Mario Tassías
Cuando se transita por la vida para ver que sale, lo común es que ocurran cotidianeidades… y de vez en cuando, alguna sorpresa. Es aquí donde algunas personas toman conciencia de que la vida es apenas un suspiro. De que mucho de lo que han hecho o dejado de hacer, forma parte de una serie de improvisaciones con resultados funestos o con alegorías, para irla pasando. No todos tienen la capacidad o las ganas de planificar para el futuro. Es mejor irla llevando con la seguridad de saber que no se lleva a ningún lado. Así que divagar puede ser un ejercicio iconoclasta que vuelve conformista a quienes no se han enterado que la historia ya está escrita o forma parte de la biblioteca de los eruditos. Son pocos los que vislumbran el futuro. Afortunados que alcanza a ver más allá de donde los simples mortales no distinguen. Hay ciegos intencionales, decía el abuelo. Normalmente aquellos ven más acá, nada más que revestidos de alguna experiencia aturden a quien quiera escucharlos para recetarles, cual facultativo los entretelones de una vida que aún ellos no han vivido. Corrientemente a nuestro cerebro llegan ideas inconcretas, son conceptos que fueron aprendidos en un camino que no se ha recorrido, o experimentado cuando apenas la teoría era una imagen deforme.
Así que divagar es otro ejercicio involuntario o no que ocurre muchas horas al día. No todos tienen la capacidad para “programar el futuro”, quizás muy pocos vislumbran algo que puede ponerse en un plan de acción. A lo que más llegan es a tener una lluvia de ideas que al no concretarse se quedan en imagen, sensación, percepción o en quimérica ilusión. No todos aprenden a sistematizar dichos y hechos que ocurren este y otro día.
Divagar es sinónimo de vagabundear es, según el diccionario de la Real Academia, “desviarse al hablar o al escribir, del asunto del que está tratando”, es andar sin rumbo. “El que no sabe pa donde va ya llegó”, filosofaba el maestro. ¿Cómo detenerse, reflexionar sobre lo que nos gustaría ser, hacer y tener? Pueden argumentarse palabras fáciles, salirse por la tangente o realmente ocuparse para planear eso que no existe aún. Dejaría de llamarse futuro, si estuviera en el presente, las circunstancias serían, a lo mejor, visibles, palpables, tangibles. El pasado, en este caso, poco importa, no abona para el entendimiento.
Divagando con Noam Chomsky (1) es el título de un artículo de Evangelina Simón de Poggia, evasimon@arnet.com.ar en la sección de Opinión del martes 13 de julio de 2010, en la página web del periódico El Litoral, de Santa Fe, Argentina, http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2010/07/13/opinion/OPIN-04.html, que señala que: …“todo sujeto adulto que habla una lengua dada es, en todo momento, capaz de emitir espontáneamente o de percibir y entender un número indefinido de oraciones que, en su mayor parte, jamás ha pronunciado ni escuchado antes”
Acaso no nos han dicho durante la formación académica que para aprender, prestemos atención a lo que se expone. Emitir espontáneamente y entender oraciones sin haberlas pronunciado y escuchado antes. Entonces ¿cómo aprendemos? ¿Bajo qué mecanismo de nuestro cerebro es que empezamos a articular palabras? En cita con Chomsky la autora dice que: “Todo sujeto que habla posee ciertas aptitudes a las que se pueden llamar “competencias lingüísticas” y que ha adquirido durante el breve período de aprendizaje del lenguaje.
La divagación adquiere otra dimensión en el lenguaje cotidiano. Divagar para desafiar el futuro, no tiene sentido. “Quienes esperan entender el pasado y conformar el futuro harían bien en prestar cuidadosa atención no sólo a la práctica sino al entramado doctrinal en que se sustenta” ha dicho el lingüista, así que la divagación podría aquí entenderse como aquello que no se lleva a cabo, porque en el cerebro ocurren ideas que materializadas no corresponden al sentido estricto del pensamiento. Nada nuevo diría el escéptico, lo agregado es que cuando se transita por la vida para ver que sale, lo común es que ocurran cotidianeidades…y alguna vez, una sorpresa.
