En medio de una de las pandemias más agresivas de la historia; los científicos no han saben cuántas mutaciones o variantes tendrá el COVID-19; los habitantes actuales del planeta desconocemos cuáles serán al final, los estragos que esta pandemia dejará a la humanidad. Aun así, amplios sectores de la sociedad simplemente se niegan a vacunarse. Las razones son variadas, los argumentos van desde las ideas de una conjura internacional para imponer un nuevo orden mundial a través de microchips implantados, hasta la negación de eficacia de la vacuna, pasando por objeciones de tipo ético religioso, violación de las libertades individuales y los derechos civiles.
En el caso de nuestro país, en este momento ya no estamos ante un problema de escases de vacunas, sino ante una condición de capacidad para llegar a los diversos sectores sociales. Con información de la Secretaría de Salud se desprende que México ha tenido casi 75 millones de vacunas, reporta la aplicación de 55 millones, por lo que existe la posibilidad de vacunar aproximadamente a 20 millones de personas más.
El caso Chiapas.
El estancamiento de la vacunación en la entidad que actualmente alcanza el 21 % de la población mayor a 18 comparada con el 42% nacional, ha provocado la atención de diversos sectores. En mi opinión esta situación se debe a la conjunción de tres variables que deben ser analizadas en su conjunto e interrelación.
1.- Es la entidad más pobre del país y con un proceso de deterioro incontenible. Conforme al reporte 2018 de CONEVAL, más de 4 millones de personas, el 78.9 de su población, se encuentran en situación de pobreza o pobreza extrema, 9 de los 15 municipios más pobres del país se ubican en esta entidad.
2.- El nivel educativo del estado es el más bajo del país, pues solo alcanza 7.9 grados educativos, en comparación con los casi 10 grados de la media nacional y los 12 grados que alcanza la Ciudad de México.
3.- El acelerado cambio de religión que se ha presentado en esta región desde los años 70, ubica a Chiapas con el mayor número de grupos religiosos no católicos.
Estas variables separadas resultan un lugar común vistos como datos aislados, pero si analizamos cómo se entrelazan, las cosas cambian y desvelan las regiones y localidades renuentes y las razones profundas para rechazar la vacuna.
Chiapas ha presentado en las últimas décadas una transición confesional que se potenció con el asentamiento del Instituto Lingüístico de Verano y otras organizaciones que ha dado como resultado que la entidad se ubique como la única que no cuenta con mayoría católica, pues solo el 48.7 % declaró serlo y 29.1% se declaró de otra religión cristiana pero no católica; en el nivel nacional la cifra es muy diferente, pues las personas que declararon pertenecer a iglesias protestantes y evangélicas pasaron del 3.2% en 1980 al 7.3% en el año 2000 y al 11.2% en 2020. Es decir, Chiapas representa dos veces y media más, que el porcentaje nacional. En este mismo lapso, en la entidad, la pobreza se ha profundizado y la educación se ha estancado, si pasamos al análisis municipal, podemos ver que municipios con mayor viraje religioso, son los mismos con mayor pobreza concentrada y los que menos desarrollo educativo han alcanzado. En comunidades de extrema pobreza y con gran debilidad educativa, las ideas de rechazo a la vacuna prosperan, porque los argumentos de fe, las costumbres, usos y pensamiento mágico religioso, sustituyen a los argumentos científicos, y comunican mejor que las campañas oficiales formales.
El factor religioso se convierte en una variable determinante. Las ideas contrarias a la vacunación proliferan pues se dispersas como creencias que se comunican al interior de las comunidades religiosas. Por estas razones vemos que algunos grupos religiosos señalan que no deben utilizarse las vacunas debido a que provienen del uso de tejidos humanos o de fetos, por lo cual instan a “tener fe en Dios para sanar el cuerpo que es sagrado” confían y promueven la oración como protección, por lo tanto, las vacunas resultan innecesarias. Creen que cualquier restricción por el COVID -19 incluyendo el uso de mascarilla o las prohibiciones de asistir a la iglesia constituyen una falta a la voluntad divina y un atentado a los derechos de religión. Otros grupos se han resistido a ser vacunados porque consideran a las vacunas como un producto impuro debido a que en su composición se utiliza una sustancia gelatinosa que se obtiene del cerdo, animal, considerado impuro. La diferencia con los católicos tradicionales no solo se encuentra en las ideas, sino en la forma en que estas comunidades religiosas se encuentran agrupadas. En el caso de la comunidad católica existe una estructura vertical que sigue los mandatos papales, por eso cuando la OMS logró que el Papa se pronunciara a favor de las vacunas, la resistencia del clero católico disminuyó. En el caso de las congregaciones no católicas, no se trata de un solo liderazgo, en realidad se trata de diversas comunidades con gran pluralidad.
De acuerdo con las cifras, del propio INEGI, las entidades que están siguiendo la misma ruta que Chiapas son Campeche, que tiene 55.5% de población católica y un crecimiento del 13.2 de población no católica y Tabasco con un acelerado crecimiento de población no católica que ya alcanza el 24.7 % frente al 57.1% de población católica. Si la hipótesis aquí planteada resulta adecuada, es previsible que en los municipios donde concurren las variables expuestas ubicadas en estas últimas entidades, se presente una reacción similar a lo que está ocurriendo en nuestro estado. Por lo tanto, no resultará casual que los en los que concurran la pobreza, bajo nivel educativo y cuenten con fuerte presencia de grupos de fe que enarbolan estas ideas, sean los más reacios a permitir la vacunación.
La respuesta y la solución está en la estrategia que han seguido en Israel, en este país no se limitaron a ofrecer la vacuna, ni se conformaron con campañas de información. Aplicaron una extensa campaña comunitaria de convencimiento a los líderes religiosos y sociales, extendieron la posibilidad de aplicación a través de la organización comunitaria y combatieron las ideas erróneas con información proporcionada con científicos calificados, estas medidas fueron acompañadas de estrategias generales rigurosas como el uso del cubrebocas, el cierre de sus aeropuertos y la creación de una oficina que llamaron “el abogado del Diablo” que es la que se dedica a encontrar parámetros no obvios, que cuando se presentan deben tener respuestas rápidas, con estas aplicaciones lograron vacunar al 60% de su población y con esto, bajar en 95% los contagios y 90% de los decesos. Es necesario reconocer las condicionantes culturales, religiosos, y educativos para poder avanzar, entender la pluralidad de personas, de comunidades y de pensamientos para ubicar a la vacunación como un bien social.
