Mi primer contacto con Alcohólicos Anónimos fue siendo estudiante de Psicología en la UNAM. Un maestro nos invitó a visitar un grupo de la doble “A” y fue una experiencia impresionante al observar el contraste entre la vida de un alcohólico activo y el renacimiento que tienen en esa agrupación, que les lleva a cerrar la botella de licor y varios tienen un cambio radical en sus pensamientos, sentimientos y hasta en su forma de actuar. El docente nos había dicho que ellos tienen logros importantes con los borrachos, en comparación con lo obtenido en tratamientos psicológicos, por ende, recomendó remitir a cualquiera de esos sujetos “…al grupo de AA más cercano a su casa o a su corazón” y limitar nuestra ayuda a orientarlo en otros aspectos de su vida emocional e impulsar su asistencia al grupo seleccionado.
En 1977 regresé a radicar a Tuxtla Gutiérrez y desde mi arribo tuve contacto con adictos a las bebidas embriagantes y grupos pertenecientes a la Central Mexicana de Servicios Generales de Alcohólicos Anónimos AC, debido a mis funciones como Director del Centro de Integración Juvenil, psicólogo en la Clínica del ISSSTE de la capital chiapaneca, docente en dos instituciones de educación superior, consulta particular y por algunos cargos en la administración pública; aunque no todo ocurrió de manera simultánea. Lo que narro a continuación sucedió en alguno de esos espacios o en Alburquerque, Santa Fe y Los Ángeles, en la Unión Americana.
Desde mi retorno a la capital chiapaneca, con motivo de sus aniversarios u otros eventos los visito frecuentemente. A mi juicio, sus reuniones son demasiado prolongadas.
Viajé a Alburquerque para conocer instituciones que en Nuevo México atienden las adicciones, por lo que estuve en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Esa vez todo sucedía como en las sesiones de acá hasta que, junto con el tradicional café, me convidaron “palomitas”. Como esa golosina la asocio con el cine, a quien me la ofreció le pregunté en broma sobre la película que proyectarían.
También concurrí al proceso legal de jóvenes que cometieron algún delito menor estando ebrios. Ya no estuve en el momento de la sentencia, que pudo ser la obligación de acudir a AA por un determinado número de reuniones. Esta experiencia me llevó a tener muchas, pero muchas juntas con los directivos en ese entonces del Área Chiapas Centro de AA, a quienes propuse lo antes mencionado. Aunque objetaron que con esas sanciones se perdería el anonimato de los enjuiciados, no logré convencerlos que si en algunos grupos se dejaran al final de sus reuniones unas papeletas en que se citara que el poseedor de ese documento acudió a un grupo, el sujeto tendría la manera de comprobar el cumplimiento de su sanción, evidenciado sólo la fecha y lugar al que acudió. Sirva este párrafo para insistir en esa propuesta.
Otra vez acudí a las oficinas de la Central Mexicana de Servicios Generales de AA en la ciudad de México con muchos más. El único no aa era quien esto escribe. Tuve la oportunidad de dialogar con los directivos de esa Central y de admirar el amplísimo espacio en que exhiben lo que ellos coloquialmente llaman El Libro Grande, traducido a muchísimos idiomas y dialectos. Este periplo me recordó la gratísima emoción que viví en mi primera aproximación a AA.
Al desplazarme al ya desaparecido penal de Islas Marías vi a lo lejos el local de uno de los grupos a los que me refiero, pero la agenda no me permitió ir a saludarlos; lo mismo ocurrió en otra ida a ese mismo lugar, para regresar a Chiapas a algunos prisioneros. Uno de ellos me hizo saber que tenía un mes de ser aa. Le advertí que al penal al que sería enviado funciona un grupo al que podría incorporarse.
En un centro de reclusión para menores en conflicto con la ley penal, en el que conviven varios internos que sólo hablan un dialecto, para las juntas de AA solicité que permitieran la traducción simultánea de lo que ahí se expresara por parte de jóvenes bilingües.
No todas han sido experiencias exitosas. Como responsable del sistema penitenciario en Chiapas, al gobernador de ese entonces le sugerí promover la creación de un grupo de AA en cada centro de reclusión de la entidad. Por las tradiciones de esa agrupación, entre otros motivos, fueron pobres los resultados obtenidos.
Repitiendo lo que hizo aquel maestro de la UNAM, en diferentes ocasiones llevé a sesiones abiertas a mis alumnos de psicología y de enfermería, Suspendí esos encuentros por el temor que tuvieran algún accidente a retornar a sus domicilios ya muy noche; sin embargo, he suplido esto con la constante invitación a mis clases de integrantes de la agrupación aludida. Por las características de los estudiantes, invariablemente solicito que participen un joven y alguna dama aa. Recuerdo el relato de un muchacho de 20-21 años de edad, quien inició su exposición mencionando que tres años atrás él estuvo sentado en un auditorio similar al que nos encontrábamos, abandonando sus estudios por su dependencia al alcohol.
