José Luis Calva
La restricción monetaria acordada por el Banco de México el viernes pasado, elevando la tasa de fondeo bancario de 7% a 7.25%, ocurrió un día hábil antes de que la misma institución diera a conocer el ajuste a la baja de su expectativa de crecimiento económico para 2007, de un rango de 3.25% a 3.75%, hasta un rango de 3% a 3.5% (EL UNIVERSAL, 28 de abril de 2007 y 1 de mayo de 2007).
Desde el mismo lunes, el secretario de Hacienda, Agustín Carstens, después de informar que la SHCP había ajustado también a la baja su expectativa de crecimiento económico para 2007 (de 3.6% a 3.3%), señaló: “En cierta forma, en la Secretaría de Hacienda creemos que el banco (central) se adelantó al tiempo al endurecer su política monetaria” (EL UNIVERSAL, 1 de mayo de 2007). La discrepancia atrajo la atención por su rareza en esas esferas, pero no es la única.
En general, el cambio en la postura monetaria del banco central ha sido calificado como una acción “sorpresiva” y “desconcertante” por analistas económicos de importantes grupos financieros (véanse El Financiero, 30 de abril de 2007 y 2 de mayo de 2007; y La Jornada, 28 de abril de 2007 y 2 de mayo de 2007). Sus argumentos convergen en tres puntos:
1) Aunque el Banco de México afirma que la restricción monetaria fue una acción “preventiva”, no es fácil asumirla así cuando se realiza varios meses después de que la inflación comenzó a subir.
2) La decisión de endurecer la política monetaria ocurrió cuando parecía que el banco central ya no haría nada, sobre todo porque unos días antes se dio a conocer la cifra de inflación de la primera quincena de abril, que fue de -0.21, es decir, no hubo inflación sino deflación.
3) El hecho contradictorio de que la Junta de Gobierno del Banco de México reconoce que la desaceleración de la actividad económica puede contribuir a mitigar los riesgos inflacionarios, no obstante lo cual acordó el apretón en su postura monetaria. Se trata de críticas indudablemente fundadas.
Sin embargo, la principal preocupación que genera el endurecimiento monetario consiste en sus efectos procíclicos sobre la economía mexicana, cuya abierta desaceleración comenzó durante el segundo semestre de 2006 y continúa en 2007 (véase nuestra entrega del 27 de abril de 2007). El alza de las tasas de interés no sólo incide negativamente sobre el consumo, la inversión física y la generación de empleos, sino también propicia la apreciación del tipo de cambio, afectando así por múltiples vías el crecimiento económico.
No obstante, en su Informe sobre la inflación. Enero-marzo de 2007, el Banco de México argumentó: “El entorno inflacionario en México se ha visto afectado en los últimos meses por diversas perturbaciones de oferta”, las cuales “han propiciado que la inflación general anual se haya venido situando en los últimos meses por arriba del límite superior del intervalo de variabilidad establecido alrededor de la meta de inflación de 3%”. En estas condiciones, al restringir su postura monetaria, “el Banco de México busca reforzar la tendencia convergente de la inflación hacia su meta”. Ese es el punto: su atención está centrada exclusivamente en la inflación, sin considerar los efectos de la política monetaria sobre crecimiento económico y el empleo.
Aunque parezca increíble, en la zona del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, México es excéntrico en su política monetaria. Mientras los otros socios del TLCAN tienen una política monetaria activa para el crecimiento económico y el empleo, y no sólo para la estabilidad de precios, México tiene una política monetaria exclusivamente dirigida al control de la inflación.
La ley canadiense establece como mandato de su banco central “mitigar la influencia de fluctuaciones en el nivel general de la producción, el comercio, los precios y el empleo” (Bank of Canada Act, Chapter B-2); y en la legislación estadounidense, como ha machacado Stiglitz, “el banco central tiene un mandato hacia la inflación, pero también hacia el crecimiento y el empleo” (J. Stiglitz, El malestar en la globalización, Madrid, Taurus, 2002). En contraste, la Ley del Banco de México establece: “El Banco de México tendrá por finalidad proveer a la economía del país de moneda nacional. En la consecución de esta finalidad tendrá como objetivo prioritario procurar la estabilidad del poder adquisitivo de dicha moneda”. Eso es todo: entre los objetivos del banco central mexicano no figuran el crecimiento económico ni el empleo.
El problema consiste en que la mutilación ortodoxa de la política monetaria que convierte el control de la inflación en objetivo exclusivo, cancelando la otra función primordial de toda buena política monetaria, que es la procuración del crecimiento sostenido y del pleno empleo, priva a nuestro país de un poderoso instrumento contracíclico para sostener el crecimiento económico.
Por eso, es necesario reformar la Ley del Banco de México, encargando a nuestro banco central no sólo procurar la estabilidad de precios, sino también promover el crecimiento sostenido del producto nacional y del empleo.
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UN
