Por qué perdemos a nuestros lectores

Por Carlos Morán /ASICh

El pasado jueves fui a buscar al famoso y popular taquero “Tino”, el mismo que se oferta en la esquina de la 1ª poniente y 2da norte para invitarlo a que colaborara con una sesión fotográfica que le haríamos al día siguiente Dasha Horita y este servidor. Me atendió un joven quien cuando supo que se trataba de un asunto serio, llamó a la hija y tuve que repetir todo lo que ya había anunciado. Finalmente la hija me dijo que estaba de a cuerdo y que no había ningún problema, que contara con él modelo tal y como lo había solicitado. Antes de despedirme el joven me preguntó mi nombre y cuando lo expuse, lo hija de “Tino”, se tapó la boca con las manos llena de admiración y de inmediato me pregunto ¿¡Qué pasó con la cocina afrodisíaca!? No se imagina ¡Cuánto extraño leerla!

Me explicó que era una de mis lectoras asiduas y tanto habló del asunto que seguí mi ruta para ver a otro personaje pero en el camino no deje de pensar en lo que la mujer me había dicho, pensé que no era justo dejar de escribir esas historias solo porque a dos o tres personas de moral, por cierto, muy devaluada, se molestaban porque asumían siempre ser todos los personajes.

Claro que no pude evitar que el pecho se me hinchara de gusto porque esa lectora, que para muchas señoras linajudas y maquilladas de la tanda puede ser una mujer insignificante, por ser de condición sencilla pero auténticamente humilde, para mí fue el mejor personaje del día con quien me encontré. Decidí, hablando con mi otro yo interno que en breve regresaría para retomar y escribir nuevas historias, no tan reales para que mis parientes políticos no sientan pasos en la azotea, pero volveré, eso sí me hizo decidir esta gran lectora.

Y es que quienes nos dedicamos a escribir historias sobre todo reales pero que están sazonadas con ficción, casi siempre mantenemos un público inimaginable, sobre todo porque consideramos que una página es demasiado, como demasiado es el ingenio que se le tiene que agregar a cada historia o relato para que el lector no despegue la vista y se suma en ese túnel que, gracias a los tropezones de muchos y los placeres de otros, se puede narrar con encanto cada episodio que sino es de amor, deja siempre en el lector una comezón con extraña sensación…

Solo que quienes nos dedicamos a escribir debemos de tener cuidado y especial delicadeza, porque si tomamos a un personaje como tarea o encargo publicando e inventándole siempre cosas que uno desea, para tratar de conseguir que éste nos de el famoso “chayo” (refiriéndome claro está, a otro tipo de escritor), caemos en el peor error de nuestra profesión, porque perdemos credibilidad y nuestros lectores que no son tontos, descubren que somos unos pobres comunicadores que vivimos de las injurias que le inventamos los políticos o personajes de vida pública en turno.

Hace poco leía a un periodista que se atrevía a decir cosas inverosímiles de una mujer, de una dama desconocida para él, por supuesto, pero tan conocida en el pueblo no porque fuera la esposa de un político con auténtica carisma, sino porque esta mujer viene de una cuna en donde el dinero, la posición social y el linaje no está en condiciones de exponerse en tela de juicio. Todos los que me leen deben saber a quién me refiero y, basta con conocer a la familia de donde proviene esta dama, para saber que esta mujer no necesita, lo que muchas por su humilde cuna se atreverían a hacer al llegar a un sitio en donde existe dinero del pueblo para administrar.

Lo recomendable, para quienes tratamos en muchas ocasiones de hacer una denuncia o ventanear a algún político que ejecuta mal su trabajo, es analizar sí lo que escribiremos convencerá al lector o, seremos nosotros quienes expondremos ante nuestros lectores el poco prestigio que nos queda como comunicadores o periodistas.

Y es que sí como periodista todos los días tomamos de encargo al mismo personaje, el lector que nos lee todos los días y que no es pobre ni tonto como muchos creemos, podrá pensar que, o le pagan al comunicador por hacer ese trabajo sucio, que escribe con esa rabia porque el político o personaje de encargo no le ha dado los miles de pesos por su silencio o de plano, su cultura es tan pobre que, solo eso sabe escribir.

Quienes nos dedicamos a este oficio no debemos de perder nunca de vista que escribimos para toda una comunidad quienes no tienen ninguna necesidad de leer todas nuestras rabietas, frustraciones, complejos y sobre todo, que siempre sea el mismo caso o el mismo personaje, porque al final, terminamos decepcionando a quienes, gracias a ellos, nosotros conseguimos tener un papel en esta sociedad.

Por cierto, ahora que escribo de este oficio en donde varios institutos se dedican a formar profesionales para los medios, sería recomendable que vigilen que, los muchachos que egresan de las universidades como flamantes “Licenciados en Ciencias de la Comunicación”, que al menos sepan escribir, porque como lo he sugerido en otras ocasiones, da pena, en muchas ocasiones, leer un escrito hecho por un joven con esta profesión por las faltas terroríficas de ortografía y por supuesto, la incapacidad incluso para narrar una simple carta. (Sí usted tiene esta profesión pero no es su caso, no gaste energías molestándose)

Es cierto que para narrar historias, acontecimientos y otros relatos, se requiere además de cultura y de haber ido a la escuela, así como de ingenio y talento, dos aspectos que no se pueden cubrir con un título universitario pero que en muchos casos define el estilo o la forma en que el comunicador se ganará la chuleta diaria, como dice el buen amigo Ronay.

Finalmente en este oficio en donde además de darnos la satisfacción de tener a un buen número de lectores que nos dedican minutos en leernos, poseemos la virtud de influir o de dar elementos para que los lectores se puedan formar una opinión, pero cuando usamos estos elementos para desprestigiar o ventanear siempre al mismo político, ocurre lo que supongo usted también piensa “ A este periodista no le han dado su “cheque” o desea tanto el “cheque”, que ya perdió el rumbo de su misión y ha sido tan grave su delio, que no le importa perder a sus lectores que, por cierto, ya no creen en él.

De última hora

Un par de muchachas humildes, de nacionalidad guatemalteca, fueron finalmente convencidas por una matrona para que ingresaran a una secta religiosa. Al tercer domingo y cuando ya sentían algo de confianza, la madre del pastor las enamoró con sus dulces palabras y hoyAñadir un evento para hoy están sirviendo como “empleadas domésticas” en su casa, claro está, con el flamante sueldo de mil pesos al mes, solo que las nuevas hermanitas en Cristo comienzan a trabajar antes de que el sol salga y se duermen cuando el pastor, su esposa, la madre de este y todo el resto de la congregación, están roncando.

Este caso de explotación ocurre generalmente en donde se supone habita gente que sigue los pasos de Cristo. Y en el caso de mis historias, volveré solo con el título de “La cocina”, sin los afrodisíacos para que las damas que se creen virtuosas, no se ofendan.

Para comentarios escríbeme a morancarlos.escobar@gmail.com

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