La chingada y anexas
Por Armando Rojas Arévalo
LILIANA: Tienes mucha razón. El verbo “chingar” al que OCTAVIO PAZ en el “Laberinto de la soledad” le quitó lo prohibido y definió como voz de poder mágico que denota violencia, salir de sí mismo y penetrar por la fuerza en otro, herir, rasgar, violar cuerpos, almas, objetos y destruir, con inflexiones que cambian su sentido –Gran Chingón, o sea, triunfador, o “chingaquedito”, el que urde tramas en la sombra, silencioso, disimulado- podría ser el que impere en las elecciones venideras.
Cuando algo se rompe, decimos: “se chingó”. Cuando alguien ejecuta un acto desmesurado y contra las reglas, comentamos: “hizo una chingadera”.
CUAUHTÉMOC BLANCO exclamó “me los chingué”, cuando supo de su triunfo como candidato a alcalde de Cuernavaca.
El verbo chingar, dice PAZ, es maligno, ágil y juguetón como un animal de presa, engendra muchas expresiones que hacen de nuestro mundo una selva: hay tigres en los negocios, águilas en las escuelas o en los presidios, leones con los amigos. El soborno se llama “morder”. Los burócratas roen sus huesos (los empleos públicos). Y en un mundo de chingones, de relaciones duras, presididas por la violencia y el recelo, en el que nadie se abre ni se raja y todos quieren chingar, las ideas y el trabajo cuentan poco. Lo único que vale es la hombría, el valor personal, capaz de imponerse.
La voz tiene además, otro significado, más restringido. Cuando decimos “vete a la Chingada”, enviamos a nuestro interlocutor a un espacio lejano, vago e indeterminado. Al país de las cosas rotas, gastadas. País gris, que no está en ninguna parte, inmenso y vacío. Y no sólo por simple asociación fonética lo comparamos a la China, que es también inmensa y remota.
En mi pueblo, Arriaga, hay un suburbio que hace unas décadas se antojaba lejísimos. Fue bautizado como “La chingada”; cuando el pasajero preguntaba a los choferes de los camiones urbanos si iban para allá, ellos contestaban “¡a la chingada, a la chingada!”
