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PITA LADDAGA

COMUNICACIÓN EN LA FAMILIA. HABLAR A NUESTROS HIJOS

He aquí algunas sugerencias para lograrlo:
Identificar el tipo de mensajes que enviamos a nuestro hijo.
Es común que demos órdenes: “Ya levántate”, “Acábate la sopa”; Interroguemos: “¿Qué hiciste en toda la tarde?”; amenacemos: ”Si no terminas la tarea, ni sueñes en salir a jugar”; aconsejemos: “Deberias prestarle el rompecabezas a tu hermana, así ella te deja usar sus pinturas”; critiquemos: “¡Es el colmo que seas tan sucio! ¿Nadaste en el lodo o que?”; demos sermones: “Los niños aplicados y responsables son los que logran algo en la vida…”
Este tipo de mensajes no tienen que ver con nosotros, no comunican nuestras ideas, nuestros sentimientos o nuestras necesidades. Así no hablamos con el niño, sino hablamos de él.
Ser conscientes de lo que queremos comunicar y lo que deseamos obtener.
El mensaje debe referirse a nuestros sentimientos y necesidades; debe expresar lo que nos está afectando. Si estamos hablando por teléfono, lo que queremos es silencio para poder escuchar, no que el niño esté quieto; si vamos a tener visitas, queremos que la casa esté ordenada y limpia, no que nuestro hijo deje de jugar. El objetivo de nuestro mensaje sería la comprensión y ayuda de nuestro hijo.
Expresarnos con claridad a fin de que el niño nos entienda.
La comunicación es específica, concreta y nos permite lograr lo que deseamos. Se limita a expresar nuestros sentimientos, aclarar lo que queremos que suceda y a explicar nuestro motivos.
Es importante incluir tres aspectos en la comunicación:
19 describir la conducta del niño: “Cuando la ropa y los juguetes están regados en el suelo…”
2) Expresar nuestros sentimientos ante las consecuencias de esa conducta: “me siento incomoda”
3) Establecer el efecto o la consecuencia de lo que hace: “porque es importante para mi vivir en una casa limpia y ordenada…”
La palabra porquees muy importante. Cuando el niño entiende la razón de un comportamiento puede encontrar una buena razón para llevarla a cabo.
A veces los niños nos dan sorpresas muy gratas. Si decimos: “La mesa está limpia. Me gustaría que quedara igual cuando termines tu tarea para que podamos cenar a gusto”. Él puede contestar con un simple: “Mmm”, pero lo hace.
Es probable que la comunicación funcione si hemos aprendido a escuchar a nuestro hijo. La efectividad del mensaje depende de la calidad de nuestra relación con él.
Cuando el niño siente que lo queremos y nos interesa lo que siente, es posible que esté más dispuesto a escucharnos y a ser sensible a nuestras necesidades.
La manera en que nos expresamos corresponde realmente a nuestro sentimiento. No sirve tratar de fingir una serenidad que no sentimos. Si el niño está corriendo en la azotea, tenemos que expresar el miedo de que se caiga. Podemos ser firmes y poner límites sin ser ofensivos o irrespetuosos. No demos órdenes al niño, a menos que sea necesario. Si lo obligamos a someterse siempre a nuestros mandatos, puede volverse pasivo y esperar que alguien le diga que hacer, o bien desobedecer y desafiar nuestra autoridad.
Un buen mensaje centrado en nosotros puede entenderse como una solicitud de ayuda: “Anoche terminé de trabajar muy tarde: quisiera dormir un poco más y no puedo hacerlo con tanto ruido”. Ponemos en manos del niño la decisión de ayudarnos.
Tampoco le damos siempre la solución. Le dejamos la responsabilidad de pensar cómo resolver las cosas. Los niños suelen ser ingeniosos y encuentran arreglos que no se nos hubieran ocurrido.
Podría decidir irse a jugar a casa del vecino o comunicarse con notas o con señas.
Escuchemos con interés las razones que tiene para no cooperar. A veces el niño prefiere seguir haciendo lo que le gusta y no está dispuesto a considerar nuestros deseos.
Decimos: “Tus zapatos tienen tierra y están ensuciando el piso”. Él responde: “No están ensuciando”, lo entendemos: ”Te estás divirtiendo y no tienes ganas de interrumpir el juego para limpiarlos”, Y él nos comprende: “No, bueno, voy a darles una sacudida”. Al niño le resulta más fácil cambiar si sabe que entendemos que le cuesta hacer el esfuerzo. Al escucharlo, bajamos sus defensas para negarse a ayudarnos. No caiga en la tentación de usar la fuerza o el castigo. “ Si no limpias tus zapatos en este momento, no vas a ir al día de campo del domingo”. Esta respuesta no es paciente con el niño ni tampoco con nosotros que estamos intentando cambiar la manera de comunicarnos. El deseo del niño de ayudarnos y ser solidario se propicia día a día con afecto y respeto.

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