El catorce de septiembre de mil ochocientos veinticuatro, Chiapas dejó de ser una provincia en disputa entre Guatemala y México para convertirse, por voluntad de sus propios habitantes, en parte de la nación mexicana.
Como lo ha dicho el gobernador Eduardo Ramírez, fue un plebiscito, no una imposición, el mandatario indica cuantas veces puede, que somos orgullosos de nuestras raíces, de nuestra historia y de esa mexicanidad.
Tiene razón, porque nosotros mismos honramos literal, mejor que muchos estados del país, a la bandera y cantamos el himno con gran emoción, somos lo que cualquier estado de la República quisiera en todos los sentidos.
Sin embargo, doscientos años después, seguimos debiéndole a Chiapas, ¿qué significa realmente pertenecer a México cuando el Estado mexicano ha tardado tanto en corresponder esa decisión con justicia?
Chiapas es, al mismo tiempo, uno de los territorios más ricos culturalmente y uno de los más golpeados por la pobreza, con los peores índices de marginación del país, por culpa sí, de gobiernos del pasado, el mismo mandatario expuso frente a la presidenta, el caso de la inseguridad solo en 2024.
Desde Chiapas, nació el zapatismo, un grito que en mil novecientos noventa y cuatro le recordó a México que la mexicanidad no puede ser solo un símbolo en el mapa, sino un compromiso con la dignidad de quienes lo habitan. Sería fácil, en una fecha como esta, quedarnos en el discurso conmemorativo, hablar de la hermandad histórica, del orgullo compartido, y cerrar el tema.
Pero la honestidad política exige algo más. Exige preguntarnos por qué, después de dos siglos, la brecha entre Chiapas y el centro del país sigue siendo tan profunda y por si fuera poco, el tema de los Chimalapas, o aquellos que están en el Soconusco que se quieren separar de Chiapas.
Exige reconocer que la mexicanidad no se decreta en un plebiscito ni se celebra una vez al año: se construye todos los días, con inversión real, con respeto a la autonomía indígena, con carreteras, escuelas y hospitales que lleguen a las comunidades más alejadas de la selva y la sierra, así, exactamente como lo hace el Ramírez Aguilar, nada que ocultar, el desarrollo es real en lo que conocemos como la nueva ERA.
Y aquí es donde cabe también la esperanza. Chiapas no es solo su rezago, es también su fuerza. Es la reserva de la biósfera más grande del país, es café de exportación, es una juventud indígena que hoy estudia, migra, regresa y exige. Es una identidad que se niega a desaparecer, que resiste con la misma dignidad con la que decidió, hace dos siglos, unirse a México por convicción y no por conquista.
Celebrar el catorce de septiembre no debería ser un acto de nostalgia oficial, sino un compromiso renovado. México le debe a Chiapas mucho más que un discurso: le debe políticas públicas que cierren brechas, le debe reconocimiento pleno a sus pueblos originarios, le debe convertir aquel gesto histórico de mil ochocientos veinticuatro en una relación de reciprocidad real.
La mexicanidad de Chiapas nunca estuvo en duda. La pregunta que deberíamos hacernos, como país, es si México ha sido, todos estos años, tan generoso con Chiapas como Chiapas lo fue con México aquel catorce de septiembre.
LOCUTOR
Ser locutor es dominar el arte del buen decir. No se trata simplemente de poseer una voz privilegiada o de leer un guion frente a un micrófono con entonación perfecta. La verdadera locución es un oficio de orfebrería emocional, donde las palabras se transforman en puentes invisibles capaces de cruzar distancias, acompañar la soledad y movilizar conciencias.
Quien ejerce esta profesión u oficio, según se quiera ver, no solo emite sonidos articulados; interpreta la realidad, dota de intención al silencio y convierte el lenguaje cotidiano en una herramienta de conexión humana profunda; es, en esencia, la responsabilidad de prestarle el alma a un mensaje para que cobre vida en el oído ajeno.
A lo largo de la historia de los medios de comunicación, este arte ha encontrado a sus más grandes artesanos en figuras que supieron entender el peso de su propia voz. En el ámbito hispanohablante, nombres como el de Jacobo Zabludovsky en la crónica mexicana, o el rigor y la cercanía de comunicadores como Iñaki Gabilondo en España, demostraron que la credibilidad se construye frase a frase, sin artificios.
Asimismo, en el terreno de la radio musical y el entretenimiento, voces entrañables como la de Rubén Castillo marcaron una pauta de calidez y ritmo que educó el oído de generaciones. Todos ellos, desde sus respectivas trincheras, compartieron una cualidad inquebrantable: la capacidad de volverse indispensables para su audiencia a través de una entrega honesta y un respeto absoluto por el lenguaje.
Desglosar la identidad del locutor implica adentrarse en una dualidad fascinante entre la técnica y la empatía, por un lado, existe un dominio riguroso de la respiración diafragmática, la dicción impecable, el control del ritmo y la modulación del tono. Por el otro, habita la sensibilidad necesaria para descifrar el estado de ánimo de un entorno y sintonizar con él.
El locutor debe ser un lector perspicaz de su tiempo, cuando el mundo se acelera, una voz pausada puede traer calma; cuando la injusticia impera, el tono firme del locutor se vuelve el eco del reclamo popular. Es un ejercicio constante de generosidad, donde el emisor desaparece detrás del micrófono para que lo verdaderamente importante sea lo que el oyente recibe.
En la era digital, donde cualquiera puede presionar un botón y transmitir de inmediato, la figura del profesional del micrófono cobra una relevancia aún mayor, el verdadero locutor no busca el ruido estéril ni el impacto efímero; busca la permanencia a través de la verdad, su labor es dignificar la palabra hablada en tiempos de inmediatez superficial.
Al final del día, ser locutor significa asumir el compromiso diario de informar, entretener y conmover, manteniendo siempre encendida esa vieja magia que comenzó con la radio: la certeza de que, al otro lado de la línea o de la frecuencia, siempre hay alguien dispuesto a escuchar.
