EDUCAR

Pita Laddaga

Alrededor de los dos años, nuestro hijo alcanza una nueva etapa: deja de ser bebé y empieza a convertirse en niño.
En esta edad adquiere una gran independencia gracias al dominio de su cuerpo, al avance en el manejo del lenguaje y a un paso muy importante en su desarrollo: el despegar de la imaginación.
Su mundo se amplia drásticamente. El desarrollo de su memoria le permite conservar en la mente las imágenes de objetos o personas que no están presentes. Su imaginación las transforma y hace con ellas lo que quiere: puede volar, navegar, convertirse en otro.
Imaginar es un proceso indispensable para su desarrollo que lo conducirá al mundo del pensamiento.
Al año y medio, ya había empezado a usar su mente en lugar de realizar solamente acciones físicas para resolver problemas; ahora, las imágenes que utiliza preparan la formación de los conceptos, que vendrá más adelante.
La inteligencia del niño se desarrolla a través de su relación con los objetos, el ambiente y las personas.
El desarrollo de sus sentidos y su pensamiento dependerá de la variedad y cantidad de estímulos. Nuestro papel como padres es abrirle las puertas del mundo y caminar con él para que lo conozca. Si pensamos con detenimiento en lo que tenemos a nuestro alcance, nos sorprenderá todo lo que podemos hacer con y por nuestro hijo.
En esta etapa se da un avance enorme en el desarrollo del lenguaje.
La vida del niño se transforma cuando es capaz de hablar. Conocer el nombre de las cosas le da un nuevo poder:
puede pedir lo que quiere, llamar la atención, comunicar sus necesidades, no solo a sus padres sino a todos los demás. ¡Ya le entienden! Gracias al lenguaje entra al mundo de los adultos.
Estos logros se dan dentro de una batalla en la que el niño se siente inquieto, inseguro y descontrolado.
Todos los avances en su desarrollo le producen tensión, impaciencia, frustración y malos humores. Le cuesta trabajo dejar lo seguro y avanzar hacia los nuevos desafíos del crecimiento. El pequeño de dos años se mueve constantemente entre dos actitudes opuestas: portarse como bebé para sentirse protegido o correr el riesgo de aprender a ser niño rebelándose contra las imposiciones y ensayando una nueva independencia. Es una transición muy importante en su vida.
Su rebeldía permite al niño descubrir quién es él frente a los demás.
El descubrimiento sólo lo puede hacer desobedeciendo y oponiéndose a sus padres.
Por primera vez se ve a sí mismo como un ser único y distinto a los demás. Empieza a comprender lo que significa la palabra “yo”. Darnos cuenta de la trascendencia de este proceso nos da motivos para sentir un gran respeto por nuestro hijo, mucha ternura y más paciencia.
Para superar esta etapa, el niño necesita estar centrado en sí mismo.
Por un tiempo, va a creer que el mundo está hecho para su propio placer y para cumplir su voluntad. Quiere las cosas en el instante y a casi todo contesta “No” En ocasiones se muestra exigente y le gusta dar órdenes, pero no soporta que lo manden. Puede explotar con facilidad y cambiar de humor pues tiene que enfrentarse a la diferencia que existe entre lo que él quiere y lo que sucede en realidad.
Para ayudar al niño a aprovechar esta crisis los padres tenemos que ser comprensivos y flexibles.
No es razonable pedir a nuestro hijo de dos años que controle sus impulsos ya que eso lo podría convertir en una persona resentida, conformista o sometida. Tampoco podemos dejar que haga lo que se le antoje pues podría pensar que tiene derecho de pasar sobre los demás.
Tenemos que dejar de imponerle cosas que no son importantes y ejercer la autoridad en los asuntos que afecten la vida familiar, los valores y la seguridad del niño. Así aprenderá quien es él pero también que existen ciertos límites cuando vivimos en sociedad.
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