Carlos Hiram Culebro
La presencia de los dispositivos electrónicos en la vida cotidiana ha producido una transformación que difícilmente puede detenerse. Teléfonos inteligentes, tabletas, computadoras, videojuegos y otros aparatos forman parte de las actividades escolares, laborales, familiares y recreativas. Sin embargo, junto con sus ventajas, también han aparecido inconvenientes que merecen atención, particularmente cuando su utilización se vuelve excesiva o sustituye actividades necesarias para una vida equilibrada.
Uno de los problemas menos visibles es la pérdida de concentración. Muchos dispositivos están diseñados para mantener constantemente la atención del usuario mediante notificaciones, mensajes, videos breves, sonidos y cambios continuos de contenido. Esta dinámica puede favorecer la costumbre de pasar rápidamente de una actividad a otra y dificultar la permanencia en tareas que requieren paciencia, lectura profunda o reflexión. Para niños y adolescentes, acostumbrarse desde edades tempranas a estímulos inmediatos puede representar un desafío para desarrollar hábitos de estudio sostenidos.
Otro inconveniente es la disminución de la capacidad para tolerar el aburrimiento. Aunque pudiera parecer un asunto menor, los momentos en que aparentemente no ocurre nada son importantes para la imaginación y la creatividad. Cuando cada instante libre se llena con un videojuego, un video o las redes sociales, se reduce la oportunidad de inventar actividades, observar el entorno, conversar o simplemente aprender a estar consigo mismo. El aburrimiento, bien manejado, puede convertirse en un estímulo para la iniciativa personal.
También debe considerarse la sobrecarga de información. Internet permite acceder en segundos a una cantidad extraordinaria de datos, pero disponer de muchos datos no significa necesariamente estar mejor informado. Las personas pueden encontrarse con noticias falsas, contenidos manipulados, publicidad disfrazada de información y opiniones presentadas como hechos. Para los menores de edad, distinguir entre una fuente confiable y otra engañosa puede ser especialmente complicado. De ahí la necesidad de desarrollar pensamiento crítico y no aceptar automáticamente todo aquello que aparece en una pantalla.
La privacidad constituye otro desafío. Fotografías, ubicaciones, conversaciones, preferencias y otros datos personales pueden quedar registrados en aplicaciones y plataformas digitales. En ocasiones, los usuarios comparten información sin conocer suficientemente quién puede tener acceso a ella o cómo puede utilizarse. En el caso de niños y adolescentes, este riesgo adquiere mayor importancia porque pueden publicar fotografías o datos personales sin dimensionar consecuencias futuras.
A lo anterior se suma el fenómeno de la comparación social. Las redes sociales suelen mostrar versiones cuidadosamente seleccionadas de la vida de otras personas: viajes, éxitos, celebraciones, bienes materiales o apariencias físicas. El usuario puede llegar a comparar su vida cotidiana con imágenes que representan únicamente una parte de la realidad. En muchachos esta situación puede generar sentimientos de insuficiencia, frustración o necesidad permanente de aprobación. El número de “me gusta”, seguidores o comentarios puede convertirse, equivocadamente, en una medida del propio valor personal.
Los dispositivos electrónicos también pueden afectar la convivencia familiar. No siempre se necesita que una persona permanezca muchas horas frente a una pantalla para que exista un problema. En ocasiones basta con que revise constantemente el teléfono mientras conversa con otra persona. La interrupción permanente de las conversaciones mediante mensajes, llamadas o notificaciones transmite la impresión de que aquello que ocurre en la pantalla es más importante que la persona que se encuentra enfrente. Paradójicamente, una tecnología creada para acercar a quienes están lejos puede contribuir a distanciar a quienes están cerca.
Otro aspecto que merece atención es la dependencia de la gratificación inmediata. Muchos contenidos digitales ofrecen recompensas rápidas: avanzar en un videojuego, recibir una reacción, encontrar un video atractivo o recibir un mensaje. La vida cotidiana, en cambio, exige esperar y trabajar para obtener resultados. Aprender un instrumento, terminar una carrera o desarrollar una habilidad requiere tiempo. Por ello, la exposición permanente a recompensas inmediatas puede dificultar la valoración de procesos que necesitan esfuerzo y perseverancia.
En el ámbito educativo, el uso indiscriminado de dispositivos puede provocar distracciones y dependencia de herramientas digitales. La tecnología puede facilitar una investigación, pero también puede llevar a copiar información sin comprenderla. Cuando una persona encuentra respuestas inmediatas para todo, existe el riesgo de que disminuya el esfuerzo intelectual necesario para analizar, relacionar ideas y elaborar conclusiones propias. El desafío educativo consiste, por tanto, en utilizar la tecnología como instrumento y no como sustituto del pensamiento.
Finalmente, existe un inconveniente de carácter social: no todas las familias poseen los mismos dispositivos, conexión a internet o posibilidades económicas para acceder a programas y servicios tecnológicos. Cuando la educación, el trabajo o determinados trámites dependen cada vez más de medios digitales, quienes carecen de ellos pueden quedar en desventaja.
Los dispositivos electrónicos no son enemigos de la sociedad. El problema aparece cuando dejan de ser herramientas y comienzan a ocupar un lugar excesivo en la vida cotidiana. La solución no consiste necesariamente en rechazarlos, sino en establecer límites, recuperar espacios de convivencia y aprender a utilizarlos de manera consciente. Esto lleva a concluir que la decisión de las autoridades educativas de prohibir celulares en los centros escolares debería analizarse minuciosamente.
La verdadera modernidad quizá no consista en permanecer conectados todo el tiempo, sino en saber cuándo conectarse y cuándo desconectarse. La tecnología debe ampliar nuestras posibilidades, no reducirlas. Utilizarla con inteligencia significa conservar también aquello que ninguna pantalla puede proporcionar: conversación, imaginación, paciencia, convivencia, reflexión y contacto directo con la realidad.
Fundador de la Asociación chiapaneca de profesionales para la salud mental, AC (ACHIPROSAM).
