Se escucha cada vez más una afirmación que pretende sonar lúcida: que todo el discurso del combate al narcotráfico por parte de Donald Trump y de los Estados Unidos es pura simulación porque —dicen— los verdaderos capos están allá. La idea, repetida como consigna, parece convincente hasta que se analiza con un poco de rigor. Confunde mercado con mando, consumo con control, distribución con poder.
CAPOS NO SON DEALERS
En Estados Unidos hay distribuidores, dealers, operadores del último tramo de la cadena. No controlan rutas, no producen, no lavan miles de millones, no deciden guerras ni pactan con autoridades. Son piezas reemplazables. Pensar que los grandes jefes del narcotráfico podrían vivir a sus anchas en territorio estadounidense, moviendo fortunas, ejércitos y logística sin que nadie lo detecte, es desconocer cómo funciona un Estado que sí persigue flujos financieros y jerarquías criminales.
EL NEGOCIO NO CRUZA, SE EXPORTA
No hay necesidad de que los capos crucen la frontera; basta con que cruce la droga. El poder permanece donde se produce, se procesa y se coordina. Las cabezas de la hidra están en México. Aquí se decide qué sale, por dónde, con quién y a qué precio. Desde aquí se articulan redes que alcanzan a otros países de América Latina y se abastece al mayor mercado del mundo. Estados Unidos consume; México manda.
COMPLICIDADES QUE EXPLICAN TODO
Ese control no sería posible sin complicidades profundas. Políticas, policiales, administrativas y, en algunos casos, militares. No se trata de fallas aisladas sino de una captura parcial del Estado. Por eso cuando Trump dice que Claudia Sheinbaum es una buena persona pero que México está gobernado por los cárteles, no lanza un insulto: describe un hecho incómodo que muchos prefieren negar.
CUANDO EL LUJO SE VUELVE PAISAJE
En México, además, nos estamos acostumbrando a los síntomas del dominio criminal: fiestas pomposas, autos de lujo sin explicación, “buchonas” con bolsas que valen lo que una casa, residencias imposibles y negocios de procedencia dudosa que florecen sin inspecciones ni preguntas. No es el argumento central, pero sí el telón de fondo: la normalización de lo ilícito como señal de estatus y poder.
LA DECISIÓN INCÓMODA
Trump ha dicho una y otra vez —sin matices y sin diplomacia— que los cárteles gobiernan en México y que, frente a esa realidad, está dispuesto a actuar. No habla de una invasión en el sentido clásico, ni de ocupar territorio ni de izar banderas extranjeras. Habla de ataques quirúrgicos, de decapitar estructuras criminales, de neutralizar a quienes concentran el mando. Y conviene decirlo con honestidad: eso no es una agresión contra México. Es una acción contra un poder criminal que ha secuestrado regiones enteras del país. Por eso la pregunta no es si se viola la soberanía, sino quién se sentiría ofendido si se elimina a los jefes del narco. Desde luego no los mexicanos de bien, que serían —muy probablemente— los primeros en agradecerlo.
MÁS ALLÁ DE LA SIMULACIÓN
A Trump no le bastan los decomisos, los laboratorios clandestinos ni las estadísticas maquilladas. Sabe que atacar las ramas no sirve si la raíz sigue intacta. La única vía real es neutralizar a los capos. Y eso puede hacerse de forma selectiva, precisa, casi silenciosa. Tan quirúrgica que, de ocurrir, ni siquiera tendría que convertirse en noticia.
LAS PREGUNTAS QUE QUEDAN
La discusión no es si Estados Unidos tiene responsabilidad como mercado —la tiene—, sino por qué México tolera que desde su territorio se dirija una red criminal continental. Y la otra, aún más incómoda: ¿hasta dónde está dispuesta a llegar Claudia cuando el dilema ya no es retórico, sino real? Porque pasar de los abrazos a los balazos no es un giro discursivo; es una prueba de voluntad política.
Negar dónde está la cabeza de la hidra no es ingenuidad. Es coartada. Y mientras sigamos mirando al norte para no ver lo que ocurre aquí, el monstruo seguirá intacto, mandando… y exhibiéndose sin pudor.
