En la era de la desinformación y la infodemia, leer es un acto de resistencia. Este lema devino grito desde un rincón en la colonia Narvarte en la Ciudad de México, donde, literal, se encuentra el “hoyo del conejo blanco”, cuya alusión metafórica es por una frase de la novela Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. En la novela de Lewis Carroll de 1865, la protagonista ve introducirse a una liebre parlante en una madriguera que conduce a un mundo de fantasía.
En este caso, el agujero mágico traslada a mundos, pero a través de los libros… y de un buen café o té para acompañar ese periplo de ilusión que ofrecen las letras impresas en el papel.
Hablamos de la librería La Juventud, espacio donde se puede buscar al mejor de esos objetos-vehículos y viajar al interior de cada uno de nosotros, como considera la creadora del espacio, la joven Monse Rojas. Este breve lugar forma parte de un esperanzador regreso a los libros por parte de jóvenes que han descubierto valor en informarse al margen de Internet o las redes sociales.
En La Juve, como le dicen, se efectúan además, talleres y clubes de lectura, clases de collage, proyecciones de cine, pláticas sobre género, presentaciones editoriales… Incluso, abre sus puertas a ventas de garaje de ropa, entre otras actividades. Es un lugar “para crear comunidad”, asevera la egresada de comunicación.
Suena raro que en la época de la tecnología y la inteligencia artificial, jóvenes decidan emprender con lo que la sociedad ha dejado a una lado: los libros. Monse cree que se trata de una “lucha por volver a mirar hacia adentro de nosotros y de incomodarnos con lo que descubrimos”.
Se refiere a que las lecturas en libros te vuelven un ser introspectivo por antonomasia. “Ver para adentro es pensar en uno mismo; es ver tus errores y asumirlos. Siento que una librería es un símbolo de introspección que luego te invita a sacarlo al mundo”.
Generar redes
Considera que tener una estantería de volúmenes, aunque sea pequeña, “es una resistencia en cuanto a que hoy día ya no queremos pensar, y eso está ligado a factores político-económicos. En este caso estamos tratando de sobrevivir colectivamente”. Sabe que “no es un negocio rentable”, pero cree que ahí es donde entra la parte en la que decides que “no te vas a hacer rico, pero vas a generar otro tipo de riqueza, que no es la material. Son decisiones basadas en un bienestar personal, en qué te va a hacer sentir más pleno. Es seguir tu instinto en cuanto a lo que para ti es valor. Para nosotras son los libros”.
La Juventud nace de la necesidad de estas jóvenes por revalorar a esos objetos, e, insiste, “por generar colectividad; estar envuelta en un entorno de una red que nos sostenga”, asegura, quien se refiere al entramado de inquietudes que tienen los jóvenes actualmente.
Acepta que, si bien “suena a cliché que los libros y sus historias nos acompañan”, a ella la lectura la ha ayudado “a conocer el mundo. No he viajado; no he tenido la oportunidad de salir del país. Pero siento que he viajado a través de ellos”.
Un punto esencial, considera, es que los textos pueden causarnos “incomodidad. Entonces no queremos esto en la vida, porque ya no volteamos a vernos hacia adentro, pero tampoco estamos externando nada”. Además, exclama, “nos invitan a hacer algo que es sumamente revolucionario: robar al capitalismo un ratito para decir: ‘no voy a hacer otra cosa que sea leer’. Salir de esa rueda de hámster y detenerla cinco minutos, aunque sea, para decir: ‘me voy a meter en este mundo’”.
Andrea Alcalá es su compañera de proyecto. Ella pasó gran parte de su tiempo siendo activista en defensa de grupos vulnerables, y es la iniciadora del club de lectura del lugar. La inercia y sinergia la hicieron ser una parte más comprometida con La Juve. “Es un espacio donde podemos conversar, compartir lo que somos y quiénes somos, y encontrar una red de apoyo”.
Tanto a Monse como a Andrea, los libros les llegaron desde niñas. Los descubrieron con títulos de cuentos con moralejas y con best sellers. Hoy día, más que compenetradas, están con el complicado mundo editorial, pero insisten en que el valor de su espacio es la comunidad. Aseguran que “la tecnología y el capitalismo rapaz en el que vivimos hoy nos obliga a una individualidad, que no es natural para nosotras. Entonces, los libros son una libertad que te permite ser dueño de tu tiempo, y, a partir de ahí, apropiarte de lo que sientes y sueñas”.
Reconocen que la industria no es muy redituable. “Tienes que generar confianza con las editoriales, y eso viene de realizar compras en firme. Y los libros son caros… Los sellos que tenemos aquí ahorita son los que nos han permitido ir comprando de a poquito. Y nos han acompañado porque es complicado entrar. Es como una sinergia de que si ‘a ti te va bien, a nosotros (la editorial) también’”.
No olvidan que esta industria es “muy patriarcal. Son pocas las mujeres que hay, y las que hay usualmente no están en roles de toma de decisiones. Es algo muy estructural”.
No obstante, destacan el tesoro emocional de seguir en su iniciativa: “me cambió la vida”, proclama Andrea. A su vez, Monse remarca: “Es un espacio donde nos tomamos un ratito (de nuestra vida), nos tomamos un cafecito y compartimos lo que los libros nos dan”.
La Juventud está en calle Anaxágoras 716, colonia Narvarte. Cierra los lunes.
Con información de LA JORNADA
