EDUCAR

PITA LADDAGA

MANEJAR LOS SENTIMIENTOS. ESCUCHAR A NUESTROS HIJOS III PARTE

No exagerar nuestras expresiones

El niño percibe cuándo nuestro interés es sincero y cuándo no lo es. Si le damos la respuesta adecuada pero con frialdad o fastidio, su confianza hacia nosotros se mermará.
Si reaccionamos exageradamente: “¡Es algo terrible!” “Pobrecito, debes estar deshecho”, el niño podría sospechar que estamos actuando, o bien, sentirse abrumado por tener que cargar con nuestra aflicción, además de la suya.
Recordar que detrás de la ira siempre hay otro sentimiento
Tratemos de averiguar qué está detrás del enojo de nuestro hijo: ¿Se siente solo, herido, triste, celoso, inseguro? ¿Tiene miedo?
Necesitamos observarlo y escucharlo con atención hasta encontrar la razón por la que está enojado y darle lo que necesita: compañía, consuelo, seguridad, protección.
No tratar de reflejar los sentimientos si son demasiado dolorosos o si el niño no está preparado para enfrentarlos.
Si nos dice: “¡ Que bueno que no me saqué esa porquería de trofeo”, el sentimiento oculto puede ser de fracaso, frustración o envidia, pero es difícil que en ese momento el niño tenga la capacidad de aceptar sus sentimientos.
A casi nadie le gusta hablar de lo que le duele o le avergüenza. Debemos saber respetar su silencio y nunca forzarlo o invadir su intimidad
Darle la libertad de hablar hasta donde él decida y en el momento que esté listo, sin presionarlo para que nos cuente más de lo que quiere.
Los padres debemos tener la paciencia y el respeto para esperar el momento oportuno en el cual nuestro hijo esté listo para la comunicación y el debe tener siempre la libertad de aceptar o no nuestro apoyo.
Proponer distintas opciones para expresarse
Cuando el niño está muy alterado, una actividad física como correr, golpear el piso con los pies, lanzar una pelota, gritar, pegar a un muñeco o un cojín, puede aliviar la tensión. Un recurso excelente es dibujar o escribir los sentimientos.
En cambio, frases como : “Deja de gritar”, “Ya cálmate”, “Contrólate”, no sirven para tranquilizarlo.
Evitar actitudes que cierren la comunicación
Si por ejemplo nuestro hijo regresa de la escuela preocupado porque sus calificaciones no fueron buenas:
-Quitando importancia a lo que sucedió y haciendo promesas:
“No te preocupes, eso les sucede a todos. Seguro que el mes próximo te irá mejor”.
-Amenazándolo: “La próxima vez que repruebes te sales del futboll”
-Comparándolo: “Deberías aprender de tu primo. Ha sido el primero de su clase desde que entró a la escuela”.
-Ignorándolo: “Vete a tu cuarto y no te quiero oír”.
Siempre podemos encontrar una manera positiva para hacer sentir a nuestro hijo que estamos de su lado
“Esto no debe gustarte nada”, “¿Cómo te sientes con esas calificaciones?”, “¿Por qué crees que sucedió?, “¿Como crees que puedes resolverlo?”, “¿Qué piensas hacer para mejorar?”, “¿Cómo te puedo ayudar?”
Escucharlo no significa que aprobamos su conducta, simplemente le demostramos que nos importa y que estamos dispuestos a apoyarlo y a colaborar con él. Después de hablar con nosotros, es probable que el niño tenga más claridad para ver las cosas y encontrar soluciones.
Una cosa es leer ejemplos resumidos de posibles conversaciones con un niño y otra, tener a nuestro hijo enfrente bañado en lágrimas.
No podemos esperar que estas sugerencias funcionen a la perfección desde la primera vez. Quizá nos sintamos incómodos haciendo algo a lo que no estamos acostumbrados o nos parezca poco natural y que el niño pueda resistirse a este tipo de diálogos.
Además, si el sentimiento del niño tiene que ver con nosotros, nos costará más trabajo mantener la calma.
-“¿Por qué siempre tengo que recoger la mesa?”. Nuestra respuesta puede ser: “Te sientes molesto, sientes que no es justo”
-“Claro que no es justo, a mi hermano siempre le toca lo más fácil”
-“Te gustaría que los dos tuvieran las mismas obligaciones?”
-“Sí, y no voy a recogerla si él no ayuda”
A veces, la respuesta del niño nos desafían a seguir tratando de que él se sienta comprendido, para después ayudarlo a considerar otros puntos de vista y tener una percepción del problema más equilibrado.
Se necesita mucha paciencia-con nuestro hijo y con nosotros mismos-, constancia, respeto y aceptación, para mantenernos dispuestos a entenderlo con una actitud amorosa y serena.
Algunas veces sus reacciones y sus respuestas no se parecerán en nada a lo que los libros dicen. Otras, no lo entenderemos ni se nos ocurrirá que decirle, pero a medida que practiquemos, nuestra sensibilidad se irá desarrollando y será más fácil ayudarlo. Nuestro niño responderá de manera positiva si percibe un interés sincero y un sentimiento amoroso.

PRÓXIMO: COMUNICACIÓN EN LA FAMILIA. HABLAR A NUESTROS HIJOS.

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