Mario Tassías
En contradicción con lo sobradamente conocido, el calor del trópico húmedo, también se siente en los Altos, región que cuenta dentro de sus peculiaridades, una temperatura que en ocasiones llega a estar bajo cero, con lluvias abundantes en junio, julio y agosto.
Así que sentir calor en Las Limas Chitamucum, (350 metros sobre el nivel mar) y El Roblar Chishtontic, (800 metros sobre el nivel del mar) dos comunidades del municipio de Pantelhó, representa una novedad para un inexperto caminante. Sentir el bochornoso calor. Recrearse con las aguas del río grande. Ver el verde esmeralda de lo que queda de sus bosques y admirar la orografía de esta porción de Chiapas, da la sensación de que en esta parte del mundo, la naturaleza prodigó excelsitudes.
Y es que después de creer firmemente que se está en la región de los Altos de Chiapas, uno entiende que el clima está determinado por factores como latitud, longitud, altitud, orografía y continentalidad, el novato no entiende que aquí, haya tanto calor. Y eso que no llegamos a Guadalupe Victoria en donde la temperatura es más sofocante. Ya en Aurora Esquipulas, se confirma la primera apreciación. Es decir, vuelve el frío.
Pantelhó, (“puente del río” en toztzil) a una altitud de 1,300 metros sobre el nivel del mar, se localiza a 60 kilómetros de San Cristóbal de Las Casas, en las Montañas del Norte. Se ubica entre Simojovel y Chilón, Chenalhó y San Juan Cancuc, Sitalá, y Chalchihuitán.
Antes de Chitamucum y Chishtontic se pasa por la periferia de Chamula. A 27 kilómetros está Mitontic y 3 kilómetros más, ahí pegadito Chenalhó. Un poco antes el desvío que lleva a San Andrés Larráinzar, aquella comunidad que testificó los diálogos con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Ya para entonces el frío es ricamente soportable. Es un buen acompañante ocasional. Es una especie de aire acondicionado con aroma de bosques de pino, y si hay humedad, el olor a tierra mojada ramifica nuestras raíces. El sol es un espectador que acerca su mirada. Otros millones de imágenes sirven para la denuncia, para la rebeldía o el disfrute de las emociones.
El recorrido es por una carretera pavimentada, de dos carriles, con descensos y curvas con pendientes pronunciados. Gran cantidad de topes advierten que al margen del camino viven algunos pobladores y en ocasiones es paso de animales domésticos y uno que otro vecino del lugar. Hay advertencias de moderar la velocidad.
Es necesario atisbar la historia reciente, porque al paso se encontrará con aquel pueblo que un 22 de diciembre mostró un grotesco accionar de la estúpida barbarie. Acteal es una herida que sangra. Ahí está a un ladito de la carretera. Un monumento y una leyenda recuerdan a los caídos. Saldo trágico de la ignominiosa afrenta.
Al paso está Polhó, municipio zapatista. Como vecino un destacamento militar. Un poco más allá, un banco de materiales de construcción, muestra la ambición desmedida. Aquello que fue una elevación natural, hoy está arrasada. Poco queda del cerro que ha aportado cuotas de dinero y muestra una incomprensible actitud humana con el medio ambiente.
En Las Limas Chitamucum y El Roblar Chishtontic, Javier Espinosa Zunún, Wilmar Castillo Dardón y Alfredo Vázquez Onofre, expertos en zootécnica y agronomía recuerdan que el tiempo es una sabia virtud. Más que un simple período conjugado por la gramática. Dividido en un entero por el deporte. Convertido en fases por la mecánica y que la música armoniza en sonido. Aquí el tiempo es una cierta parte de la eternidad, tal que decía Marco Tulio Cicerón.
