Punto de Vista

Mario Tassías

En su momento, los medios impresos darán cuenta de la recepción del Premio Cervantes 2009, otorgado a José Emilio Pacheco. Lo que se pueda comentar a lo excelso de su poesía, es mínimo. Ya en su momento los que saben del tema, le han dedicado el tiempo que la condición de su grandeza requiere, a pesar suyo. La discreción con la que JEP refiere su bendito oficio es producto de una humildad que tienen los más sabios.

Hoy, amigo lector quiero invitarte a leer su poesía, es lo menos que podemos hacer por quien este viernes 23 de abril, en España, ha recibido el máximo galardón de las letras españolas. “Es Pacheco hombre sencillo, de cálida, calidísima palabra, hombre y poeta que en cada frase salva todas las distancias. “He de reconocer que no he bajado de manera muy airosa la escalera, creía que sólo se recibía así a los actores”, sonríe y se sincera ante los fotógrafos, ha escrito el periodista Manuel de la Fuente en: http://www.abc.es/hemeroteca/historico-20-04-2010/abc/Cultura/

Salió a la venta “Tarde o temprano” que según Tusquets, la editorial, recoge los catorce poemarios publicados por el autor a lo largo de más de cincuenta años dedicados a la poesía. Desde el primer libro, Los elementos de la noche (1958-1962), en el que se perciben ecos del simbolismo, hasta los poemas en prosa del más reciente, La edad de las tinieblas (2009), el poeta recorre un largo camino en el que va desprendiéndose de lo accesorio en busca de una mayor pureza y originalidad, un trayecto en el que sin duda el tercer libro, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1964-1968), marca un punto de inflexión no sólo por su desnudez y su apertura a lo coloquial, sino también por su carga social y moral. La perduración del instante, la meditación sobre el pasado y el fluir del tiempo, la preocupación por el sufrimiento, el testimonio de la frágil historia personal enfrentada a la terrible Gran Historia, se expresan a lo largo de su obra con un estilo conversacional y antirretórico en ocasiones, pero también en monólogos dramáticos o epigramas, en invectivas satíricas o elegías por un mundo que desaparece, en haikús o en largos poemas narrativos. En todas esas formas brilla un poeta extraordinario”.

Como dijo Carlos Monsiváis de él, “en su poesía Pacheco ajusta sus dones melancólicos, su pesimismo que es resistencia al autoengaño, su fijación del sitio de la crueldad en el mundo, su poderío aforístico, su amor por el sonido del idioma… Pacheco no duda: lo que le importa es el diálogo entre autores y lectores, la actitud democrática del yo poético”.

JEP, las letras que le identificaron por años en Proceso ha dicho que “La poesía debe reivindicar la lucha contra la crueldad”

Calificado como “poeta del alma cotidiana de México y amante fervoroso de nuestra lengua”, Según el periodista citado, el Pacheco convocó a la historia “… en la sede del Instituto Cervantes, donde ha dejado madurar su legado en la llamada Caja de Letras, en la 1525 concretamente, que se abrirá así que pasen 100 años el 21 de abril del “improbable”, palabras del propio poeta, 2110”

“Dentro de un siglo nadie recordará ni mi nombre ni mis trabajos como estos que guardo con arrogancia y con optimismo en esta caja. Son dos libros, toda mi poesía titulada ‘Tarde o temprano’ y la novela ‘Las batallas en el desierto’, ambas editadas por Tusquets. También entrego un manuscrito del año 74, no tenía ninguna conciencia ecológica entonces, pero ya reutilizaba el papel por los dos lados. Podrán ver también mi pésima letra, que da vergüenza”.

“Dentro de 100 años estos objetos serán como vestigios hallados en una cueva prehistórica. No sé si en el siglo XXII habrá libros, pero les pido que tengan compasión de mí y por esta época oscura y sangrienta. También dejo la nota de prensa del fallo del Premio Cervantes, para que cuando la vean se pregunten: ¿Pero quién era este señor?” Aquí un breve trazo de su pluma.

Ayer el aire se limpió de pronto/ y aparecieron las montañas/ Siglos sin verlas/ Demasiado tiempo / sin algo más que la conciencia de que están allí circundándonos/ Caravana de nieve el Iztaccíhuatl/ Crisol de lava en la caverna del sueño,/nuestro Popocatépetl/ Ésta fue la ciudad de las montañas/ Desde cualquier esquina se veían las montañas/ Tan visibles se hallaban que era muy raro/ fijarse en ellas / Sólo nos dimos cuenta de que existían las montañas/ cuando el polvo del lago muerto,/ los desechos fabriles, la ponzoña/ de incesantes millones de vehículos/ y la mierda arrojada a la intemperie/ por muchos más millones de excluidos,/ bajaron el telón irrespirable / y ya no hubo montañas.

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