesia. Impacientes.

El sacerdote se asoma a la entrada, pregunta por la pareja y ve su reloj. “Los voy a esperar quince minutos más” Bromea con los pajecitos, niño y niña que cogidos de la mano están prestos. “A ustedes los voy a casar” les dice el cura. Pasado el tiempo, el sacerdote se despide, será otro día.

Empujadas por la prisa y la pena las primas, saludan nerviosas saludan al novio de la hija de la tía. Poco le entusiasma a el que sigue de pie en la entrada del enorme salón. La soledad aprieta más cuando las paredes están más lejanas. Una vez más recurre a su celular. La novia está al llegar. La familia estalla en imprecaciones. Ya no hay remedio, la magia del momento se esfumó.

El novio siente la soledad que muerde y desgarra el alma. Ella dejó el camino, enfiló por la vereda. En la noche de su boda, ella no llegó.

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