Carlos Hiram Culebro
En el Mundial de Futbol hay derrotas que duran pocos minutos y otras que permanecen varios días en conversaciones familiares, programas deportivos, redes sociales y sobre todo en los estados de ánimo colectivos.
Al perder la Selección Mexicana y registrarse un doloroso “México 2, Inglaterra 3”, el resultado dejó de ser solamente un dato deportivo y se convirtió en una experiencia emocional compartida.
¿Por qué un resultado adverso provocó enojo, tristeza e incluso sensación de agravio en millones de personas que nunca tocaron el balón? Parte de la respuesta puede encontrarse en las reflexiones de Sigmund Freud sobre el comportamiento colectivo.
En su libro Psicología de las masas y análisis del yo, Freud planteó que dentro de una masa el individuo no desaparece, pero sí modifica su manera de sentir y reaccionar. La identificación con un símbolo común —un líder, una bandera o una causa— hace que emociones individuales se intensifiquen y se contagien. En el caso del futbol, la camiseta nacional funcionó como ese objeto simbólico alrededor del cual se organizaron expectativas y afectos.
La Selección no fue percibida únicamente como once jugadores; para muchos representó una extensión emocional del país.
Cuando ganó en tres ocasiones anteriores, millones sintieron que “ganamos”. Pero cuando perdió ante Inglaterra, apareció el sentimiento opuesto: “los derrotaron”.
Freud observó además que las masas buscan conservar una cierta ilusión de unidad y de fortaleza. La derrota deportiva fue vivida como una ruptura momentánea de esa imagen idealizada.
Como ya se comentó en anterior artículo, el francés Gustave Le Bon sostuvo que las multitudes tienden a actuar más por contagio emocional que por razonamiento. En el contexto futbolístico, el entusiasmo previo al encuentro, las expectativas desbordadas y la confianza excesiva se transformaron rápidamente en frustración colectiva cuando el resultado contradijo el guión esperado.
Por otra parte, Erich Fromm señaló que las sociedades modernas buscan mecanismos de identificación colectiva para compensar incertidumbres individuales. El deporte de alto rendimiento cumple muchas veces esa función.
Los medios masivos también participaron en este proceso. Algunos construyeron expectativas mediante narrativas grandiosas sobre la capacidad de la Selección Nacional, estadísticas optimistas y una permanente promesa de trascendencia. El encuentro dejó de presentarse como competencia incierta y se acercó al terreno de la obligación de triunfar.
Cuando durante días se repitió ”y su sí?”el público esperó un buen desempeño, por lo que estuvo a la expectativa de la confirmación de sus deseos.
Entonces apareció el marcador adverso ante Inglaterra, y la caída psicológica se sintió más profunda que la derrota misma.
No dolió únicamente perder. Dolió la distancia entre lo prometido y lo ocurrido.
Tal vez el reto colectivo no consista en eliminar la emoción del deporte, sino en aprender a vivirla sin convertir cada victoria en una proeza, ni cada derrota en una tragedia nacional.
El marcador queda en la memoria de quienes siguen los resultados de la Copa Mundial de Futbol 2026, pero las emociones revelan algo más profundo; es decir, que muchas, pero muchas veces, el partido también se juega dentro de nosotros mismos.
*Fundador de la Asociación chiapaneca de profesionales para la salud mental, AC
