Palabras Claras /El caso Paxtor /Silvano Bautista.

Vaya relajo que se armó con la opinión emitida por una catedrática en el sentido de encuadrar el contenido del influencer conocido como “Paxtor” con sentido de pedofilia. Y es que desde la perspectiva de este texto servidor, el contenido del influencer en mención mantiene una línea delgada entre la libertad de expresión, el libertinaje, la pedofilia y las cuestiones de carácter legal.

Cabe hacer mención que hasta ayer por la tarde no se sabía de la existencia de alguna denuncia de carácter penal ante la Fiscalía General del Estado. Aún que si bien a decir de algunos esta conducta podría perseguirse de oficio.

A decir de expertos, la era digital, la búsqueda desesperada de atención ha distorsionado peligrosamente la frontera entre el entretenimiento, la libertad de expresión y la apología de la violencia. Este caso, no es un pleito de redes sociales más; es el síntoma de una conversación social descompuesta donde los derechos de la infancia y la dignidad de las mujeres son pisoteados a cambio de likes.

Todo escaló cuando el influencer difundió contenidos que no solo banalizan la pederastia y la violencia sexual contra niñas y adolescentes, sino que los disfrazan de “humor” o “sátira digital”. Ante la contundente denuncia pública y ética realizada por la catedrática la respuesta no fue la reflexión ni la disculpa institucional, sino la virulencia machista y el acoso sistemático hacia su persona.

El núcleo de este conflicto plantea preguntas urgentes para la sociedad: ¿Es humor o es apología de la pederastia? Normalizar la atracción sexual hacia menores de edad bajo la excusa de la comedia digital desprotege a las infancias y valida dinámicas de depredación. La pederastia no es un tema de debate ético abstracto; es un delito y una violación grave a los derechos humanos.

El costo de denunciar para las mujeres académicas: La reacción violenta contra la catedrática evidencia el sesgo punitivo de la red.

Ahora bien, la pregunta es ¿Dónde está el límite de las instituciones públicas y universitarias ante personajes que promueven discursos que atentan contra la integridad de menores? La libertad de emisión de pensamiento encuentra su límite infranqueable cuando vulnera los derechos del niño.

No se puede permitir que el algoritmo dicte los valores morales de la comunidad. Queda claro que la infancia no se toca y el espacio digital no puede ser una zona de impunidad para el acoso ni para la apología del abuso infantil. Las autoridades judiciales y las plataformas digitales deben sentar un precedente claro antes de que el “humor” de pantalla se traduzca en más violencia impune en las calles.

Lo que se observa es una preocupante ausencia de pensamiento crítico. En temas tan sensibles, las posturas no deberían definirse por simpatías o antipatías, sino por los hechos y el debido proceso.

La verdadera alarma social en torno a este caso sobrepasa el límite del folclor y se adentra en terrenos éticos y legales urgentes: la aparición de menores de edad en plataformas digitales. Aunque el creador ha salido enérgicamente a defenderse en Facebook asegurando que se trata de difamaciones de “gente malvada” y que no cuenta con denuncias formales ante la ley, el fondo del problema radica en los límites de la comedia callejera.

La comedia que involucra a las infancias, especialmente en dinámicas de humor adulto o interacciones improvisadas en la vía pública, camina sobre una cuerda floja. En un ecosistema tan hostil como el de las redes, exponer a niños a cambio de interacciones digitales nunca debe normalizarse.

La audiencia chiapaneca ya no se conforma con el chiste fácil o la interacción que rosa la imprudencia en la vía pública. El desafío está lanzado para Alonso Paxtor: transformar la polémica en una oportunidad para diseñar formatos más elaborados, sketches genuinamente creativos y videos que rescaten el folclor con ingenio, no con excesos.

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