El lanzamiento de una nueva misión de abastecimiento hacia la Estación Espacial Internacional (EEI) dejó este martes una de las imágenes más llamativas que puede producir un despegue espacial: una enorme silueta luminosa que parece extenderse sobre el cohete como si fuera una medusa flotando en el cielo.
El fenómeno apareció durante el despegue del Falcon 9 de SpaceX desde el Complejo de Lanzamiento Espacial 40, en la Estación de la Fuerza Espacial de Cabo Cañaveral, Florida. El vehículo partió a las 6:33 de la mañana, hora local, con la misión CRS-35 de la NASA, encargada de transportar más de 2 mil 860 kilogramos de investigaciones, suministros y equipos hacia la EEI.
Aunque la llamada “medusa espacial” puede parecer una estructura formada alrededor del cohete, en realidad se trata de un efecto producido por la interacción entre los gases de escape, la atmósfera y la luz solar.
¿Qué es el “efecto medusa” durante un lanzamiento espacial?
La apariencia ocurre cuando la columna de gases expulsada por los motores del Falcon 9 asciende a gran altitud y se encuentra todavía iluminada por el Sol. Al mismo tiempo, la zona cercana a la plataforma de lanzamiento permanece en oscuridad debido a la posición del Sol respecto al horizonte.
Esta diferencia de iluminación hace que los gases de escape adquieran un aspecto brillante y difuso sobre un fondo oscuro. Conforme la columna se expande en las capas superiores de la atmósfera, puede adoptar una forma semejante a una medusa gigante, con una especie de cuerpo luminoso y extensiones que se dispersan alrededor.
Por ello, el fenómeno no representa una anomalía del cohete ni una estructura que permanezca en el espacio. Es un efecto óptico y atmosférico que puede observarse especialmente durante lanzamientos realizados cerca del amanecer o del atardecer, cuando existe la combinación adecuada entre oscuridad en tierra y luz solar a mayor altura.
La “medusa espacial” tampoco es exclusiva de SpaceX. Diferentes cohetes pueden producir efectos similares cuando sus gases de escape son iluminados por el Sol en las condiciones apropiadas. Sin embargo, el tamaño y la luminosidad del fenómeno pueden convertirlo en una de las imágenes más espectaculares de un lanzamiento.
Una misión para mantener activa a la Estación Espacial Internacional
Detrás de la llamativa imagen se encuentra una misión mucho más importante para las operaciones científicas de la estación orbital. La CRS-35 forma parte del programa de servicios comerciales de reabastecimiento de la NASA y lleva alimentos, equipos, materiales para experimentos y otros suministros necesarios para mantener las actividades de la tripulación.
Entre la carga se encuentra además el conjunto final de paneles solares desplegables destinado a complementar el sistema energético de la Estación Espacial Internacional. Estos paneles forman parte de la modernización de la infraestructura eléctrica del laboratorio orbital, que necesita producir suficiente energía para mantener sus sistemas y experimentos.
La misión también transporta materiales destinados a investigaciones que aprovechan una de las principales ventajas de la EEI: la microgravedad. En este ambiente, algunos procesos físicos y biológicos pueden comportarse de manera diferente a como lo hacen en la Tierra.
Uno de los experimentos busca avanzar en la fabricación de retinas artificiales. La investigación pretende estudiar procesos que podrían contribuir en el futuro al desarrollo de tejidos destinados a restaurar o mejorar determinadas funciones visuales, aprovechando las condiciones particulares que ofrece el espacio.
Otro conjunto de investigaciones está relacionado con modelos tridimensionales de tejido cardíaco. Los científicos utilizan estructuras celulares que imitan determinadas características del corazón para estudiar cómo se comportan los tejidos en microgravedad y obtener información que también puede ser útil para la medicina terrestre.
Dos satélites construidos por estudiantes llegan al espacio
La CRS-35 también lleva una dimensión educativa. Entre la carga se encuentran dos pequeños satélites CubeSat construidos por estudiantes universitarios como parte del programa Pleiades Five y de la iniciativa CubeSat Launch Initiative (CSLI) de la NASA.
