El pueblo tiene el Gobierno que merece /Dr. Gilberto de los Santos Cruz

Este pensamiento pertenece a Joseph de Maistre (1753-1821), quien sostuvo “que cada pueblo o nación tiene el gobierno que merece”, luego, será un francés, André Malraux (1901-1976), quien lo modificó y dijo que no es que “los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”. Esto significa que los vicios y las virtudes inherentes a los gobernantes de turno tienen origen o reflejan la sociedad a la cuál pertenecen. Por más que muchos evitan ver semejanzas entre ellos y sus gobernantes ¿Acaso no están lo suficientemente viciados como para parecerse a sus funcionarios? Realmente el gobierno es el reflejo del país porque comparten un mismo origen, nacionalidad, imaginario colectivo y sistema de creencias. Nos guste o no nuestros gobiernos se parecen a nosotros o a la gran masa. Un gobierno es tan corrupto como lo sea su sociedad. Por lo tanto, los vicios y abusos del mando son el barómetro con que se mide la decadencia moral de una nación. Hay naciones donde los pobladores piden y hasta exigen a sus funcionarios ayudas económicas y toda clase de favores, los cuáles no tardan en ser ofrecidos durante las campañas electorales. Es incoherente exigir lo que no podemos cumplir, por lo que el primer paso para mejorar nuestra sociedad, y por ende nuestro gobierno, está en cambiar nuestra conducta. Se educa con el ejemplo. Los gobernantes proyectan el estado ético del cuerpo social. Si el reflejo proyectado por el espejo es deplorable, la solución no es un simple cambio de espejo, sino la transformación de quién se observe de cara al mismo. Mejor dicho no importa cuántas veces cambiemos de gobierno, obtendremos los mismos resultados si primero no cambiamos nosotros o no nos exigimos una mayor rectitud a nivel ético. Es decir si no cambiamos nuestra idiosincrasia y nivel educativo o grado cultural obtendremos los mismos resultados porque “Dios está en los detalles” por lo que sería iluso esperar que surjan estadistas decentes y competentes en una nación cuyos habitantes se comportan como jauría de bestias al abordar un transporte público, o que malgastan su capital en banalidades en lugar de educación. Puede haber excepciones en toda sociedad, sin duda, pero los esfuerzos para convertirse en el timón de una sociedad tendrían que ser sobrehumanos para no terminar siendo arrasados por las oleadas de barbarie y corrupción. La pregunta clave es ¿las actitudes de los gobernantes corruptos se parecen a la mayoría de los electores? Pensar de este modo podría sorprenderte, pues quizás un cambio de gobierno no sería suficiente para aliviar los males, también sería necesaria una reingeniería mental y personal, antes que nada.
No es cierto que cada pueblo tenga el gobierno que se merece. El refrán popular refiere que la calidad democrática de un gobierno es causada por la fuerza o debilidad de la participación ciudadana. Pero la cuestión tiene, como toda moneda al aire, dos caras: la calidad de la democracia y la calidad de la ciudadanía.
Por lo tanto, es necesario deslindar responsabilidades entre la ciudadanía y el gobierno que dispone de un modelo democrático de cierta calidad al alcance del pueblo. En particular para el caso de México, dadas las importantes reformas electorales de los años 2012 y 2014, que son el marco contextual de este ensayo.
Estas cuestiones enfrentan asuntos teóricos y prácticos: ¿la calidad de la democracia garantiza la calidad de la ciudadanía o acontece al revés?, ¿corresponde al gobierno impulsar a la ciudadanía para que alcance la altura democrática o, por el contrario, es la ciudadanía quien tiene la responsabilidad de alcanzar la calidad de participación que le ofrece su sistema democrático?
El refrán popular es usado para criticar al gobierno, pero a su vez, para justificarlo por el nivel –generalmente bajo- de la actuación ciudadana en los asuntos políticos ¿Será verdad que cada pueblo tiene el gobierno que se merece o existen gobiernos – en particular los regímenes democráticos- que están por encima de la calidad del involucramiento ciudadano? La hipótesis ante esta problemática considera que el pueblo de México tiene el reto de elevar la calidad de la participación ciudadana a la altura de la calidad democrática que se le ofrece. O dicho en términos más categóricos: posee una propuesta democrática de calidad superior a la calidad de su participación ciudadana.
Para resolver el problema teórico y validar la hipótesis en la práctica, el presente ensayo se divide en las siguientes partes: (1) aproximación conceptual a la democracia en razón de sus vínculos con la ciudadanía, (2) necesidad de la sobrevivencia democrática, (3) caracterización de la calidad de la ciudadanía, (4) caracterización de la calidad de la democracia, (5) Gobernanza: mutuas implicaciones entre las calidades de ciudadanía y democracia, (6) muestra de datos empíricos correspondientes a los comicios mexicanos.

Democracia si
Existen muchos tipos de gobierno. Desde las tiranías, monarquías, totalitarismos militares, aristocracias, hasta diferentes modelos de organización democrática. La democracia ha sido la forma más adecuada para desplegar la soberanía ciudadanía. Así, el sentido verdadero de la ciudadanía, más allá del sentimiento nacionalista de un gentilicio, consiste en la capacidad de autogobierno mediante la participación activa en la vida pública. Por ende, la ciudadanía no es sólo la posesión de la soberanía personal (la posesión de sí mismo para asociarse, organizarse y decidir la forma de vida) que se delega a través del sufragio, sino, como dice Cantú, es “El derecho y la disposición de participar en una comunidad, a través de la acción autorregulada, inclusiva, pacífica y responsable, con el objetivo de optimizar el bienestar público […] la garantía de vigencia de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales” 1.
En consecuencia, la verdadera ciudadanía sólo puede ejercerse en una comunidad que permite la participación, es decir, la democracia. Así, el quehacer democrático retroalimenta la condición de la propia ciudadanía. Con lo cual puede comprenderse, en palabras de Morín, que “…la democracia se funda sobre el control del aparato del poder por los controlados […] en este sentido la democracia es, más que un régimen político, la regeneración continua de un ciclo, una espiral complejo y retroactivo: los ciudadanos producen la democracia que produce los ciudadanos”. Luego entonces, si la tarea ciudadana es producir democracia para que ésta a su vez genere ciudadanos; ciudadanía y democracia no son realidades dadas y consumadas, sino fenómenos siempre en construcción. No obstante, también están en peligro de extinción si la participación ciudadana no edifica un régimen democrático o si la organización democrática no promueve la actividad ciudadana.

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