Jorge Montaño
Pocos temas de la agenda internacional han merecido una atención polémica constante durante décadas como el Consejo de Seguridad. En la Conferencia de Chapultepec, convocada por México antes de la fundación de la ONU, nos pronunciamos en contra de su estructura excluyente, favorable a las cinco potencias de la época a quienes se otorgó el ignominioso derecho de veto. Esos fueron los cimientos de la discusión en que participaron las mentes más lúcidas de nuestra diplomacia, dando paso al debate vigente sobre la pertinencia y utilidad de que nuestro país ocupe un asiento no permanente cada cierto periodo.
A pesar de que en 62 años hemos estado tres veces en ese órgano, se debe recordar que únicamente en 2002-2003 lo hicimos voluntariamente, ya que en las otras ocasiones fuimos conducidos por el azar. Otro intento tuvo lugar al inicio de los 90 cuando se retiró la candidatura apoyada por el Grupo Latinoamericano y del Caribe, precisamente cuando la negociación del TLCAN entraba en una fase crítica y se consideró imprudente añadir temas controvertidos a este delicado proceso, cuya esencia eran temas del interés doméstico de los tres países.
Es un lugar común aseverar que los ataques terroristas en Nueva York y Washington cambiaron en forma definitiva lo que quedaba del modus operandi de los organismos internacionales, dando paso a la era caprichosa en que nos ha sumido la intolerancia concertada por Estados Unidos con los miembros permanentes. Nuestra participación en el Consejo hace cinco años no pudo darse bajo peores circunstancias internas y externas. La obstinación por designar a un representante permanente con méritos intelectuales pero sin experiencia en una tarea que normalmente se encomienda a profesionales del multilateralismo fue un gran desacierto, como fue la falta de disciplina que observó frente a las instrucciones de la Cancillería. Para redondear esta fallida actuación, el Presidente de la República asumió una militancia verbal que obligó al país a pagar por decisiones que nunca se tomaron, pero sobre las cuales externaba opiniones con hipótesis inexistentes.
Un segmento de la opinión pública resintió los efectos de este manejo inexperto, inclinando su preferencia por la abstención definitiva de México en participar en el Consejo de Seguridad. El debate sigue abierto, en especial en estos meses en que se deberá confirmar o retirar la aspiración de ocupar un asiento rotatorio en 2009-2010. Mal haríamos en adoptar una decisión apresurada, usando los argumentos desgastados de que nuestra pertenencia a ese órgano no aporta nada, excepto conflictos y desencuentros con EU. Este es un enfoque equivocado, ya que no existe una fórmula automática que conduzca a ese resultado. La experiencia reciente no puede sentar jurisprudencia simplemente por las razones ya analizadas. La secretaria de Relaciones Exteriores y sus colaboradores más cercanos, incluyendo al representante en Nueva York, tienen una larga experiencia profesional en los quehaceres de ONU y en las relaciones bilaterales con los principales actores, incluyendo a los cinco permanentes. La ausencia de improvisados crea un respaldo sólido para evitar colisiones irresponsables.
Naciones Unidas atraviesa por una etapa muy crítica de desaliento y falta de reconocimiento universal sobre su efectividad. La guerra de Irak, las corruptelas internas, dos secretarios generales de gran docilidad con las grandes potencias y el unilateralismo estadounidense arropado por sus socios dejaron secuelas mayores en la organización. México se ha propuesto recomponer la relación con América Latina y el Caribe, fortaleciendo su presencia en los foros internacionales. La ecuación es clara.
Si se pretende tener una política con estas características, es imposible evitar nuestra presencia en el Consejo de Seguridad ocupando, con toda autoridad moral, uno de los dos asientos que corresponden a la región, precisamente cuando es necesario moderar posiciones extremas que amenazan con romper la articulación entre nuestros países. Es necesario que en paralelo se intensifique nuestra presencia, tomando iniciativas en otros temas de la agenda sin evadir la responsabilidad de participar en el Consejo. En caso contrario, sería pertinente un debate que justifique una posición aislacionista. La política de la inacción sería la peor forma de responder a los retos que debemos enfrentar, para los cuales se cuenta con peso específico, claramente reconocido en la comunidad de naciones.
montesco98@yahoo.com
Vicepresidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales
