La política tradicional suele encandilarse con las luces de las grandes urbes, olvidando que el verdadero pulso de un estado late en la periferia, ahí donde la marginación se ha arraigado por generaciones. En este escenario, la gestión del gobernador Eduardo Ramírez cobra una relevancia singular al colocar el foco de su administración precisamente en las comunidades históricamente relegadas.
En una gira de las tantas que hace el mandatario, dijo en una sola frase “del olvido a la prosperidad”, eso es exactamente todo, no hay necesidad de decir más, pues su gobierno ha emprendido un viraje estratégico hacia los municipios más pobres, transformando la retórica asistencialista en acciones tangibles de desarrollo integral.
Aunque no es solo los lugares indígenas, como pudiera pensarse, también lo es Tuxtla Gutiérrez, zonas que realmente no tienen más que gente, no hay agua, la luz es de un solo poste, sin pavimentación y que decir del drenaje, hace poco se habló del transporte que no llega y por eso la gente ya no sabe para dónde ir a trabajar.
Pues en Tuxtla, ya le dio servicio colectivo a 3 colonias literalmente alejadas que puede les sea más fácil pertenecer a otro municipio, pues en estos puntos, el mandatario siempre está ahí, viendo por ellos, por lo que no pueden agradecer con videos, con regalos o con vestimentas, por eso llega, porque no le gusta los aplausos.
No se trata simplemente de entregar apoyos temporales, sino de saldar una deuda histórica con quienes han sido sistemáticamente invisibilizados, sean indígenas, campesinos, o en zonas urbanas, la necesidad de atención urgente en estas regiones no admite demoras ni simulaciones políticas.
Cada camino rural pavimentado, cada clínica equipada y cada escuela dignificada en las zonas de alta vulnerabilidad representan un golpe directo a la desigualdad estructural.
La visión del mandatario chiapaneco, entiende que la gobernabilidad democrática carece de sentido real si el bienestar social no llega primero a los hogares más necesitados, el lema que abandera esta causa justa no es un mero adorno publicitario; es una hoja de ruta con un profundo sentido de responsabilidad humana.
Transitar con éxito del olvido a la prosperidad exige una planificación minuciosa y una empatía real con las carencias del pueblo. Eduardo Ramírez ha caminado esos territorios, escuchando las demandas legítimas de comunidades enteras que por décadas solo recibieron promesas en época electoral.
Al priorizar el presupuesto y las obras públicas en estos municipios marginados, se siembra la semilla de la autosuficiencia económica y la justicia social verdadera.
Pensar siempre en un mejor futuro para las familias más desprotegidas implica construir desde hoy las condiciones idóneas para que las próximas generaciones no tengan que migrar por falta de oportunidades esenciales.
El acceso a servicios básicos, la conectividad regional y el impulso directo a la economía local son los pilares de este cambio profundo. La transformación que hoy se vive en los rincones más apartados demuestra plenamente que la voluntad política, cuando se alinea con las causas ciudadanas, es capaz de revertir el abandono ancestral.
El verdadero progreso de una sociedad no se mide jamás por la opulencia de unos pocos, sino por la dignidad recuperada de los sectores más vulnerables.
Guelagetza
La Guelaguetza oaxaqueña no es solo la fiesta folclórica más importante de América Latina; es el epicentro donde converge el alma del Sur de México. Este año, el encuentro de las culturas adquiere un matiz político y social de honda relevancia con la participación de Chiapas, un estado que no solo comparte fronteras geográficas con Oaxaca, sino también una herencia de resistencia, misticismo y grandeza artística.
La delegación chiapaneca llega a tierras oaxaqueñas para recordar al resto de la República que el Sur es, ante todo, una potencia cultural inagotable, sin duda, Chiapas es lo que es, por su gente, por su espíritu cultural.
El punto cumbre de esta participación lo abandera el pianista Arturo Aquino. Con una trayectoria que ha llevado las melodías chiapanecas a los escenarios más exigentes del mundo, el llamado “Piano de México” se convierte en el embajador ideal de una entidad que sabe transformar la complejidad de su realidad social en virtuosismo puro.
Ver a un artista de su talla en el marco de la Guelaguetza no es un hecho fortuito ni meramente ornamental; es una declaración política sobre el peso específico que Chiapas tiene en la construcción de la identidad nacional.
Durante décadas, la narrativa centralista ha pretendido encasillar a Chiapas únicamente en el terreno de las carencias o los conflictos pendientes. Sin embargo, la presencia de Arturo Aquino y las expresiones culturales que le acompañan rompen ese sesgo de tajo.
Chiapas es grande por su historia, enorme por su diversidad lingüística y colosal por su capacidad de conmover a través del arte. El reconocimiento que la delegación chiapaneca despierta en todo el país no hace más que ratificar una verdad indiscutible: el verdadero motor de la cohesión nacional habita en el respeto y la admiración mutua de nuestras identidades regionales.
La música de Aquino, impregnada del eco de la marimba pero ejecutada con la sofisticación del piano clásico, tiende puentes donde otros intentan levantar muros.
En un momento de profunda transformación política para el país, donde el Sur reclama legítimamente el protagonismo histórico que se le negó por siglos, la cultura se consolida como la diplomacia más efectiva. Chiapas se hace presente en Oaxaca para recordarnos que el arte no es un lujo, sino el espejo de la dignidad de un pueblo que se sabe gigante y que hoy, con toda justicia, es reconocido y aplaudido en cada rincón de México.
Perro
Este 21 de julio, es el día del perro, dicho sea de paso, por los comentarios de Pedro Sola, que si bien es cierto, no tiene sentido lo dicho y menos repetir, también es cierto, que es momento de que todos aquellos que se sintieron ofendidos, hicieran algo, más que una crítica, salir a las calles y defender a los abandonados, desparasitarlos, darles de comer, vacunarlos, bañarlos, darles una vida distinta a la que tienen en la vía pública.