Los CubeSats son satélites de dimensiones reducidas que permiten desarrollar misiones espaciales con una infraestructura mucho más pequeña que la necesaria para un satélite convencional. Su tamaño y costo relativamente bajo los han convertido en una herramienta importante para universidades y centros de investigación.
En este caso, los proyectos tienen además un componente de código abierto. El programa PROVES proporciona una plataforma de satélite, archivos de diseño y software que pueden ser estudiados y modificados por otros equipos universitarios. De esta manera, los estudiantes no tienen que comenzar una misión desde cero, sino que pueden concentrarse en aprender cómo diseñar, integrar, operar y mejorar una nave espacial.
Uno de los satélites es PROVES-Maia, desarrollado por estudiantes de Texas State University utilizando una plataforma creada por California State Polytechnic University, Pomona, conocida como Cal Poly Pomona.
El equipo de Texas State terminó el ensamblaje de Maia en marzo, cuando los estudiantes instalaron sus sistemas electrónicos, de alimentación y carga útil. Posteriormente, el satélite fue sometido a pruebas de vibración en el Centro Espacial Johnson de la NASA, en Houston, para comprobar que pudiera soportar las intensas sacudidas producidas durante un lanzamiento.
Una vez desplegado desde la Estación Espacial Internacional, PROVES-Maia buscará transmitir mensajes digitales para operadores de radioafición mediante comunicaciones UHF y de banda S. También podrá participar en pruebas destinadas a intercambiar mensajes con otros satélites PROVES.
El segundo CubeSat, PROVES-Taygeta, reúne a estudiantes del Bronco Space Lab de Cal Poly Pomona y del Mt. San Antonio College. Además de sus funciones de comunicación por radio, llevará una cámara y un experimento para detectar y realizar mediciones aproximadas de la energía de la radiación presente en la órbita terrestre baja.
La intención es que algunas de esas imágenes y mediciones puedan ser solicitadas y recibidas directamente por operadores de radioafición desde la Tierra. Esto convierte al proyecto en algo más que una demostración tecnológica: busca permitir que personas externas participen en determinadas actividades de los satélites.
Un laboratorio espacial para la próxima generación de ingenieros
Los dos nuevos CubeSats forman parte de una iniciativa más amplia. El programa PROVES contempla una constelación de cinco pequeños satélites, con el objetivo de estudiar cómo pueden comunicarse entre sí y compartir información.
Para ello, los equipos trabajan con DRIFT, un protocolo de comunicaciones de código abierto diseñado para permitir el enrutamiento de datos entre satélites y mantener las comunicaciones incluso ante determinadas fallas. El proyecto también pretende publicar diseños de estaciones terrestres para facilitar la participación de operadores de radio.
La misión CRS-35 continúa además el trabajo de otros integrantes del programa. Tres CubeSats —PROVES-Alcyone, PROVES-Atlas y PROVES-Electra— fueron enviados hacia la estación espacial en abril a bordo de la misión CRS-24 de Northrop Grumman.
Más allá de los experimentos concretos, estos proyectos muestran una transformación importante en la exploración espacial: el acceso a la órbita terrestre ya no está reservado exclusivamente para grandes agencias gubernamentales o empresas aeroespaciales. Las universidades también pueden diseñar, construir y operar pequeñas misiones con objetivos científicos y tecnológicos.
Mientras el Falcon 9 asciende y sus gases de escape crean la espectacular “medusa espacial”, cientos de kilómetros arriba comienza otra parte de la misión. Los suministros mantienen funcionando el laboratorio orbital, los nuevos experimentos aprovechan la microgravedad para estudiar problemas científicos y los CubeSats ponen en manos de estudiantes la oportunidad de operar tecnología fuera de la Tierra.
Así, una imagen que dura apenas unos minutos durante el amanecer de Florida funciona como la puerta de entrada a una misión mucho más amplia: mantener activa la investigación en la Estación Espacial Internacional y formar a la próxima generación de científicos, ingenieros y especialistas que participarán en las futuras etapas de la exploración espacial.
Con información de EFE
