Mario Tassías
Hace algunos años en la Escuela Secundaria del Estado, impartía clases el maestro Víctor Manuel Reina y cuando tocaba evaluación simplemente pedía tener una hoja con nombre y fecha para realizar un examen. Era una cuestión pedagógica que el maestro llevaba a la práctica con sus imberbes discípulos. “Si estudian deben estar preparados siempre. Esa debe ser condición de estudiante. El que estudia, aprende, se educa, se forma, se instruye, se cultiva”, decía. El estudio es una oportunidad para penetrar en el maravilloso mundo del saber. Además estudiar es analizar, investigar, observar, examinar, meditar, reflexionar y por extensión pensar.
Los tiempos actuales han acelerado las cosas. Es muy difícil sostener el tiempo para la reflexión. Aquel preciado don que también servía para la conversación. Para el aprendizaje. Hoy casi todo tiene parentescos con la velocidad. Con la aceleración. Con lo urgente. Ya no alcanza el tiempo suele decirse. Si además de eso agregamos la multitud de distractores, estamos seguros de que muchas veces nos ocupamos en cuestiones que dejan información, pero no enseñanza. Información que con la misma velocidad con la que llegó suele irse. En ocasiones cuestiones elementalmente prácticas se pierden en la inmovilidad de lo inmediato.
El maestro que enseña a pensar a sus alumnos, solía decir el maestro Reina, tiene ganado el cielo. Pero al mismo tiempo, estudiar significa, estar siempre atentos. Al día y seguros que de ordinario había que aprender. Todos los días aprendemos aún aquellas cosas que en apariencia, deberían pasar desapercibidas o a las que no prestamos la suficiente atención. Todos los días crecemos, aún sin percibirlo. Todos los días cambiamos, lo que éramos ayer, no somos hoy, decía. Quien no lo hace así se estanca y lo que se estanca, huele mal. Remataba.
Presentar examen, decía el maestro, debe ser un placer adicional. Garantiza el éxito del grupo. Las clases eran aderezadas con anécdotas, con lecciones de vida. Con ejemplos muy cercanos. No aprendía el que no quería. Daba gusto llegar al salón, encontrarse con los amigos y luego de la evaluación, platicar sobre los resultados y ganado el momento especial, aquel cuando el maestro decía dónde había que corregir, qué había qué reforzar, qué modificar. El coeficiente intelectual pasaba a segundo plano, cuando las emociones estaban a flor de piel.
Decía, que con los exámenes aprendíamos para la experiencia. Ahora saben más que ayer, solía comentar. De la candidez de sus comentarios, se pasaba a la simpatía con los alumnos, su sonrisa era permanente y uno sabía que la enseñanza aprendizaje tiene que ver con el corazón y también con el cerebro, en ese orden. Es decir con los sentimientos con la piel, con la sensibilidad, la compasión, con el afecto, con la pasión. La enseñanza debiera ser principio de quien enseña y apertura de quien aprende. Más allá de la estricta metodología. Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro.
Qué diferencia de pedagogos de hoy que suelen decir que fuera de su ámbito de estudio, el mundo puede girar para donde quiera. La magra cultura general de la mayoría de los educadores, ha dado pasos atrás en vez seguir hacia adelante. Los resultados de los organismos evaluadores, nos muestran en los bajos niveles de aprovechamiento escolar. Y no escribo los datos de la estadística porque lamentablemente producen irritación.
Por supuesto que no todo pasado fue mejor, como no todo lo presente es superior a lo de ayer. El momento es crítico porque de cara a las nuevas tecnologías, todavía padecen los escolares de aquellos que ostentándose como educadores, no enseñan. Disertan como si exponer estuviera lejos del razonamiento. De la reflexión. Del análisis del motor que permite pensar. Es apenas un punto de apoyo para empezar a entender que más allá de lo que somos capaces de memorizar, existen temas que están en la mente, aunque no nos demos cuenta. El aprendizaje es un apéndice; dondequiera que estemos, está también nuestro aprendizaje. Al maestro Víctor Manuel Reina, con cariño.
