“Hay que estar siempre del lado de las víctimas y desmarcarse de cualquier discurso de odio”: Enrique Díaz Álvarez

Ante la actualidad tan crispada y llena de conflictos hay que ser “precavidos, estar siempre del lado de las de las víctimas y desmarcarse de cualquier discurso de odio”, sostiene el filósofo y escritor Enrique Díaz Álvarez, a propósito de su más reciente libro de ensayos Lo intolerable (Anagrama), que será presentado el próximo 17 de octubre en la Feria Internacional del Libro Monterrey.

Sobre la ofensiva contra Palestina, el autor enfatiza en su texto que hay muchos judíos críticos con el gobierno del primer ministro israelí y prófugo de la Corte Penal Internacional, Benjamin Netanyahu, como Eyal Weizman y su Forensic Architecture, “un colectivo muy activo y crítico que ha constituido pruebas utilizadas en tribunales y juicios internacionales”. Agregó que también historiadores como Omer Bartov, quien dice “llevo 30 años dando clases del Holocausto y genocidio, sé reconocer uno cuando lo veo”.

En el libro subtitulado Repulsión, vergüenza y responsabilidad ante la crueldad contemporánea, Díaz Álvarez (Ciudad de México, 1976) remarcó la importancia de “desmarcarnos de fanatismos de cualquier tipo mediante el pensamiento crítico y siempre cuidar y acompañar a las víctimas de violencia, en este caso, la población indefensa de Gaza, acosada, acorralada y masacrada”.

Alertó que, como respuesta al actual dominio de la desinformación, la mentira, el ruido, la ofensa, el lenguaje es el campo de batalla. Es esencial contar las historias a fuego lento, contrastadas y con toda la fuerza del lenguaje que seamos capaces, o sea, buscar las palabras más precisas, porque los fanáticos maltratan también el lenguaje”.

Cuidar el uso del lenguaje, agregó el académico, “nos puede aproximar a las víctimas. Sigo creyendo que un trabajo de investigación nos puede llevar a tomar conciencia crítica de ciertas circunstancias, abusos e injusticias que no logramos percibir a primera vista con declaraciones de derechos humanos o con principios”.

Pidió que en tiempos en que el neofascismo moviliza las pasiones tristes como el miedo, el odio, el resentimiento y la nostalgia, “la izquierda no sólo tiene que apelar a buenas razones y a principios, sino a afectos comunes y movilizar otro tipo de emociones. Planteó incluso la repulsión, la vergüenza y la esperanza para contrarrestar esas emociones que nos paralizan”. Enrique Díaz recordó que Lo intolerable surgió “de la impotencia, inclusive de la incomodidad física ante abusos y despliegues de poder de tintes neofascistas. A partir de ello reflexioné hasta qué punto dar tolerancia y a quién le conviene que soportemos tantas cosas. La tolerancia, como virtud política contra los fanatismos, hoy en día no es suficiente para luchar contra los nuevos fanáticos de lo propio”.

En esa línea, planteó que es necesario “pensar una ética de lo intolerable, de las cosas que no podemos tragar sin hacernos daño a nosotros mismos: el abuso de poder, la humillación de los grupos vulnerables y esa espectacularización de la crueldad con las redadas, encarcelamientos y deportaciones de migrantes o el genocidio en Gaza, por ejemplo”.

Una escena de detención del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en que encapuchados separan a una familia le pareció intolerable, y por ello, buscó referentes para pensar el tema. Encontró en el pensamiento de Michel Foucault de la década de 1960, que “el poder es esencialmente lo que reprime. Hay que prestar siempre mucha atención a las prisiones, donde el poder se muestra sin máscara, desnudo, sin contemplaciones”.

Díaz Álvarez amplió el llamado a analizar los centros de detención del ICE, “que funcionan como una cárcel y son un gran negocio privado. Es importante prestar atención a los testimonios y saber qué comen, si se les dan sus medicinas, si tienen visitas y el trato o maltrato, porque ya son 18 los mexicanos que han muerto ahí en condiciones bastante oscuras”.
Violencia estructural

En el volumen expone “gestos, narraciones y prácticas artísticas que echan luz y muchas veces pasan desapercibidas porque están fuera de lo mediático. Voy recorriendo la autobiografía de Angela Davis, que es política porque ella entendió que narrar las vejaciones y la racialización que vivía en la cárcel no era personal, sino una violencia estructural contra grupos, por ejemplo, los afroamericanos; o John Berger, quien hace una crónica donde acompaña a los migrantes en la década de 1970; y más para acá con ejercicios en que los propios migrantes cuentan lo que viven, sus propias luchas. Son actos de resistencia y pequeñas luces que iluminan esta noche oscura”.

En torno a la exhibición de la crueldad, más patente desde la segunda administración de Donald Trump, comentó: “nos lo están mostrando porque apuestan a una especie de anestesia, la incapacidad de dejar de soportar cosas que no tendríamos que pasar por alto, como la forma en que fueron reprimidas cada una de las flotillas de solidaridad con Gaza. Estas imágenes tienen un mensaje”.

Lamentó que aún no se dimensiona el significado de haber visto en directo ese genocidio. Perturba la violencia del gobierno de Netanyahu totalmente asimétrica contra una población inerme, y nuestro propio letargo y de la comunidad internacional para reaccionar e impedir una masacre donde miles de niños fueron asesinados o mutilados”.

 

Con información de LA JORNADA

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