Augusto Solórzano López /ASICh
Cuando los ideales del hombre se encuentran definidos y enraizados en lo más profundo del alma, difícilmente pasan inadvertidos. Llegan y se van los años y esos hombres siguen perennes como el tiempo mismo. Miguel Álvarez del Toro. Tan docto y tan humano.
Fiel a Chiapas tanto o más que los propios chiapanecos, nacido en Colima de donde emigró, para llegar, investigar, amar y defender nuestra naturaleza y quedarse entre nosotros para siempre.
Don Miguel Álvarez del Toro (1917 – 1996) fue, es y será de los pocos mexicanos indispensables en la tierra de Los Chiapas. Su avasalladora convicción naturalista es hoy, como ayer y como mañana, indispensable para impedir la destrucción ecológica.
Esa figura alta, espigada, de rostro afilado, mirada penetrante, de pocas palabras y voz firme; en esta hora, cómo se hace necesaria en los bosques y selvas de Chiapas en donde la voz del silencio acalla la fina tarea disimulada.
El científico era eso un hombre de ciencia metido de lleno en sus propósitos conservacionistas que tanto enseñaron y tanto evitaron hasta estallar en aquella frase tan lapidaria como aleccionadora.
“Veo una selva monda…”
Y para no complicarse la vida, desgarraba impotente sus pensamientos, se dolía, se molestaba y en presente y a futuro condenaba a todo lo que significara atentar contra el patrimonio natural de Chiapas. “Le estamos quitando la cabellera a la Selva”.
Actores muy conocidos, más bien los de siempre y otros menos conocidos siguen lastimando de diversas maneras la piel de la tierra, nuestra tierra, nuestro patrimonio. Provocando la ganancia de pocos y el mal de todos.
Así lo dice calladamente la comunidad lacandona que también sucumbe al amarillo brillante del dinero que no les asegura en nada a lo que, para convencerlos le llaman cosas sustentables.
Y, como estas voces otras muchas que se pierden en el himno lastimoso de los bosques y la aún sonrisa de la selvas y las aguas cantarinas de los ríos.
La muralla infranqueable de Álvarez del Toro como la de otros conservacionistas; Cómo se hace necesaria en nuestros tiempos. Tiempos engañosos en los que en el discurso se apuesta por la naturaleza, pero que en los hechos es al revés.
Por esta y un millón de razones más, vemos a un Miguel Álvarez del Toro, formando parte de la base de un sabino como cuidando, como dando y recibiendo vida de la naturaleza en el corazón de su obra. El zoológico que lleva su nombre.
El lugar que nació hace 69 años en el hoy fatídico extremo norte oriente de Tuxtla y hace 31 adaptado al centro de la reserva El Zapotal, en cuyo pedazo de tierra, denso arbolado y cielo azul todavía se puede respirar la frescura del aliento de Tuxtla Gutiérrez. ASICh