Quiero ahora referirme a un fracaso que me dejó contento. El gobierno chiapaneco hizo una edificación apropiada para las necesidades de un grupo de AA que mantenía a sujetos albergados con ellos y ocupaban un amplio espacio en una zona estratégica, acordando intercambiar sus inmuebles. Llegó el día del canje y varios aa no quisieron trasladarse al nuevo edificio. Las autoridades solicitaron mi intervención para que cumplieran lo que habían pactado, pero sólo algunos se fueron al nuevo local y otros continuaron donde siempre. Mis gestiones fueron inútiles y lo único positivo de todo esto es que se formaron dos grupos: el de siempre y el que se integró en su nuevo local; por eso es un revés que me halagó. Es evidente que tener a albergados en un grupo de alcohólicos anónimos va en contra de las normas con las que se rigen.
En consulta privada atendí a un joven alcohólico y a sus padres. Los invité a la charla que esa tarde desarrollaría con los AA. Asistieron, el joven se incorporó a Alcohólicos Anónimos y siguió acudiendo conmigo, hasta que cerré el consultorio por motivos de salud. Él fue la última persona que atendí.
El recibimiento con aplausos que otorgan a los recién llegados y no la burla o malos tratos que reciben en otros espacios, propicia que en ellos aminore su sentimiento de culpa por su comportamiento y favorece la aceptación de su alcoholismo, que es fundamental para superar esa adicción.
Dos incidentes chuscos: En alguna ocasión me invitaron a una sesión cerrada, a la que acudí con enorme satisfacción por la distinción de que era objeto. Me decepcioné cuando me enteré que había un serio conflicto entre dos veteranos de ese grupo y como psicólogo querían conocer mi opinión al respecto. Otra vez, al subir a tribuna para exponer determinado tema, dejé mi celular con mi hijo, quien en ese entonces tenía 6 ó 7 años de edad y se dedicó a fotografiar a cada uno de los asistentes, lo que no está permitido por el anonimato que les caracteriza. En la cena con la que concluyó ese acto estuve borrando, ante la vista de un aa, todas esas imágenes. La compañía de mi hijo a esos actos ha rendido frutos, tiene 19 años de edad y al igual que su papá, no ingiere bebidas con alcohol.
Un aa, quien llegó a postularse para representar a los grupos del país ante las oficinas centrales que tienen en Nueva York y hasta su fallecimiento, en la ceremonia por sus aniversarios nombró al autor de estas líneas como “su padrino”, que considero una gran distinción porque soy ajeno a la agrupación que describo. Reconozco que si esa persona hubiese tenido el deseo de embriagarse, poco podría haber yo hecho ante quien participó en la apertura del primer grupo en la isla de Cuba, entre otros méritos. Por cierto, en recorrido por ese país no vi ninguno de los grupos que evoco, pero recordé a Rafael Solís Narváez, quien es la persona a la que me refiero y que con otros más llevó el mensaje de AA a esa isla, donde crearon el grupo “Sueño”, denominado de esa manera porque los isleños no creyeron que se haría realidad lo que Rafael y otros más estuvieron promoviendo.
También es estimulante citar que en varios grupos me identifican como AAA, abreviaturas de Amigo de Alcohólicos Anónimos.
Producto de estas vivencias por casi 50 años, lo que permite deducir que otros sucesos se quedan en el tintero o ya se borraron de mi memoria, al escribir el libro “Las drogas”-cuya edición inicial fue financiada por el Ducado de Luxemburgo- dedico varias páginas a relatar la vida de un ebrio consuetudinario y como se recuperó en Alcohólicos Anónimos; aunque ellos dicen –y con justa razón de acuerdo a recientes descubrimientos cerebrales- que siempre tendrán el riesgo de recaer si prueban alguna bebida etílica.
Otros textos que he redactado han quedado plasmado en las revistas Plenitud y Ganar Aliados, así como en numerosos artículos que sobre esta organización publico tanto en periódicos como revistas de circulación estatal y otros menos de difusión nacional. Esas notas también las remito a muchas páginas WEB. En alguna ocasión un amigo me sugirió hacer una exposición con algunas de las notas escritas, propuesta que hasta hoy doy a conocer.
De la agrupación que reseño, estoy convencido de la eficacia en la atención curativa que brindan cuando los individuos tienen genuinos deseos de dejar el licor, pero no se valora en su justa dimensión el impacto favorable de los mensajes preventivos que difunden.
Por último, en prensa se encuentra el libro de mi autoría titulado “Mujer y alcohol. Una cruda realidad”, financiado por el Club Rotario Tuxla Gutiérrez, que en sus páginas iniciales lo dediqué a los grupos de la doble A.
carloshiram9@hotmail.com
