En Lhasa se vive el milagro chino que desapareció la pobreza hace 10 años

Lhasa. Esta zona transparente del mundo es la apoteosis de las inmensidades porque el espíritu de la gente que la habita, los tibetanos, es inmenso, como las montañas, los edificios, los museos, las carreteras, el cielo. Xizang es el nombre correcto del Tíbet, el gentilicio es tibetanos, es territorio chino y es la comprobación de que es posible una sociedad mejor. Al estar aquí, a uno se le llenan los ojos de belleza y el corazón de esperanza; el milagro chino que logró desaparecer la pobreza hace 10 años se muestra en todo su esplendor en este lugar de encantamiento y de certezas.

La vida cotidiana de los tibetanos se desarrolla entre la alegría y el disfrute del bienestar social. Los eminentes investigadores y catedráticos chinos Bai Lina, Zhang Xun, Shi Wei, Zhao Yuqi y Guo Cunhai mostraron a La Jornada con cifras, estadísticas y datos duros lo que sintetizan de la siguiente manera: la sociedad china tiene una calidad de vida modestamente acomodada.

Los datos duros como el producto interno bruto y el ingreso per cápita toman cuerpo y alma, se muestran en carne y hueso, se vive y se respiran en lo que suele considerarse la segunda potencia mundial.

Cuando uno camina por las calles de Lhasa, capital de Xizang, y de otras ciudades de China, lo que observa es gente feliz, concentrada, viviendo una cotidianidad donde todo funciona, todo es correcto, todo está en su lugar y uno se siente cómodo, contento, consciente de que es de noche, pero no hay miedo, porque de verdad es el lugar más seguro del mundo.

Este reportero, por ejemplo, se perdió en Pekín cuando caía la noche y nunca sintió temor, sólo una sensación de inmensidad.

Extraviarse en una ciudad tan inmensa resulta divertido y fascinante: los colosales edificios se iluminan de maneras artísticas. Es un jolgorio visual, una exposición en vivo del arte de la arquitectura y una aventura con episodios que ni Ulises vivió en la Odisea. Por ejemplo, perdido por las calles de Pekín vi una flotilla de motociclistas repartidores de alimentos y mensajería en un callejón y dije: “si alguien conoce esta ciudad, son ellos”. Como no hablaban inglés, a señas les dije que estaba perdido, les mostré la llave de mi hotel y se pusieron a discutir en voz alta, deliberando; con una seña uno de ellos indicó: “hacia allá”, señalando la ruta por donde yo ya había caminado. Para no desairarlos, di unos pasos en la dirección que me mostraron, pero enseguida caminé en sentido contrario y volví a pasar frente a ellos. Esta vez el coro guardó un silencio prolongado mientras yo seguí mi hora y media de caminata, sudando a 38 grados de temperatura ambiente con sensación térmica de 43, hasta lograr regresar a mi Ítaca

Un visitante se asombra con detalles que no resultan nimios, porque revelan organización y esfuerzo cotidiano: las calles son muy limpias, sus paredes impolutas, todo está arbolado, hay macetas con flores de colores muy vivos en cada esquina.

Prácticamente el total de la población es muy esbelta. Para un visitante occidental, la comida tibetana no es tema fácil, porque es deliciosa, pero muy diferente a todo lo que conocemos. La fruta, por ejemplo, es extraña para los occidentales, con morfologías complicadas, sabores muy fuertes, como es en general la comida que nos sirven en las mesas: platillos que no tienen traducción al español, con muchas verduras, todo muy agradable a la vista. Ah, no acostumbran comer postres, lo cual aumenta el desconcierto del paladar del visitante. Todo es sano, suculento, tan exótico como apetecible.

La felicidad de la gente se manifiesta en las calles de Lhasa de distintas maneras: señoras haciendo tai chi en los parques, parejas bailando en plena calle, multitudes en bicicleta y en motocicleta. Ah, y el parque vehicular es muy moderno, como todo en Xizang, una mezcla increíble de arquitectura milenaria conviviendo con edificios avant-garde.

En China, este país de las inmensidades todo es monumental, como la historia que desfila frente a nuestros ojos: indígenas tibetanos de piel curtida caminando por la misma acera por la que transitan jóvenes con tenis y vestimentas holgadas. La ópera, las montañas y el desarrollo tecnológico: cuando un catedrático chino diserta, unos auriculares que funcionan con inteligencia artificial nos permiten escucharlo hablar en español.

Este espíritu monumental ha hecho posible, finalmente, un milagro: desaparecer la pobreza y lograr bienestar para una sociedad modestamente acomodada. Uno regresa de China con los ojos llenos de belleza y el corazón lleno de esperanza, porque hemos visto en carne propia que un mundo mejor es posible.

 

 

Con información de LA JORNADA

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