La obsesión por burlar a la muerte es mucho más antigua que el silicón y el bótox. Siglos antes de que el magnate tecnológico estadunidense Bryan Johnson destinara casi 2 millones de dólares a revertir su envejecimiento con su régimen Blueprint y sus suplementos Don’t Die, la humanidad ya la perseguía en los “jarabes de larga vida” del siglo XVII o en los netsukes japoneses tallados con deidades protectoras de la vejez.
Esa misma obsesión, convertida hoy en pregunta científica y cultural, es el punto de partida de The Coming of Age (El paso a la vejez), en el museo Wellcome Collection de Londres (gratuita, hasta el 29 de noviembre), curada por Shamita Sharmacharja.
La muestra abre con un gesto elocuente: dos copas de sake que resumen, en un solo objeto, toda una transformación demográfica. Son las que el Estado japonés regala tradicionalmente a quienes cumplen 100 años; antes se hacían de plata; ahora, de níquel, porque los centenarios pasaron de 153 en 1963 a más de 29 mil en 2014, y la plata dejó de ser sostenible. A partir de ahí, 150 obras y objetos –acompañados por una antología de 12 autores internacionales– abordan la vejez desde la ciencia, el arte y la política.
La institución Wellcome es una de las mayores fundaciones científicas independientes del mundo, dedicada a financiar investigación sobre salud y grandes desafíos sanitarios globales; su biblioteca conserva más de 1.1 millones de piezas sobre la historia y cultura de la medicina, de las cuales, más de la mitad son fondos bibliográficos y documentales, y una amplia porción de ello está digitalizado.
Para entender lo que celebra la exposición, conviene primero preguntarse qué es el envejecimiento. El premio Nobel Venki Ramakrishnan lo explica sin metáforas: no es un reloj programado, sino la acumulación gradual de daños celulares que termina en disfunción sistémica. Esa acumulación varía enormemente según la especie: el tiburón de Groenlandia supera 400 años de vida; la efímera, pequeño insecto alado, apenas alcanza el día. La diferencia no es un capricho de la naturaleza, sino un cálculo evolutivo puro –reparar un cuerpo tiene sentido sólo si ese cuerpo tiene tiempo de aprovecharlo. Por eso los seres expuestos a morir jóvenes, ya sea de hambre o por depredadores, priorizan madurar y reproducirse cuanto antes.
Los humanos rompemos esa lógica: vivimos casi el doble de lo esperado para nuestro peso corporal, aunque el límite evolutivo parece rondar los 110 años –el récord lo sigue teniendo Jeanne Calment, fallecida en 1997 a los 122. El problema ya no es sólo cuánto vivimos, sino cómo: hoy se suman años de vida sin sumar años de salud. Ahí se concentra la ciencia actual, con fármacos que imitan la restricción calórica, senolíticos que eliminan células senescentes y suplementos que reponen moléculas que el cuerpo deja de producir. La apuesta más ambiciosa es la reprogramación celular temporal, que no nada más busca ralentizar el envejecimiento, sino revertirlo.
