PITA LADDAGA
El enojo es el sentimiento que menos capaces somos de dominar. Dejarnos llevar por la ira nos da cierta satisfacción momentánea pero no nos ayuda a resolver problemas; más bien obstruye la razón, nos altera y nos enfurece más. Perder el control es un riesgo para nosotros y para los que nos rodean, causa sufrimiento, desunión y después produce culpa.
Es fundamental que los padres sepamos calmarnos. Cuando comienza el enojo, procuremos identificar los pensamientos que están provocando el coraje, considerar que tan adecuados son y cambiar nuestro enfoque. También podemos contar hasta veinte, dar un paseo a pie, respirar profundamente, relajarnos ó hacer un ejercicio breve y vigoroso. Solo si aprendemos a manejar la ira y el enojo podremos enseñar a nuestros hijos a refrenarlos.
Para ayudar a nuestro hijo a serenarse, hay que saber que detrás de la ira siempre hay otro sentimiento. Cuando el niño se enoje, siempre tratemos de averiguar qué hay detrás de su coraje: ¿Se siente solo, herido, celoso, inseguro? ¿Tiene miedo? ¿A que? Necesitamos observarlo, escucharlo con atención, hasta encontrar la razón por la que está enojado. Así vamos a poder atenderlo y darle lo que necesita: compañía, consuelo, seguridad ó protección.
Existen varias maneras de cuidar la vida emocional del niño. Hacer caso a sus sentimientos, por ejemplo, si nuestro niño cae y llora decirle: déjame que te cure, ¿te asustaste? ¿ te duele? Tenemos que evitar frases como: “no pasó nada”, “no seas llorón” ó “no me molestes ¿no ves que estoy ocupado?”
Ser sensibles y respetuosos con todas las emociones del niño Debemos recordar que no hay sentimientos negativos, evitemos criticarlo, burlarnos ó prohibirle que muestre sus sentimientos. Si le decimos “No llores, no grites, no me contestes” él aprenderá a guardar sus emociones para sí mismo y perderá la confianza de expresarse.
No aceptar ni permitir que, al mostrar sus sentimientos, el niño lastime y falte al respeto a otras personas. Si esto sucede será necesario corregirlo. Es importante ser firmes y hablar con él para que reflexione sobre lo que hizo, sin regañarlo ó insultarlo, debemos poner límites y aprovechar el momento para enseñarle a ser sensible al dolor del otro. Podemos decirle: “entiendo que estés molesto, pero no puedo aceptar que lastimes ó insultes a nadie. Mira como le dolió lo que hiciste” de esta manera, evitaremos que el niño se vuelva egoísta e incapaz de pensar en los demás.
Cuando el niño sabe que sus sentimientos son reconocidos y aceptados, se está preparando para sus futuras relaciones íntimas de adulto. La comprensión que recibe lo hace fuerte para el momento en que deje la protección de la familia y tenga que tratar a personas desconocidas. Tanto los niños como los padres necesitamos encontrar dentro de la familia el apoyo emocional que nos fortalece para poder enfrentar las exigencias del mundo externo.
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