Historias de reportero

El IFE: ese “pinche desmadre”
Carlos Loret de Mola

“¡Esto es un pinche desmadre!”, espetó uno de los recientemente incorporados consejeros electorales del IFE. Dejó caer sobre su escritorio un pesado expediente de proyecto de resolución que le acababa de llegar y que, si se atendieran las formalidades, tendría que terminar de leer, analizar y opinar para la sesión del día siguiente.
Sus colaboradores guardaron silencio, sorprendidos. No imaginaron que su jefe agotara tan pronto su dosis de paciencia. En el fondo coincidieron con él: en cada declaración pública, en cada sesión, en cada desplegado, en cada junta, en cada debate se exhibe que en el IFE no hay liderazgo, no hay orden, no hay diálogo.
Cuando dejó de ser presidente del IFE que se volvió legendario por organizar la primera elección federal de la alternancia en México, en el año 2000, José Woldenberg contaba que lo más difícil de ser la cabeza de la autoridad electoral era conducir la “operación política” entre partidos, candidatos, medios de comunicación y consejeros: horas y horas, desayunos, comidas, cenas, telefonemas, reuniones encaminadas todas a mantener una interlocución permanente con todos los actores relevantes para un proceso electoral. El objetivo era llegar a las sesiones del IFE y saber de antemano qué posición adoptaría cada consejero, cómo iba a quedar la votación, cuál iba a ser el mensaje del Instituto a la sociedad. Que todo fluyera, en la dirección en que determinaran las ideologías o resoluciones, en democracia, pero que fluyera.
Cuentan los funcionarios de carrera en el IFE que hasta Luis Carlos Ugalde, defenestrado por no llegar al cargo con el consenso de todos los partidos y por su cuestionable actuación tras la noche del 2 de julio de 2006, abría las sesiones de Consejo General con los temas “planchados”.
Sin embargo, desde que Leonardo Valdés Zurita tomó posesión del liderazgo en el Instituto las cosas se han descompuesto, quizá también por la irresponsabilidad de los legisladores, de mantener por más de un año un IFE incompleto e integrarlo totalmente partidizado. Sea lo que fuere, Valdés carga con la mala fama de no respetar los acuerdos y carecer de interlocución real con consejeros, partidos y medios de comunicación. No hace el trabajo político que le toca.
Tampoco contribuye que los consejeros respondan clara e identificablemente a los intereses de los partidos que los postularon, y cambien votaciones y criterios en función de los telefonazos que reciban.
La incorporación de los tres consejeros que faltaban no ha servido para zarandear al IFE. Más bien ellos lucen zarandeados, sumados al teatro del absurdo (a uno del grupo, fan del periodismo militante, se le atribuye la denominación de “periodismo genuino” al que “sí se puede hacer en tiempos electorales” y que en el fondo, por vago el término y discrecional su aplicación, constituye una amenaza permanente contra la libertad de expresión)… A ver cómo sacan la elección.

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