A ESTRIBOR /Juan Carlos Cal y Mayor /YA NO HAY JUECES EN BERLÍN

Hubo un tiempo en que el cuento del molinero frente al rey Federico de Prusia era símbolo de esperanza para el ciudadano común frente al poder absoluto: “Todavía hay jueces en Berlín”, decía el molinero, convencido de que, por encima del capricho del monarca, prevalecería la ley. Aquello sucedió en 1774, hace 286 años: El monarca había mandado construir un castillo y el molinero tenía un viejo molino de aspas que le estropeaba la vista. Los jueces le dieron la razón… y el molino aún sigue ahí.

Hoy, en el México de Morena, esa frase se ha invertido. Ya no hay jueces en Berlín. Ni en la capital, ni en los estados, ni en los tribunales. Solo queda la fachada de un sistema que fue tomado por asalto y convertido en apéndice del poder.

JUSTICIA ARRODILLADA

El Poder Judicial federal ha sido una de las presas más codiciadas del régimen obradorista. Lo intentaron primero por la vía presupuestal, luego por el desprestigio sistemático, y ahora por la sumisión directa. La Suprema Corte, que en sus mejores momentos contuvo reformas inconstitucionales, hoy pende de un hilo. La ministra presidenta, que se ofrecía como interlocutora institucional, fue ignorada. Y cuando los trabajadores protestaron contra la extinción de fideicomisos, fueron tachados de “privilegiados” desde el púlpito matutino.
El Consejo de la Judicatura Federal, encargado de vigilar y sancionar a los jueces, opera más como retén político que como guardián de la integridad judicial. Y los tribunales colegiados, otrora bastiones técnicos, hoy están plagados de resoluciones que parecen dictadas más por el cálculo político que por la lógica jurídica.

LA SIMULACIÓN ELECTORAL

El Tribunal Electoral se ha convertido en una sala de espectáculos. Su presidenta, leal a la línea oficial, ha ejecutado con disciplina las coreografías del régimen. Y el INE —aquel organismo que nació para garantizar equidad y transparencia— hoy calla ante las violaciones flagrantes, los actos anticipados, el uso faccioso de programas sociales y la intervención descarada del presidente en el proceso.
La elección presidencial fue una burla. En entidades como Chiapas, históricamente marcadas por la pobreza, el rezago y la dispersión geográfica, se registraron tasas de participación superiores al 60%, mientras en las zonas urbanas apenas se alcanzó el 50%. ¿De dónde salió tanto entusiasmo cívico en regiones sin caminos pavimentados, sin transporte y con miedo instalado? La explicación no está en la democracia participativa, sino en la vieja maquinaria: coacción, acarreo, amenazas veladas y dádivas disfrazadas de justicia social.

DE ÓRGANOS AUTÓNOMOS A OFICINAS DEL RÉGIMEN

El INE, el TEPJF y buena parte del Poder Judicial han sido colonizados. Se trata de una estrategia de fondo: vaciar las instituciones desde dentro, suplantar la técnica por la lealtad, la autonomía por el servilismo. Quienes se resisten son atacados, caricaturizados, o simplemente ignorados. Y quienes se alinean reciben su cuota, su promoción, su blindaje.
En México, el equilibrio entre poderes ya no existe. El Ejecutivo no tiene contrapesos. El Legislativo opera como oficialía de partes. Y el Judicial, como escolta del proyecto político de la “transformación”. No hace falta una nueva constitución; basta con pisotear la actual mientras se ondea como bandera.

CUANDO LA LEY SE CONVIERTE EN SIMULACRO

Lo más grave no es el deterioro institucional, sino la pérdida de fe. Cuando el ciudadano deja de creer que puede acudir a los tribunales a exigir justicia, cuando sabe que el árbitro electoral está vendido, cuando sospecha que todo está decidido antes de emitir su voto, la democracia deja de ser un ideal y se convierte en una farsa legitimadora.
No hay jueces en Berlín. Solo operadores, simuladores y testigos mudos del derrumbe. El régimen morenista ha logrado lo que parecía impensable: que el Estado de Derecho se rinda sin disparar una sola bala. Y lo ha hecho con una eficacia cínica, disfrazada de democracia participativa, envuelta en el discurso de los pobres y blindada por la propaganda diaria.
El problema no es solo de este sexenio. El problema es lo que viene. Porque reconstruir la confianza, la legalidad y la independencia tomará años, tal vez décadas. Y mientras tanto, seguimos atrapados en un país donde el rey manda, el molinero calla… y ya no hay jueces en Berlín.

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