El historiador Marcelo Gullo lo ha dicho con una lucidez que explica la crisis cultural de nuestro tiempo: cuando Occidente reniega de su fe fundante, comienza a destruir su propia civilización. Y esa fe —mucho más que religión— es el cristianismo como cultura, como matriz civilizatoria que definió la dignidad humana, el derecho, la familia, la noción de persona, el sentido histórico y la idea misma de libertad.
Por eso Gullo advierte, en obras como Madre patria, Nada por lo que pedir perdón, Lo que América le debe a España y Lepanto, que romper con el legado hispánico no es una “relectura progresista” del pasado, sino un acto de amputación cultural. España fue el vehículo histórico que trajo a América la síntesis más acabada de Occidente, heredera a su vez de Roma, Grecia, la tradición judeocristiana, los visigodos, los fenicios y hasta la impronta árabe de Al-Ándalus. Esa es la raíz profunda de lo que hoy llamamos civilización occidental.
EL CRISTIANISMO COMO CIVILIZACIÓN
Conviene repetirlo sin rubor: el cristianismo no es solo fe; es cultura.
Una civilización entera.
Una manera de ver al ser humano, de organizar la vida social, de comprender la historia y de dotar de sentido al mundo.
Gracias a esa cultura cristiana surgieron la dignidad de la persona como fundamento del derecho; la noción de igualdad esencial; la moral de la compasión, el perdón y la justicia; la idea de una historia lineal orientada al progreso; las universidades, los hospitales, la caridad organizada. También el arte, la música, la arquitectura y el lenguaje simbólico que aún nos habita.
Quienes hoy reniegan de ese legado siguen usando su vocabulario moral sin saberlo, como quien desprecia la escalera por la que subió.
MÉXICO: IDENTIDAD FORJADA EN UNA SÍNTESIS
En México, este legado no borró lo mesoamericano: lo integró. De esa síntesis nació el mestizaje, que no es solo biológico, sino cultural, espiritual y simbólico. Ahí se explica nuestra lengua, nuestras fiestas, nuestra arquitectura, nuestras devociones y hasta nuestra visión del mundo.
La Nueva España no fue una colonia extractiva —como insiste la propaganda ideológica— sino una prolongación del mundo hispánico, con universidades, imprentas, oficios, instituciones y una vida cultural rica y compleja. Como demuestra Gullo, América no fue despojada: fue incorporada al mayor proceso civilizatorio de su tiempo.
CHIAPAS: UNA IDENTIDAD NACIDA DE LA INTEGRACIÓN
Si hay un territorio donde esa síntesis se volvió especialmente intensa y singular, es Chiapas.
Aquí, la historia no es un accesorio: es la estructura del alma colectiva.
San Cristóbal de Las Casas —una de las primeras ciudades fundadas en el continente— surgió como la primera ciudad verdaderamente multicultural y multiétnica de Europa en América. Españoles, tzotziles, tzeltales, choles, zoques, ladinos, misioneros, artesanos y comerciantes convivieron desde el inicio en un espacio urbano que integraba, mezclaba y creaba una cosmovisión propia.
A ello se suma algo decisivo: las fiestas y celebraciones del calendario litúrgico que cada pueblo chiapaneco ha hecho suyas —desde los parachicos de Chiapa de Corzo hasta las festividades patronales, los santos protectores, las cofradías, la música sacra y los rituales comunitarios— son una señal viva y agradecida de esa herencia hispánica que se adhirió a nuestra cultura indígena sin destruirla, enriqueciéndola. Cada danza, cada vestimenta, cada promesa y cada procesión es testimonio de una integración que no fue imposición, sino apropiación creadora.
Esa es la personalidad chiapaneca que hoy nos distingue: una identidad que no reniega de ninguna de sus raíces, porque es precisamente la integración de todas lo que la hace fuerte.
DEFENDER LO QUE SOMOS
Frente a las narrativas de moda que quieren demoler símbolos, borrar nombres y convertir la historia en tribunal ideológico, la respuesta no puede ser el silencio. Como advierte Gullo, un pueblo que se avergüenza de su origen se vuelve presa fácil de cualquier dogma.
México —y Chiapas de un modo muy particular— solo podrá proyectarse hacia adelante si defiende sin complejos su pasado mesoamericano e hispánico, porque ambos forman parte de una misma corriente civilizatoria que nos dio identidad, lengua, instituciones, arte, espiritualidad y sentido de pertenencia.
Renegar de esa raíz sería renunciar a nosotros mismos. Una nación que honra lo que la fundó es una nación que permanece.
